Teoría de la Cultura Política II

Formación y Cambio
de la Cultura Política

Cultura PolíticaJosé Eduardo Jorge

La cultura política en las democracias de baja calidad: los casos híbridos. Posible influencia del aprendizaje democrático. El impacto de la globalización cultural. El cambio generacional y la socialización adulta. Efectos del régimen institucional sobre la cultura en el largo plazo. Tradición cultural y conflicto de valores. La trayectoria histórica. Los procesos de influencia social. Ir a la Parte 1: Un Modelo Teórico Integrado

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Democracias Híbridas

El siguiente punto clave a considerar en nuestro análisis se refiere a la situación de desarrollo o modernización parcial, que es, en la práctica, mucho más frecuente que la de desarrollo completo o avanzado. Nuestras hipótesis anticipan que de una modernización incompleta resultará una cultura política híbrida y, por la tesis de la congruencia, un régimen político también híbrido. El grado de hibridez –cultural e institucional- será función del grado de desarrollo.

Desde mi punto de vista, esta es la principal consecuencia de la tesis de la modernización en la actualidad, cuando la globalización ha agigantado las influencias exógenas sobre las sociedades particulares –entre ellas, las presiones para la adopción de instituciones representativas-, al tiempo que el desarrollo económico transforma, pero de modo muy dispar, a la mayor parte de los países.

Partiendo de esta hipótesis, presenté en Jorge (2015, pp. 388-94) un índice de cultura política democrática y, con los datos de una muestra de 82 países, usé modelos de regresión a fin de probar la capacidad de ese indicador para predecir el nivel de democracia –una escala de 0 a 10 basada en los puntajes de derechos políticos y libertades civiles de Freedom House-, controlando por diversas variables económicas y sociales.

El índice de cultura democrática se compone de indicadores de aspiraciones de libertad, igualdad de género, respeto o tolerancia, acción política y confianza interpersonal, que calculé a partir de la base de datos de la Encuesta Mundial de Valores (Figura 2).

Figura 2
Influencia de la Cultura  Política Democrática
sobre el  Nivel de Democracia

Influencia de la Cultura Política Democrática sobre la Calidad de la Democracia
Fuente: Jorge, José Eduardo (2015): “La cultura política argentina: una radiografía”, Question 1(48), pp. 372-403. Click en la imagen para agrandar

Las 82 sociedades presentan una amplia variación en las principales medidas (ibíd., p. 399). El ingreso per cápita va desde menos de 900 dólares por año en Etiopía y Uganda hasta el rango de los 50 mil a 70 mil dólares en Suiza, Noruega y Singapur. La cultura democrática está difundida en casi el 70% de la población de Suecia y Noruega y, en el otro extremo, en el 10% o menos de la de Libia, Egipto, Túnez y Jordania. La correlación entre cultura democrática e ingreso por habitante es 0,72.

La Tabla 1 reproduce los modelos de regresión (ibíd., p. 394), que predicen el nivel de democracia. Todos son consistentes con la hipótesis de que mucho del impacto del desarrollo sobre las instituciones es mediado por la cultura política.

Tabla 1
Influencia de la Cultura Política Democrática
sobre el Nivel de Democracia
– Análisis de Regresión Lineal
Unidades de Análisis: 82 países de la Tabla A5 anexa

Influencia de la Cultura Política sobre la Democracia, comparada con el Desarrollo Económico, el Desarrollo Humano, la Distribución del Ingreso y la Experiencia Democrática
Las cifras en negrita son coeficientes de regresión estandarizados. Valores t entre paréntesis. Niveles de significación: ***p<0.01; **p<0.05; *p<0.1. n.s. No significativo. Los análisis utilizan el logaritmo natural (LN) del Ingreso p/hab. Fuente: Jorge, José Eduardo (2015): “La cultura política argentina: una radiografía”, Question 1(48), pp. 372-403. Click en la imagen para agrandar

En el Modelo 1, el ingreso por habitante es un predictor significativo, pero considerablemente inferior a la cultura democrática. Lo mismo sucede en el Modelo 4, donde el nivel de desarrollo está representado por el índice de desarrollo humano del PNUD, que incluye medidas de ingreso por habitante, escolaridad y esperanza de vida (es decir, reúne a la vez indicadores de desarrollo económico y de los cambios que éste produce en la estructura social). Al quitar de la regresión la cultura democrática –Modelo 6-, el peso del ingreso per cápita aumenta.

