Política y Democracia en la Era de Facebook

La Información y la Discusión
en Internet, en el Foco
de las Críticas

José Eduardo JorgeJosé Eduardo Jorge 

Blog de Cambio CulturalNoticias falsas. Trolls. Ciberbullying u hostigamiento. Burbuja de filtro y cámara de eco. Política de la Posverdad. Polarización. Crisis del periodismo. El impacto disruptivo de las redes sociales en las campañas de Donald Trump y Hillary Clinton y en las elecciones del Brexit británico puso bajo intenso escrutinio el diálogo y el debate político online. ¿Qué rumbo seguirá la esfera pública digital en la próxima década? Tecnología, libertad y control. ¿Sobrevivirá la democracia a la Inteligencia Artificial y al uso de nuestros datos personales por los gobiernos y empresas? Nota 1 de la Serie

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Una Campaña sin Reglas

Uno de los episodios más insólitos de la campaña presidencial norteamericana de 2016 estalló como un coletazo casi un mes después de que los votantes hubieran resuelto con su decisión la tempestuosa contienda. El mundo –y la mitad de los estadounidenses- trataba aún de discernir las causas y las inciertas derivaciones del sorpresivo triunfo de Donald Trump el 8 de noviembre, luego de la competencia más ruda y escandalosa que se recordara para llegar a la Casa Blanca.

Pasado el mediodía del primer domingo de diciembre, en un barrio acomodado de Washington D.C., los comensales de la popular pizzería Comet Ping Pong huyeron despavoridos cuando un hombre irrumpió en el lugar armado con un rifle de asalto. El pánico se propagó por el vecindario. Los negocios cerraron, mientras la policía, advertida telefónicamente por un empleado de Comet, rodeaba el local.

Política en Facebook y TwitterEl agresor permaneció 45 minutos dentro del restaurante y disparó su rifle, aunque sin producir consecuencias, antes de salir con las manos sobre la cabeza y entregarse a las autoridades. Identificado como Edgar Maddison Welch, de 28 años, dijo en su declaración policial que había ido a la pizzería a investigar por sí mismo si allí funcionaba un círculo de pedófilos regenteado por Hillary Clinton. El incidente reverberó de inmediato en los principales diarios y publicaciones del país. “Una dura verdad sobre las noticias falsas: algunas personas son súper crédulas”, tituló el Washington Post.[1] “El pistolero de ‘Comet Pizza’ ofrece el atisbo de un futuro aterrador”, destacó The Atlantic. [2]

La espinosa cuestión de las noticias inventadas y teorías conspirativas que explotaban en las redes sociales, foros y portales de Internet, y que encontraban una audiencia masiva, ávida de seguirlas y hacerlas circular, fue uno de los aspectos más controvertidos y debatidos de la campaña.

La fábula que llegó a conocerse como el “Pizzagate” había nacido a fines de octubre, cuando una cuenta de Twitter de un supuesto abogado neoyorquino (cuyo avatar se podía ver también en foros de los “supremacistas blancos”) afirmó que la policía de esa ciudad investigaba evidencia de un tráfico  internacional de explotación sexual de niños que involucraba a Hillary Clinton. Las pretendidas “pruebas” surgían, según la especie, de correos electrónicos del jefe de campaña de Clinton, John Podesta, cuya cuenta de Gmail había sido hackeada en marzo y su contenido publicado luego por WikiLeaks.

La versión fue retomada en días sucesivos en foros, blogs de activistas de la “derecha alternativa”, sitios especializados en noticias apócrifas y varias redes sociales.[3] Los detalles que se iban agregando terminaron por dar forma a una enmarañada novela que cientos de miles de usuarios de Facebook comentaron y compartieron con sus contactos. Los emails de Podesta, se decía, contenían “palabras codificadas” que revelaban operaciones de pedofilia. La conexión con la pizzería Comet apareció porque su propietario figuraba en uno de los correos discutiendo con Podesta la recaudación de fondos para la campaña.

