Cultura Política y Desarrollo Económico

Inglehart y la Teoría de 
la Posmodernización 

José Eduardo JorgeJosé Eduardo Jorge

Cultura Política

Uso de las encuestas en el estudio de la cultura política. La World Values Survey o Encuesta Mundial de Valores. El Giro Posmoderno: una versión modificada de la teoría de la modernización. Los Valores de Autoexpresión y  la difusión de la democracia. El cambio generacional

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Las encuestas son el método más utilizado en el estudio de la cultura política. Su difusión se ha visto potenciada por la expansión mundial de la democracia. Un resultado ha sido el surgimiento de encuestas internacionales, llevadas a cabo por redes de investigadores, que, al entrevistar con cuestionarios estandarizados a los ciudadanos de un amplio conjunto de países, hacen posible comparar las actitudes políticas de las diferentes sociedades, seguir su evolución en el tiempo y examinar sus posibles relaciones con los datos de la esfera económica, social e institucional.

Al abordar la cultura como un conjunto interrelacionado de variables que pueden ser definidas, operacionalizadas y medidas empíricamente, esta estrategia, además de introducir precisión en un campo que ha sido con frecuencia objeto de grandes generalizaciones, permite examinar los vínculos con la política y la economía de componentes culturales específicos.

Por ejemplo, la confianza interpersonal (medida, por caso, como la proporción de la población que dice confiar “en la mayoría de las personas”) puede ser introducida en modelos de regresión múltiple, junto a variables económicas (producto por habitante, coeficiente de Gini, etc.), sociales (porcentajes de la población con determinado nivel educativo o laboral), políticas (índices de democratización o de corrupción) y similares, a fin de explorar los posibles nexos causales.

Este tipo de enfoque es aplicable sean nuestras unidades de análisis las sociedades –como en el ejemplo- o los individuos dentro de una sociedad.

En su artículo de 1988, Inglehart subrayaba que, en ese momento, no se contaba con datos suficientes para contrastar hipótesis sobre las relaciones causales entre desarrollo económico, cultura política y democracia. Aunque en principio era posible obtenerlos, sería una tarea difícil, pues “requerirá un proceso a largo plazo de recolección de datos, en muchos países y durante muchas décadas”.[1] Décadas después, ese proceso se halla muy avanzado.

Un corpus sin precedente de evidencia empírica sobre la cultura de un gran número de sociedades es la Encuesta Mundial de Valores (WVS o World Values Survey), cuyo antecedente es el Estudio Europeo de Valores (EVS). La WVS es conducida por una red internacional de cientistas sociales, de los que Inglehart ha sido el principal impulsor. Se han realizado cinco ondas de la encuesta: 1981-1984, que se extendió a 22 países; 1990-1991 (43 países), 1995-98 (55), 1999-2004 (71), 2005-2008 (53) y 2010-2014 (60).[2]

En total se ha encuestado un centenar de sociedades –la Argentina fue incluida en todas las ondas-, en una muestra representativade más del 90% de la población mundial. Las bases oficiales, disponibles para los investigadores de todo el mundo, incluyen los datos de más de 400 mil entrevistados, 6.400 de ellos en la Argentina. Este corpus ha dado origen a una multiplicidad de estudios, en especial de carácter comparativo entre las diversas sociedades, si bien hasta ahora se le ha prestado una atención limitada en el ámbito latinoamericano.

El Giro Posmoderno y los Valores Posmaterialistas

Inglehart ha centrado su atención en los cambios de los sistemas de valores en dirección de lo que llama el giro posmoderno –y, como parte de éste, posmaterialista- y en sus relaciones con las transformaciones políticas y económicas. La teoría no asume ningún tipo de determinismo a priori: la hipótesis es que los vínculos entre los valores, la economía y la política son recíprocos, y que su naturaleza exacta en cada caso particular ha de ser establecida empíricamente.

Una de las conclusiones es que los valores posmaterialistas –que también han sido denominados “de autoexpresión” o “emancipatorios”- se encuentran estrechamente asociados con la estabilidad y efectividad de la democracia. [3]

Los cambios económicos, políticos y culturales, sostiene el argumento, tienden a producirse juntos siguiendo pautas coherentes; una vez que se han puesto en marcha, la sociedad seguirá una trayectoria predecible a largo plazo. Esta idea ya había sido planteada por Marx y Weber, y constituía el núcleo de la teoría de la modernización.