El Aprendizaje Democrático

El hecho de que el desarrollo económico pueda conservar algún impacto directo sobre las instituciones –por ejemplo, amortiguando la puja distributiva- está representado por la flecha “g” de la Figura 1. La flecha “h” admite la posibilidad, analizada en detalle por Gerring et al. (2005), de que la democracia mejore el desempeño económico.

Pero la cultura política de una sociedad no es función únicamente de su nivel de desarrollo económico. Hay un abanico de factores adicionales en juego.

No es un hecho nuevo que una parte del impacto del contexto global y regional sobre la sociedad consiste en influencias culturales. Las ideas iluministas que gravitaron en la Revolución de Mayo llegaron por vía de los criollos que viajaron a Europa o estudiaron en Chuquisaca, y de libros prohibidos que ingresaban de contrabando. La globalización actual y la expansión de las comunicaciones y la educación multiplican de un modo exponencial estas influencias (Norris e Inglehart, 2009).

Es probable que el juego institucional de la democracia ayude a conformar la cultura democrática por medio del aprendizaje político que estimularía entre los principales actores y los ciudadanos. Esta hipótesis -flecha “e” de la Figura 1– fue formulada originalmente por Dankwart Rustow (1970), en lo que también fue una respuesta a los argumentos de Lipset (1959) y de Almond y Verba (1963).

Para Rustow, entre la política y las “condiciones económicas y sociales”, igual que entre la primera y las actitudes psicológicas, hay causalidad circular o influencia mutua. La democracia, sostenía, no necesita demócratas para surgir y sobrevivir. “[L]as circunstancias pueden forzar, engañar, tentar o persuadir a los no-demócratas para actuar democráticamente”, y “a su debido tiempo, sus creencias pueden ajustarse a través de algún proceso de racionalización o adaptación” (pp. 344-5).

Rustow pensaba en plazos muy largos de transición democrática. Como mínimo, una generación. Gran Bretaña, sin modelos previos que emular, había tardado casi tres siglos. ¿Necesitamos recordar con Rouquié (2011) que en América Latina el proceso insume ya más de dos siglos? Putnam (1993) halló que los gobiernos regionales italianos creados en 1970 estimularon entre las elites del Sur de la península un modo más cooperativo y gerencial de hacer política. No obstante, al cabo de veinte años, estos modestos cambios culturales no producían efectos relevantes en el desempeño institucional (Jorge, 2010, pp. 94-118).

Asumiendo, sin embargo, que un tipo de organización institucional logre sobrevivir y prolongarse en el tiempo (un supuesto no cumplido por muchas democracias del pasado), parece tener, en el muy largo plazo, efectos sustanciales sobre la cultura. Un ejemplo son los países de la ex URSS y los que estaban bajo su influjo. Al examinar la distribución transnacional de los “valores de emancipación” o “autoexpresión”, Inglehart y Welzel notan que “el comunismo ha dejado una clara impronta en los sistemas de valores de quienes vivieron bajo ese sistema” (2005, p. 64). Los valores de muchas sociedades reflejan aún hoy la huella de sus pasados regímenes coloniales.

Este fenómeno no tiene relación con la idea, nada infrecuente en la ciencia política actual, de que la conducta de los actores políticos se adapta rápidamente a los incentivos que fijan las instituciones. De aquí deriva una inclinación a la “ingeniería institucional”, cuyas limitaciones se hacen notorias cuando las disposiciones constitucionales -y legales en general- se convierten en letra muerta.

En las regresiones de la Tabla 1, los Años de Democracia Continua –que en nuestros 82 países varían entre cero y más de 100- solo son un predictor significativo del nivel de democracia en el Modelo 6, cuando se excluye del cálculo el índice de cultura democrática. Pero un análisis atemporal como este no permite descartar que la práctica institucional tenga algún efecto apreciable sobre la cultura política.

La flecha “e” de la Figura 1 comprende otras hipótesis de alcance más limitado. Una es la teoría institucional de la confianza formulada por Rothstein y Stolle (2008). Según ésta, un buen funcionamiento de la rama administrativa del Estado –en particular de la Justicia y la policía, encargadas de asegurar la vigencia de las leyes- es capaz de promover la confianza generalizada entre los miembros de la sociedad (Jorge, 2010, pp. 283-4).