Según The Atlantic, lo más alarmante del explosivo fenómeno de las noticias falsas es que “no hay solución promisoria a las causas” que lo producen, pues, descartada la inaceptable censura previa, tampoco la prensa tradicional está “estructuralmente preparada” para combatirlo.

No ha sido éste el único desarrollo turbador de una campaña donde “aparentemente desaparecieron las reglas y estándares largamente establecidos que, una vez se creyó, gobiernan el modo en que elegimos un presidente”, sintetiza un crítico análisis de Harvard Gazette. [4]

Distinguieron a este ciclo el recurso sistemático a la mentira y el ocultamiento de información por parte de los candidatos, la tergiversación de los hechos, la degradación del lenguaje político –en el que abundaron la injuria y la vulgaridad-, la virulencia de las estrategias de comunicación en las redes sociales y la proliferación del trolling y el ciber acoso.

¿Asistimos acaso, se pregunta la publicación oficial de la Universidad de Harvard, a “un ciclo electoral extraño y anómalo, o se ha cruzado de algún modo un Rubicón político”, tras 57 comicios presidenciales realizados desde 1789?

La Elección del Brexit y la Política de la Posverdad

Preguntas análogas resonaron en paralelo del otro lado del Atlántico. La turbulenta contienda política que desató en Gran Bretaña el referéndum sobre la permanencia o no en la Unión Europea tuvo rasgos inquietantes muy similares a los de las elecciones presidenciales en EEUU.

La ajustada decisión del 23 de junio a favor de abandonar la UE fue el otro gran acontecimiento político de 2016. Tan sorpresivo como la ascensión de Trump unos meses después, el Brexit  constituyó el anticipo de un cambio súbito e inesperado del escenario político y económico global.

Para la opinión informada, las promesas y argumentos centrales de quienes promovieron la salida de la Unión –los “Leavers”- fueron más que dudosos. Peor aún, a solo unas horas de conocerse el resultado del referéndum, miembros del bando ganador ya habían admitido que el país no ahorraría 350 millones de libras por semana para destinar al servicio público de salud, una propuesta que fue puntal de su campaña.[5] Tampoco era probable, reconocieron, que disminuyera la inmigración, otra de sus tesis fundamentales.

El gobierno del primer ministro James Cameron y los demás grupos que promovían la permanencia en la UE –los “Remainers”- basaron su campaña en informar a la gente sobre los costos potenciales de dejar la Unión. Abundaron las declaraciones y estadísticas de los “expertos”: economistas, directores de bancos centrales, líderes mundiales y el FMI. Pero “la gente de este país ya está harta de los expertos”, declaró uno de los políticos más prominentes de los Leavers, Michael Gove. Y el desenlace pareció darle la razón.

Aunque la mentira y la deformación de la realidad siempre han sido parte de la vida política, su inédita gravitación y eficacia en dos elecciones de máxima trascendencia –realizadas en dos de las democracias más antiguas y estables del mundo- abrieron graves interrogantes sobre la racionalidad del proceso político en la sociedad del Siglo XXI.

Ganó terreno la idea, avanzada unos años atrás, de que las democracias industrializadas podrían haber entrado en una fase de “política de la posverdad” –o “posfactual”-, donde la verdad y los hechos se habrían vuelto irrelevantes.

Cuando en noviembre los Oxford Dictionaries declararon al término Post-Truth (Posverdad) la “palabra del año”, la expresión, con sus enigmáticas connotaciones, capturó inmediatamente la imaginación de analistas y público por igual. Fue definida por el diccionario como un adjetivo que hace referencia a “circunstancias en las cuales los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción o las creencias personales”.

Los editores señalaron que en 2016 el uso del término había aumentado 2.000% en relación con el año previo, y que el pico había tenido lugar en el contexto del referéndum británico y la competencia presidencial estadounidense. La elección de los Oxford Dictionaries reflejó “un año dominado por un discurso social y político muy cargado”, dijo su presidente, Casper Grathwohl.[6]  El concepto de Posverdad, agregó, ha sido “impulsado por el ascenso de las redes sociales como fuente de noticias y una desconfianza creciente en los hechos ofrecidos por el establishment”.