Cuando una sociedad comienza a andar el camino de la industrialización, por ejemplo, experimentará un conjunto de transformaciones que podemos predecir: urbanización, especialización laboral, expansión de la educación, burocratización, ascenso de la autoridad racional-legal, caída de las tasas de natalidad, aumento de la expectativa de vida, mayor igualdad de género, énfasis en los valores de logro material, crecimiento de la participación política, etc.

Este fue el proceso que siguieron los países occidentales durante el final del Siglo XIX y la primera mitad del Siglo XX, pero cuyo centro de gravitación ha pasado en las últimas décadas al Este de Asia.

Inglehart plantea que el cambio social sigue trayectorias predecibles, pero difiere en varios puntos del enfoque clásico de la modernización.[4] Ante todo, observa que el cambio no es lineal. El crecimiento económico en las naciones industriales avanzadas alcanza un punto de rendimientos decrecientes, y la sociedad empieza a moverse en una dirección nueva: la posmodernización.

Si el paso de la sociedad agraria a la industrial conlleva un conjunto coherente de cambios económicos, políticos y culturales, lo mismo ocurre en el tránsito de la sociedad industrial a la posmoderna (o, en otra terminología, posindustrial). Si aquélla es una economía basada en la producción de bienes físicos, ésta lo es en la producción de servicios, bienes intangibles destinados en muchos casos al bienestar subjetivo: el entretenimiento, el turismo, la educación, etc.

Dado que la sociedad ha alcanzado la prosperidad, por la ley de los rendimientos marginales decrecientes disminuye la importancia del crecimiento económico. Más aún, el crecimiento reduce ahora el bienestar subjetivo, debido a los daños que causa al medio ambiente y al estrés asociado con una sociedad impersonal y competitiva. La satisfacción de las necesidades materiales y el sentido de seguridad existencial que emerge tras décadas de prosperidad –como ocurrió en Europa durante la posguerra-, hacen que surjan nuevos valores.

El logro económico –parte de un síndrome de prioridades materialistas, propias de una sociedad en la que la seguridad económica y física no puede darse por supuesta- cede paso a valores relacionados con la autoexpresión y la calidad de vida. Adquieren importancia cuestiones como la elección individual del estilo de vida o la orientación sexual, un trabajo que permita la autorrealización y no tanto el mejor ingreso, la participación política, la ecología, el cuidado del cuerpo, el disfrute del tiempo de ocio y similares.

Cambio de Cultura

En circunstancias de incertidumbre, las personas tienden a subordinar sus metas individuales a una entidad mayor; además, necesitan reglas rígidas y predecibles para saber qué va a ocurrir. Ahora, el sentimiento de seguridad lleva a una pérdida de importancia de la autoridad en todos los órdenes: político, religioso, científico y demás.

Las normas rígidas de la sociedad industrial –en esos mismos órdenes, así como en la esfera familiar y sexual- son reemplazadas por pautas flexibles: surgen la libertad sexual, el divorcio, las madres solteras. La familia tradicional ya no es tan relevante para garantizar la seguridad del individuo; la mujer pospone la maternidad a fin de autorrealizarse en el trabajo; la igualdad de género, una tendencia iniciada por la modernización, sigue aumentando. En consonancia con esta mayor autonomía del individuo, crece la tolerancia por la diversidad.

No sólo los políticos y las autoridades religiosas ven menguada su credibilidad. Las organizaciones de gran tamaño –las grandes empresas y burocracias estatales-, además de volverse ineficientes en el mundo de la producción basado en la alta tecnología, pierden aceptabilidad frente a los nuevos valores, que rechazan la despersonalización, la estandarización y el verticalismo propio de aquellas estructuras.