En mis propios modelos de regresión de la confianza interpersonal en Argentina hemos encontrado una relación significativa  entre ésta y las instituciones de la rama política o la percepción del ambiente institucional en general (Ibíd., pp. 267-98). Lo mismo ha sido observado en Europa por Montero et al. (2008).

La hipótesis de que la cultura tiene efectos sobre el desarrollo económico –planteada por primera vez por Weber- corresponde a la flecha “f”. La investigación empírica sugiere que el crecimiento económico podría ser fomentado por la confianza interpersonal (Knack y Keefer, 1997; Zak y Knack, 2001; Fukuyama, 1995), los valores de autonomía individual (Schwartz, 2006) y la motivación de logro (Inglehart, 1997, pp. 216-36).

La Socialización Política

La Figura 3 ahonda en procesos clave de formación y cambio de la cultura política: algunos que vimos hasta ahora de un modo genérico y otros que exceden la lógica del esquema de la Figura 1. En la teoría de la posmodernización el impacto del desarrollo económico sobre la cultura opera por medio del cambio de valores intergeneracional. Su premisa es que las personas adquieren sus valores básicos en edad temprana y cambian poco en el resto de su vida. La hipótesis del aprendizaje político de Rustow y los planteos que la prolongan (Hadenius y Teorell, 2005; Schmitter y Karl, 1991) asumen que los individuos siguen modificando sus creencias y valores fundamentales en la adultez, en respuesta a nuevas circunstancias. Los contados estudios psicológicos sobre la socialización política adulta, que requieren entrevistar a las mismas personas al cabo de varias décadas, no arrojan resultados concluyentes (Krosnick y Alwin, 1989; Jorge, 2010, pp. 127-8).

Figura 3
Formación y Cambio de la Cultura Política

Formación y Cambio de la Cultura Política
Fuente: Jorge, José Eduardo (2016): “Teoría de la Cultura Política. Enfocando el Caso Argentino”, Question 1(49), pp. 300-321. Click en la imagen para agrandar

Como la cultura se transmite de una generación a la siguiente, el postulado de la socialización temprana parece hacer de la continuidad política el “estado normal” (Eckstein, 1988). Pero la antropología ha mostrado que, aunque el cambio cultural es lento, ninguna cultura es inmutable, pues una de sus funciones es adaptar la sociedad a su entorno y los individuos a su ambiente social.

La hipótesis de Inglehart –basada además en la noción de jerarquía de necesidades de Maslow (1954)- es que, cuando el desarrollo económico es sostenido en el largo plazo, los valores de las sucesivas generaciones cambian a medida que los individuos crecen en un ambiente cada vez más próspero y seguro.

Según esta tesis, una vez que la economía entra en una época de expansión prolongada, debe transcurrir al menos una década para que los grupos de edad que se formaron en ese periodo se sumen al electorado. Será necesaria otra década para que empiecen a ocupar posiciones de influencia y una tercera para que accedan a cargos de toma de decisiones. En consecuencia, para que los efectos políticos de una generación con nuevos valores se manifiesten en plenitud es necesario un lapso de por lo menos treinta años, si bien la influencia empieza a manifestarse antes (Jorge, 2010, pp. 87-8).

La Globalización Cultural

Aunque gran parte del cambio cultural ocurre por esta última vía, otra hipótesis plausible –Figura 3- es que la globalización cultural y la aceleración del cambio económico y tecnológico promueven y fuerzan de modo creciente la adaptación valorativa de las generaciones adultas.

Abordando el tema del matrimonio igualitario, mostré en Jorge (2012) que las orientaciones de todas las generaciones de argentinos hacia la homosexualidad habían cambiado en forma sustancial y consistente desde principios de los 80 (Figura 4).

Pero la aprobación de la homosexualidad –el más potente indicador conocido de “respeto o tolerancia”, y que es parte de nuestro Índice de Cultura Política Democrática (Jorge, 2015)- aumentó de modo similar en otros países de América Latina (Figura 5). Esto sugiere la influencia de procesos regionales y globales de difusión cultural.