No es menos significativo que uno de los contendientes al título otorgado por la editorial haya sido la expresión “alt-right. Forma abreviada de alternative right” o “derecha alternativa”, alude a “un agrupamiento ideológico asociado con puntos de vista reaccionarios o conservadores extremos, caracterizado por un rechazo de la política tradicional y por el uso de los medios online para diseminar deliberadamente contenido controvertido”. Trump fue apoyado activamente por este disperso y heteróclito movimiento.

La polarización (y aún la radicalización) de las posiciones políticas, que en EEUU no ha dejado de ahondarse en los últimos veinte años, fue uno de los factores que concurrieron para producir la extravagante –y, para muchos, deprimente- dinámica de ambas campañas. Tampoco es posible comprender el carácter disruptivo que adquirieron esta vez los medios digitales si se intenta derivar sus efectos solo de sus atributos tecnológicos, sin hacer referencia a las fuerzas provenientes del contexto sociopolítico.

El Impacto Político de las Redes Sociales da un Brusco Giro

La espectacular campaña que en 2008 catapultó a Obama a la presidencia fue celebrada por explotar el potencial de las redes sociales para promover y canalizar la participación política de los ciudadanos.[7] Dos años más tarde, pareció reafirmar ese papel el uso que los activistas de la Primavera Árabe hicieron de Twitter, para organizar y difundir al resto del mundo las demostraciones populares que conmocionaron el Medio Oriente y el norte de África.

Pero el impacto de estas tecnologías en el Brexit y la elección norteamericana de 2016 fue completamente distinto. “Internet y su progenie –reflexionó el veterano periodista del New York Times Thomas B. Edsall- están contribuyendo, quizás de un modo irreversible, a la decadencia de los tradicionales límites éticos y morales de la política norteamericana”.[8]

Entre más de 1.500 expertos en tecnología consultados por el Pew Research Center, el 80% consideró que el “discurso público online” seguirá dominado en la próxima década por “malos actores, hostigamiento, trolls y un tono general de aflicción, desconfianza y disgusto”.[9] La revista Time inquiría, en una de sus tapas de 2016: “Por qué estamos perdiendo Internet frente a la cultura del odio”.[10] Y el diario británico The Guardian se preguntaba: “¿Se ha convertido Internet en un Estado fallido?”[11]

Un problema conectado es el riesgo que representa para nuestra libertad como ciudadanos y consumidores el incremento exponencial de las bases de datos personales, muchos de éstos registrados sin nuestro consentimiento a partir de los rastros que dejamos involuntariamente durante nuestra actividad online. Gobiernos, empresas y otros actores utilizan esos datos para “sugerirnos” determinados cursos de acción, desde comprar un producto hasta votar a un candidato político.

Internet sirve para recopilar información sobre los individuos y como medio para hacerlos blanco de las comunicaciones persuasivas. Es probable que otros ya sepan de nosotros más que nosotros mismos, una situación que seguirá agravándose con la incesante interconexión de nuestros objetos de uso inteligentes. El desarrollo de las supercomputadoras y de técnicas de análisis de volúmenes astronómicos de datos, junto a nuestra creciente dependencia de las comunicaciones digitales, abre grandes posibilidades para la manipulación de nuestra conducta.

En un futuro no lejano podríamos ser empujados a tomar decisiones que consideraríamos propias, cuando en realidad habrían sido inducidas en forma remota. “¿Sobrevivirá la Democracia a los Big Data y la Inteligencia Artificial?”, interroga un grupo de investigadores en la revista Scientific American.[12]

No todos piensan que la comunicación política ha entrado en aguas inexploradas. El actual impacto de Internet sobre el discurso público es comparable al que tuvo la imprenta cuando se volvió ampliamente accesible. Hubo entonces, como ahora, un boom de publicaciones crudas y panfletarias, que en muchos casos denunciaban problemas sociales y políticos en términos virulentos y mordaces.