Figura 4
Socialización Temprana y Adulta en el Cambio Cultural
Aprobación de la Homosexualidad en Argentina según Cohortes de Nacimiento
% de la población que la justifica con un valor de 8 o más en una escala 1 a 10

Situación de los Homosexuales en Argentina
% de entrevistados de cada cohorte que justifica la homosexualidad con un valor de 8 o más en una escala 1 a 10. Fuente: Jorge, José Eduardo (2016): “Teoría de la Cultura Política. Enfocando el Caso Argentino”, Question, 1(49). Cálculos propios a partir de la base de datos de la Encuesta Mundial de Valores. N = 6.400. Click en la imagen para agrandar

Figura 5
Aprobación de la Homosexualidad en América Latina
% de la población que la justifica con un valor de 8 o más en una escala 1 a 10

Situación de los Homosexuales en América Latina
% de la población que justifica la homosexualidad con un puntaje de 8 o más en una escala 1 a 10. Fuente: José Eduardo Jorge (2016): “Teoría de la Cultura Política. Enfocando el Caso Argentino”, Question, 1(49), pp. 300-321. Cálculos propios a partir de la base de datos de la Encuesta Mundial de Valores. O Sin dato. Click en la imagen para agrandar

La deliberación pública es otro mecanismo de aprendizaje (Page y Shapiro, 1992; Jorge, 2012 y 2015, pp. 210-12), que suele interactuar con la difusión cultural. No sabemos, empero, hasta qué punto la discusión de un tema en los medios es capaz de promover por sí sola el cambio de valores.

No hay que confundir la cultura política con la opinión pública. La primera es un núcleo de valores y creencias básicos y generales, que se aplican a una gran variedad de objetos y situaciones políticas. La opinión pública se refiere a actitudes de los individuos hacia objetos específicos.

Los valores de una persona son mucho más fundamentales, genéricos y estables que sus actitudes. Éstas son muy influidas por los primeros, pero la congruencia entre ambos no es automática, pues depende del  grado en que el individuo presta atención al objeto de actitud y piensa sobre él (Inglehart, 1990, p. 372).

La influencia social –a menudo asociada a la deliberación- comprende la acción de líderes de opinión y grupos de referencia, especialmente los grupos predominantes.

La existencia de orientaciones culturales centrales en una sociedad no implica la ausencia de diversidad. Distintos grupos abrazan –y a veces promueven- valores diversos, muchas veces conflictivos. Mediante acciones civiles y políticas, algunas minorías –los grupos LGBT son un ejemplo- suelen acelerar o facilitar el cambio de valores de otros segmentos sociales.

Cuando los que defienden valores conflictivos son grupos dominantes, los cambios en las relaciones de poder dentro de la elite pueden resultar, a largo plazo, en cambios de los valores prevalecientes en la sociedad (Schwartz, 2009, p. 128).

La participación ciudadana en asociaciones y grupos informales fomenta en sus miembros, sostiene Putnam (1993 y 2000), la confianza generalizada y otros valores que allanan la cooperación social y política.

El liderazgo sociopolítico (Heifetz, 1997) y las experiencias colectivas –en particular las traumáticas- son otros posibles factores de aprendizaje y adaptación valorativa.

Estas hipótesis suponen la socialización tardía, si bien las experiencias colectivas también podrían ser importantes en la formación temprana de los individuos. Hemos observado que los argentinos políticamente más activos durante los últimos treinta años son los nacidos entre 1950 y 1969, que vivieron en su adolescencia y juventud dos periodos de intensa movilización de la sociedad: unos, la recuperación de la democracia en 1983; otros, el retorno de Perón y la resistencia a la dictadura de la Revolución Argentina (Jorge et al., 2015).

La Tradición Cultural

La tradición o herencia cultural alude al proceso bien estudiado de transmisión generacional de la cultura, mediante la socialización temprana en la familia, la escuela, los grupos de pares y otras instituciones sociales. Las tradiciones religiosas, en especial, han tenido un peso determinante en la conformación de los valores centrales de las culturas.

La Figura 3 agrega la dimensión de la diversidad. Las sociedades modernas no poseen una tradición cultural única u homogénea. Junto a los valores predominantes, hay otras tradiciones con valores alternativos, compatibles o conflictivos. La deliberación, la negociación, el conflicto y el acuerdo sobre los valores son normales en la vida de una sociedad. La democracia es definida hoy, normativamente, como un sistema que busca a la vez la diversidad y la unidad (Jorge, 2012).