Jennifer Hochschild, una profesora de gobierno en Harvard, recuerda que las campañas del siglo XIX solían apelar a “una retórica bastante violenta”.[13] La prensa, durante gran parte de los siglos XVIII y XIX, fue ardientemente partidista. La noción de “medios no partidistas, imparciales y equilibrados, es en realidad un fenómeno de mediados del siglo XX”.

Si bien la investigación científica de los efectos de los medios digitales es aún incipiente, un criterio establecido por un número de estudios es que las características y el impacto de Internet no se infieren únicamente –como hacen algunas teorías muy generales- de sus propiedades tecnológicas. Es necesario introducir en el análisis las fuerzas provenientes del específico contexto social, político y económico en el que la red se desenvuelve.[14]

Los mismos atributos de las plataformas online, como el anonimato y la ausencia de árbitros o autoridades, son capaces de fomentar tanto la libertad de expresión y la diversidad de puntos de vista como el bullying y la autocensura de quienes temen ser hostigados. La posibilidad de publicar contenidos libremente ha debilitado los monopolios de las voces establecidas que se consideraban autorizadas a pronunciar los discursos “verdaderos”,  pero también abrió la puerta a la difusión deliberada y orquestada de falsedades.

Los algoritmos destinados a personalizar los contenidos y los contactos que se nos ofrecen en la red nos ayudan a filtrar lo que es relevante para nosotros dentro de un torrente abrumador de información. Pero esos mismos filtros, al seleccionar la información congruente con nuestros puntos de vista y conectarnos con personas similares a nosotros, tienden a reforzar nuestros prejuicios y a agudizar tendencias a la polarización política y cultural.

La particular situación política y económica que vive un país y la personalidad de un candidato pueden modificar sustancialmente, de una elección a otra, la función y el impacto de los medios digitales en una campaña.

En el tono y el resultado de las recientes elecciones de EEUU y Gran Bretaña convergieron procesos de larga data, como el continuo aumento de la desigualdad social desde los años 70, la pérdida de confianza en el sistema político y los cambios de valores que han dado lugar a las llamadas “guerras culturales”, con otros de origen más próximo: la inmigración proveniente de países pobres, la competencia económica de China, el impacto laboral de la revolución tecnológica, los ataques terroristas y la crisis financiera de 2008.

¿Qué rol ejerció el algoritmo de selección de noticias de Facebook en estas dos elecciones? ¿Cuál fue el origen y el influjo del fenómeno de las noticias falsas? ¿Qué alcance tuvieron el trolling y el ciber acoso? ¿Qué características tuvo la campaña de Trump en las redes sociales? ¿Por qué los principales diarios y la gran mayoría de los medios establecidos de EEUU no advirtieron en ningún momento el posible triunfo del candidato republicano?

¿Es la idea de Posverdad una moda pasajera o recubre un fenómeno destinado a perdurar? ¿Cómo podría evolucionar en los próximos años la esfera pública en Internet y, en particular, el universo de las redes sociales? ¿Qué impacto tendrán la Inteligencia Artificial y los datos personales sobre nuestras libertades individuales?

Aislados en Nuestra Burbuja

En un post de Facebook publicado el día siguiente del referéndum por el Brexit, Tom Steinberg, un activista de Internet partidario de la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea, decía estar “buscando activamente” en esa red social a gente que estuviera festejando el triunfo de la opción contraria.

“[L]a burbuja de filtro es TAN fuerte y llega TAN lejos a cosas como la búsqueda personalizada de Facebook, que no puedo encontrar a nadie que esté feliz, pese al hecho de que más de la mitad del país está de júbilo hoy”, comentó.[15] “Este problema de la cámara de eco es ya TAN severo y TAN crónico”, agregaba, que “no actuar ahora mismo” sobre él “equivale a apoyar y financiar la ruptura del tejido de nuestras sociedades. Estamos creando países donde una mitad no sabe nada sobre la otra”.

Advertíamos que la polarización política puede verse potenciada por la conocida inclinación de las personas a reunirse en comunidades homogéneas, integradas por personas con ideas, valores e intereses similares.[16]  La interacción dentro de estos “esferoides públicos” tiende a reforzar nuestras opiniones previas y a excluir las informaciones y visiones discordantes –un fenómeno que suele llamarse “efecto cámara de eco”.

Acentúa esta tendencia el hecho de que las empresas tecnológicas que dan forma a la esfera pública digital –colosos como Google, Facebook y Twitter- no se ven a sí mismas como organizaciones periodísticas. Enfocadas en sus objetivos comerciales, sus algoritmos buscan maximizar las ganancias presentándonos contenidos ajustados a nuestros intereses, opiniones, relaciones virtuales e historia online.

“Como estrategia de negocios, la fórmula de los gigantes de Internet es simple”, subrayó Eli Pariser en su libro La Burbuja de Filtro, publicado poco después de que Google introdujera, en diciembre de 2009, sus búsquedas personalizadas.[17] “Cuanto más relevantes en términos personales son sus ofertas de información, más anuncios pueden vender y es más probable que usted compre los productos que venden. Y la fórmula funciona”.

La información que recibimos es “filtrada” todo el tiempo por algoritmos cuyo mecanismo se nos escapa. Google selecciona los resultados de nuestras búsquedas de acuerdo con nuestra ubicación geográfica y las búsquedas y clicks que hemos hecho en el pasado. Facebook filtra los contenidos que nos muestra según nuestro historial de clicks y “me gusta”. Como resultado, cada uno de nosotros queda encapsulado dentro de una “burbuja” informativa única, estrictamente personal.

La democracia requiere el encuentro de visiones diversas. El debate democrático supone que los participantes estén dispuestos a ponerse en el punto de vista de los otros, y que entre ellos haya un grado razonable de consenso acerca de cuáles son los hechos. Pero nuestras vidas digitales transcurren en universos de información paralelos con poco o ningún contacto entre sí.

El consumo de medios acordes con nuestras opiniones previas ya existía en la era pre-Internet. La investigación de la comunicación de masas había acuñado los conceptos de exposición, percepción y retención “selectivas” de información.

Pariser advierte empero que la “burbuja de filtro” introduce nuevas dinámicas. Cada uno de nosotros está aislado, solo en su burbuja, y ésta es invisible para nosotros. Quien en el pasado optaba por un diario conservador o progresista sabía que las noticias que leía habían recibido un tratamiento destinado a servir a un punto de vista.

Hoy desconocemos si los supuestos que los algoritmos hacen sobre nosotros son correctos o erróneos. Es posible incluso que ignoremos que esos supuestos existen, de modo que percibimos el flujo de información que se nos aparece como algo objetivo. Y a diferencia de lo que ocurre cuando elegimos un diario, nosotros no elegimos entrar en la burbuja.

La cámara de eco, la burbuja de filtro y procesos similares producen el llamado “efecto de resonancia”. En última instancia, la información que recibimos no es más que un reflejo de nuestras propias opiniones. Como efecto colateral, ciertas tendencias sociales podrían verse reforzadas por repetición y conducir a la fragmentación cultural o política de la sociedad. La información personalizada contribuiría de esta manera a socavar la cohesión social.[18]

“Tu burbuja de filtro está destruyendo la democracia”, tituló la revista Wired, días más tarde de la elección en EEUU. [19] El comentarista, que se define a sí mismo como un “liberal neoyorquino” que veía en Clinton la mejor opción, destaca que durante toda la campaña raramente pudo leer en su Facebook algo que contradijera sus puntos de vista políticos.