El desarrollo es un proceso universal y los cambios culturales que provoca tienden a crear valores uniformes en todas las sociedades. Pero al operar sobre el particularismo de las tradiciones, los fuertes “rozamientos” en el medio denso de la cultura ancestral arrastran a cada sociedad por una trayectoria distintiva. El sistema de valores de una sociedad es, en cada momento, el producto de una particular interacción entre su vía de modernización y su herencia cultural (Inglehart y Welzel, 2005, p. 63).

Las Figuras 6 y 7, que agrupan en Regiones Culturales nuestra muestra de países, reflejan –aunque solo en parte, pues las regiones difieren también por su nivel de desarrollo- la influencia de la tradición cultural sobre aspectos clave de la cultura democrática.

Figura 6
Aprobación de la Homosexualidad según Región Cultural
% de la población que la justifica con un valor de 8 o más en una escala 1 a 10

Cultura Democrática en América Latina Situación de los Homosexuales
% de la población que justifica la homosexualidad con un puntaje de 8 o más en una escala 1 a 10. Ver composición de las Regiones Culturales en nota al final [1]. Fuente: José Eduardo Jorge (2016): “Teoría de la Cultura Política. Enfocando el Caso Argentino”, Question, 1(49), pp.300-321. Cálculos propios a partir de la base de datos de la Encuesta Mundial de Valores. Click en la imagen para agrandar

Figura 7
Igualdad de Género según Región Cultural
% de la población en desacuerdo con que los hombres son mejores líderes y tienen prioridad para los empleos

Situación de la Mujer en Latinoamérica
% de la población en desacuerdo con que los hombres son mejores líderes que las mujeres y tienen prioridad para los empleos. Ver composición de las Regiones Culturales en nota al final [1]. Fuente: José Eduardo Jorge (2016): “Teoría de la Cultura Política. Enfocando el Caso Argentino”, Question 1(49), pp. 300-321. Cálculos propios a partir de la base de datos de la Encuesta Mundial de Valores. Click en la imagen para agrandar.

La trayectoria histórica de una sociedad afecta de muchos modos –sin excluir los accidentes– la formación de su cultura política. Ya señalamos las marcas que deja en los valores una específica evolución institucional. Procesos históricos específicos pueden tener efectos culturales duraderos. No es lo mismo haber pasado por una cruenta dictadura militar, la proscripción de un partido, o una guerra civil devastadora, que no haberlo hecho.  El enfoque de la dependencia de la senda sostiene que las etapas iniciales, el orden de los acontecimientos y las “coyunturas críticas” suelen ser decisivas para la evolución política de un país (Pierson, 2004; Jorge, 2010, p. 113).

Comunidad Cívica vs. Régimen Predatorio

El curso histórico-institucional y la herencia cultural plasman, según Putnam (1993), el modelo de convivencia con que los individuos y grupos encaran sus problemas de acción colectiva. Entre estos modelos, que definirían la calidad de la vida política, Putnam plantea la comunidad cívica como la base sociocultural capaz de “hacer funcionar la democracia” (Jorge, 2010, pp. 94-118).

Distingue a la comunidad cívica un alto stock de capital social –confianza generalizada, asociaciones civiles y normas de cooperación-, el compromiso cívico, la igualdad y la tolerancia. Su opuesto, en teoría, es el estado de naturaleza de Hobbes o la solución que éste le dio: el Leviatán, la autocracia.

En la práctica, el “estado natural” al que parecen arribar muchas sociedades es lo que Diamond llama “sistema predatorio” (2008, p. 296). Éste alude a los “órdenes” sociales de “acceso limitado” descriptos por North et al. (2009): las elites, a fin de crear rentas, aprovechan su control del sistema político para restringir el ingreso de actores a la economía, al tiempo que usan esas rentas para estabilizar el orden político.

Diamond nota que este régimen es compatible con democracias de baja calidad y tiene el efecto de obstaculizar el desarrollo económico. Aun sin asumir en detalle el esquema de North et al, es claro que las elites han sido históricamente proclives a usar el Estado y todo el sistema político en su propio beneficio –la definición misma de “corrupción”- (Inglehart y Welzel, 2005).

El enfoque de los “valores de emancipación” postula que una democracia efectiva depende de la capacidad de los ciudadanos para plantear desafíos a las elites. Desplaza así el énfasis de los ciudadanos “leales” al sistema descriptos por Almond y Verba (1963) a los que “se hacen valer” (Dalton y Welzel, 2014).