Todo lo que entraba en su feed, puntualiza, eran contenidos relacionados con los hashtags de la campaña demócrata y “titulares del tipo ‘Obama es el más grande’, que a mí me alegraba ver. Yo me involucraba con ese contenido y en consecuencia quedé encapsulado”. En cuanto a los debates, “mi feed presentaba discusiones sobre los escándalos de Trump y por qué debíamos todos estar con ella [Clinton]. Yo no veía más que los artículos de medios liberales como el New York Times y el Washington Post”, y nunca del sitio conservador Fox News, pese a que éste recibía más de 55 millones de visitas por mes.

“Hasta el resultado de la elección, algo más de la mitad de nosotros no se dio cuenta de que la otra mitad del país estaba suficientemente frustrada para votar a Trump. Todos pensamos que Clinton aplastaría a Trump con facilidad”, reconoce el articulista. “La aldea global que alguna vez fue Internet ha sido reemplazada por islas digitales de aislamiento que nos separan cada vez más”.

Otro informe de Wired precisa que entre marzo de 2015, cuando el republicano Ted Cruz se convirtió en el primer candidato de las primarias, y el 1 de noviembre de 2016 –una semana antes de la elección presidencial-, 128 millones de estadounidenses generaron en Facebook 8,8 billones de acciones –posts, comentarios, “me gusta”, “compartir”- vinculados a la campaña.[20] “El ascenso de Trump no fue obra de Facebook, pero el gigante de las redes sociales ha tenido un impacto masivo”, afirma. 

El Ascenso de Facebook y la Crisis del Periodismo

“No es que Mark Zuckerberg se haya propuesto desmantelar el negocio del periodismo cuando fundó Facebook hace 13 años”, sostiene The Atlantic.[21] “Pero las organizaciones periodísticas son quizás la principal baja del mundo que Zuckerberg construyó. Hay razones para creer que las cosas van a empeorar”.

Aunque con el ímpetu de un mazazo, la irrupción de Facebook como proveedor de noticias es, sin embargo, el último golpe de la seguidilla que, desde la aparición de Internet, ha venido sufriendo el periodismo tradicional y especialmente su más antigua y venerable expresión: el periódico. Un hito previo había sido la expansión de Google y su sección de noticias. Ahora la revolución de la Web 2.0 y las redes sociales está produciendo cambios tectónicos en todo el ecosistema de información.

Las organizaciones de noticias achican su planta de empleados, el trabajo que hacían los periodistas tiende a ser reemplazado por algoritmos y la calidad de la información se resiente.[22] En EEUU, el número de periodistas se contrajo una tercera parte entre 2006 y 2013. En Gran Bretaña, bajó en la misma proporción entre 2001 y 2010. Y en Australia, en unos pocos años –de 2012 a 2014-, la reducción fue del 20%.[23]

La caída de ingresos y circulación de los diarios establecidos alcanza ya límites críticos en EEUU y otras economías avanzadas. Según los últimos datos disponibles, en 2014 las redacciones de los diarios norteamericanos tenían 33 mil empleados a tiempo completo, 20 mil menos que una década atrás. En el mismo periodo, la cantidad de periódicos diarios disminuyó en más de un centenar, de 1.457 a 1.331.[24]

De acuerdo con una encuesta de alcance nacional del Pew Research Center en este mismo país,[25] a principios de 2016 el 38% del público adulto norteamericano obtenía las noticias “con frecuencia” a través de medios digitales. Solo el 20% lo hacía leyendo el diario impreso, un fuerte descenso respecto del 27% en 2013. El 28% del público lee las noticias a menudo en sitios web o apps informativos y el 18% en las redes sociales –cifras que suman más de 38% porque hay personas que usan ambos.

La creciente influencia de Facebook en el mundo de la información emerge del estudio con claridad. El 67% de los estadounidenses adultos usa esta red social y el 44% obtiene noticias en ella con mayor o menor frecuencia. [26] Los porcentajes para Twitter son muy inferiores: 16% y 9% respectivamente. YouTube tiene una enorme penetración, pues la usa el 48% de la población mayor de edad, pero solo el 10% sigue noticias en esta red.