Conclusiones

Pese a la alta complejidad de los procesos referidos, todo indica que el desarrollo económico, operando sobre la tradición cultural, es la más poderosa de las fuerzas que modelan la cultura política. Como la gravedad en el universo macroscópico, ejerce un tirón constante que acaba por arrastrar a cada parte de la sociedad en una dirección definida. La globalización cultural produce efectos tangibles, pero es probable que el cambio de valores mediante la socialización tardía tenga alcances limitados.

Con los datos de las encuestas transnacionales, hoy es posible incorporar a los modelos estadísticos muchas de las variables descriptas, para realizar experimentos naturales usando países o individuos como unidades de análisis. Enfocado solo en su sociedad, el analista raramente se sustrae a los puntos ciegos de su propia cultura. Es indispensable una comparación sistemática de sociedades, sobre un número grande y heterogéneo de casos, así como un diálogo entre este enfoque y la “descripción densa” de sociedades particulares.

No es inusual que los comentaristas hagan inferencias categóricas a partir de casos puntuales. Si las dos Coreas siguieron caminos divergentes, parece “obvio” que la cultura no “determina” el curso político o económico de un país. El lector ya advertirá lo impropio de este razonamiento. Si hay fumadores empedernidos que jamás sufrieron un cáncer de pulmón, de ello no se infiere que el tabaquismo no aumente la probabilidad de contraer cáncer.

El análisis comparativo transnacional de la cultura política descansa en proposiciones o “leyes” probabilistas, del tipo: “una cultura política democrática, manteniendo constante todo lo demás, hace más probable una democracia de alta calidad”. Las “excepciones” son los países que, como los fumadores, desafían las leyes de probabilidad.

En años 50 y 60, hubo quienes vieron el desarrollo y la cultura política como “pre-condiciones” de la democracia. La idea de países “no preparados” para las instituciones libres era funcional a las políticas impulsadas por algunos sectores de las democracias occidentales para contener a la URSS en el contexto de la Guerra Fría.

Dankwart Rustow subrayó, por el contrario, que el único “requisito previo” de la democracia era la “unidad nacional”, la ausencia de reservas entre los ciudadanos sobre “la comunidad política a la que pertenecen” –una condición que no cumplían en 1810 las poblaciones del Virreinato del Río de la Plata, y que la Argentina solo completó en 1880-. Este supuesto fue retomado luego por los transitólogos.

Si la experiencia de las nuevas democracias ha probado que la cultura política es un factor que no puede ignorarse, la visión actual no es determinista. Los valores y las creencias deben enfocarse como otro de los aspectos que allanan o hacen más difícil la construcción democrática, y sobre los cuales, en la medida de las posibilidades, es necesario trabajar.

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José Eduardo Jorge (2010): Cultura Política y Democracia en Argentina, Edulp, La Plata
José Eduardo Jorge
(2016): Teoría de la Cultura Política. Enfocando el Caso Argentino, Question, 1(49), pp. 300-321
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José Eduardo Jorge (2015): La Cultura Política Argentina: una Radiografía, Question, 1(48), pp. 372-403.

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NOTAS

[1] Composición de las Regiones Culturales: 82 países de las Tablas A4 y A5 más Taiwán. África (11): Burkina Faso, Etiopía, Ghana, Malí, Nigeria, Ruanda, Sudáfrica, Tanzania, Uganda, Zambia, Zimbabwe. América Latina (11): Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guatemala, México, Perú, Trinidad y Tobago, Uruguay, Venezuela. Confuciana (4): China, Corea del Sur, Japón, Taiwán. Europa Católica (3): España, Francia, Italia. Europa Protestante (6): Alemania, Finlandia, Noruega, Países Bajos, Suecia, Suiza. Ex Socialista I (13): Albania, Armenia, Azerbaiján, Bielorrusia, Bulgaria, Georgia, Kazajistán, Kirguistán, Moldavia, Rumania, Rusia, Ucrania, Uzbekistán. Ex Socialista II (9): Bosnia y Herzegovina, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Macedonia, Polonia, República Checa, Serbia. Habla Inglesa (5): Australia, Canadá, EEUU, Gran Bretaña, Nueva Zelanda. Islámica (14): Argelia, Bangladesh, Egipto, Indonesia, Irak, Irán, Jordania, Líbano, Libia, Marruecos, Pakistán, Túnez, Turquía, Yemen. Sur de Asia (7): Chipre, Filipinas, India, Malasia, Singapur, Tailandia, Vietnam