La foto estática de la situación actual muestra que la televisión es todavía el medio dominante, pues el 57% de los norteamericanos sigue frecuentemente las novedades en la pantalla chica. Este porcentaje es superior en 19 puntos al de los medios online y en 27 al de los diarios impresos.

Pero la mirada es otra si analizamos las cosas en perspectiva dinámica. Es posible vislumbrar el futuro examinando a qué tipos de medios acuden para informarse los diferentes grupos de edad. Si nos enfocamos en el de 18 a 29 años, vemos que un ínfimo 5% lee con frecuencia las noticias en los diarios impresos y apenas el 27% las mira en televisión. En contraste, el 50% sigue las noticias online.

También en el segmento de 30 a 49 años los medios digitales son el canal preferido para obtener noticias con recurrencia, aunque solo levemente por encima de la televisión. Entre los miembros de este grupo, el 49% sigue las novedades online, el 45% en la TV y el 10% leyendo el diario.

La pantalla chica reina absolutamente entre las personas de 50 a 64 años –el 72% se informa a menudo a través de ella- y entre las de 65 y más años (85%). El diario impreso no alcanza una penetración considerable más que en este último grupo de edad avanzada, pues el 48% de sus miembros lee las noticias en el periódico en forma habitual.

La proyección de los datos demográficos anticipa pues un destino sombrío para la prensa gráfica y sugiere que la televisión, al menos en su forma actual, quedará en algún momento por detrás de los medios digitales como fuente de noticias.

El Drama de la Prensa: un Modelo de Negocios Agotado

No se trata de que los diarios no hayan sabido adaptarse a la eclosión de la esfera pública online. Como enfatiza la editora en jefe de The Guardian, Katherine Viner, “el periodismo ha visto innovaciones dramáticas en las últimas dos décadas digitales, pero no sus modelos de negocios”.[27]

Los periódicos no han logrado compensar la caída de los ingresos de sus ediciones impresas con la publicidad y suscripciones de sus versiones digitales. La nueva economía de la Inteligencia Artificial y el ciberespacio deja poco lugar para la competencia.

En este tipo de mercados no surgen una o más empresas líderes y algunos seguidores capaces de mantener una participación significativa. Los ganadores se quedan con todo. [28] La digitalización, las telecomunicaciones y las redes permiten replicar y distribuir un producto o servicio a costo muy bajo, de modo que la empresa tecnológica que ofrece el bien de mayor calidad tiende a monopolizar el mercado.

En línea con esta lógica, los últimos datos de EEUU muestran que Google y Facebook absorben el 85% del gasto en publicidad online. Todas las organizaciones periodísticas deben competir entre sí por el 15% restante. El modelo de negocios del periodismo clásico está agotado y aún no se ha encontrado algo que lo reemplace. “El foco de la industria necesita volverse hacia la innovación comercial: cómo rescatar el financiamiento del periodismo, que es lo que se encuentra amenazado”, dice Viner.

Un problema tal vez más profundo y difícil de remontar para los periódicos y otros medios tradicionales es que el retroceso de su influencia frente al avance de Internet está acompañado de una declinación de su credibilidad ante la audiencia, algo que es parte del proceso sociocultural más general de pérdida de confianza en todas las formas de autoridad establecidas.

Las organizaciones periodísticas de la era pre-Internet también funcionaban como “filtros” de información, un rol conocido en la literatura con el nombre de gatekeeper. Mediante la selección y el tratamiento de las noticias sobre la base de normas profesionales –y sin duda, en mayor o menor grado, del influjo de intereses comerciales y políticos-, los medios periodísticos fijaban en gran medida las normas aceptadas de la discusión pública. Este papel se ha debilitado ahora de un modo considerable. Y el tránsito hacia un nuevo sistema de información que sea compatible con el espíritu y los fines de la democracia se está presentando como un viaje lleno de turbulencias. Investigación:

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NOTAS

[1] Borchers, C. (2016): “A harsh truth about fake news: Some people are super gullible”, Washington Post, December 5.

[2] Graham, D. (2016): “The ‘Comet Pizza’ Gunman Provides a Glimpse of a Frightening Future”, The Atlantic, December 5.

[3] Silverman, C. (2016): “How The Bizarre Conspiracy Theory Behind ‘Pizzagate’ Was Spread”, BuzzFeed, November 4.

[4] Pazzanesse, C. (2016): “Politics in a ‘posttruth’ age”, Harvard Gazette, July 14.

[5] Viner, K. (2016): “How technology disrupted the truth”, The Guardian, July 12.

[6] Flood, A. (2016): “’Post-truth’ named word of the year by Oxford Dictionaries”, The Guardian, November 15.

[7] Jorge, J.E. (2014): “La Comunicación Política en las Redes Sociales. Enfoques Teóricos y Hallazgos Empíricos”, Question, 1(44): 268-286.

[8] Edsall, T.B. (2017): “Democracy, Disrupted”, New York Times, March 2.

[9] Pew Research Center (2017): The Future of Free Speech, Trolls, Anonymity and Fake News Online, March 29: 10-12.

[10] Stein, J. (2016): “How Trolls Are Ruining the Internet”, Time Magazine, August, 18.

[11] Naughton, J. (2016): “Has the internet become a failed state?”, November 27.

[12] Helbing, D.; Frey, B.S.; Gigerenzer, G.; Hafen, E.; Hagner, M.; Hofstetter, Y.; Van den Hoven,J.; Zicari, R.V., & Zwitter, A. (2017): “Will Democracy Survive Big Data and Artificial Intelligence?”, Scientific American, February, 25.

[13] Pazzanesse, op. cit.

[14] Jorge, J.E., 2014, op. cit.; Curran, J. (2012): “Reinterpreting the Internet”, en Curran, J., Fenton, N., and Freedman, D. Misunderstanding the Internet, Routledge, New York: 3-33; Fenton, N. (2012): “The internet and social networking”, en Curran, et al., op. cit.: 123-148

[15] Citado por Viner, K. (2016): “How technology disrupted the truth”, The Guardian, July 12..

[16] Dahlgren, P. (2012): “Social Media and Counter-Democracy: The Contingences of Participation”, en Tambouris, E.; Macintosh, A. & Sæbø, Ø. (eds.): ePart 2012, IFIP / Springer: 1-12.

[17] Pariser, E. (2011): The Filter Bubble. What the Internet is Hiding From You, The Penguin Press, New York.

18] Helbing et al., op. cit.

[19] El-Bermawy, M. (2016): “Your Filter Bubble is Destroying Democracy”, Wired, November 18.

[20] Lapowsky, I. (2016): “Facebook alone didn’t create Trump –The click economy did”, Wired, November 12.

[21] Lafrance, A. (2017): “The Mark Zuckerberg Manifesto Is a Blueprint for Destroying Journalism”, The Atlantic, February 17.

[22] Jorge, J.E. (2015): “Diario Digital vs Diario Impreso. ¿Cuál es mejor para la información y la participación política”, Question, 1(47): 377-399; “Los Medios de Comunicación y la Cultura Política en las Democracias Nuevas y Maduras”, SSRN Electronic Journal, DOI: 10.2139/ssrn.1621078

[23] Viner, op. cit.

[24] Pew Research Center (2016): State of the News Media 2016, June 15.

[25] Pew Research Center (2016): The Modern News Consumer. New Attitudes and Practices in the Digital Era, July 7.

[26] Pew Research Center (2016): “News Use Across Social Media Platforms 2016”, May 26.

[27] Viner, op. cit.

[28] Ver capítulo 10 en Brynjolfsson, E. & McAffee, A. (2014): The Second Machine Age. Work, Progress, and Prosperity in a Time of Brilliant Technologies, W.W. Norton & Company, New York.