La misma suerte corren los grandes partidos políticos de masas, jerárquicos y disciplinados, en parte porque los públicos aspiran ahora a una participación autodirigida y ya no aceptan ser movilizados “desde arriba”. Tampoco se cree en las “grandes narrativas” y declina incluso la autoridad de la ciencia; la “racionalidad instrumental” y la necesidad de dominar la naturaleza son suplantadas por la racionalidad de los fines.

Los valores posmodernos emergen en los países que han disfrutado de largos años de prosperidad, y en los estratos más seguros –habitualmente, los que se encuentran en mejor situación económica- de las naciones en desarrollo. Europa, después de la Segunda Guerra Mundial -que fue un periodo de enorme inseguridad para sus habitantes-, experimentó durante décadas un crecimiento económico y un nivel de prosperidad sin precedentes.

Además, las políticas del Estado de Bienestar implementadas en el viejo continente distribuyeron la riqueza de modo que los beneficios del crecimiento llegaran a toda la población. Sin embargo, los nuevos valores no surgieron en todos los grupos sociales: hubo una diferencia fundamental entre las generaciones que habían vivido las privaciones e incertidumbres de la guerra y las que crecieron en el entorno de prosperidad y seguridad.

El cambio generacional de valores

Esto nos conduce a un aspecto central del argumento de Inglehart: la teoría del cambio intergeneracional de valores. Incluye dos hipótesis. La hipótesis de la escasez sostiene que las prioridades de un individuo reflejan lo que ocurre en el entorno socioeconómico; entre las cosas que la persona necesita, asigna mayor valor subjetivo a las que son escasas.

Abonan este supuesto el principio de la utilidad marginal decreciente y la noción de jerarquía de necesidades de Maslow. De acuerdo con ésta, las necesidades fisiológicas y de seguridad deben estar razonablemente satisfechas antes de que el individuo dé prioridad a otras de orden superior, como las psicológicas de autorrealización y autoestima.

Los valores posmaterialistas surgen después de que las necesidades materiales han sido cubiertas y, justamente, porque han sido cubiertas. Si la sociedad entrara en un estado prolongado de inseguridad, las prioridades volverían a cambiar. Además, las prioridades materialistas y posmaterialistas experimentan fluctuaciones de corto plazo, que dependen de los ciclos económicos y de otros acontecimientos que puedan afectar la seguridad del entorno; estas oscilaciones coyunturales no alteran, empero, la tendencia de largo plazo.

Por otra parte, los valores posmaterialistas son el resultado de un sentimiento subjetivo de seguridad; no traducen meramente el ambiente objetivo. Aquí es donde interviene el segundo supuesto: la hipótesis de la socialización. Ésta toma nota de que los valores que conforman el núcleo básico de la personalidad se adquieren durante la socialización temprana (un punto que habíamos abordado al tratar la teoría de Eckstein); durante la adultez, la personalidad cambia poco.

Por esta razón, el hecho de que los valores centrales de un individuo sean de supervivencia (materialistas) o posmaterialistas, depende del ambiente económico, social, institucional y cultural que experimentaron en su vida preadulta. Las generaciones europeas que se formaron durante los años difíciles de la guerra no cambiaron sus prioridades valorativas cuando Europa se volvió próspera y segura. Los valores de autoexpresión y calidad de vida surgieron en las generaciones jóvenes que crecieron en el nuevo entorno.

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José Eduardo Jorge (2010): Cultura Política y Democracia en Argentina, Edulp , La Plata,, Cap.  2, pp. 83-87.
Texto actualizado por el autor en enero de 2016
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Cambio Cultural
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Más Publicaciones Académicas

José Eduardo Jorge (2016): Teoría de la Cultura Política. Enfocando el Caso ArgentinoQuestion, 1(49), pp. 300-321

José Eduardo Jorge (2015): La Cultura Política Argentina: una Radiografía, Question, 1(48), pp. 372-403.

NOTAS Y BIBLIOGRAFÍA

[1] Inglehart, 1988, p. 1.216.
[2] Ver http://www.worldvaluessurvey.org.
[3] Ver especialmente Inglehart, 1997 y 1990. También Inglehart, 2003, 2000a, 2000c y 1999; Inglehart and Welzel, 2003; Inglehart and Baker, 2000; Inglehart and Norris, 2003; Inglehart et al., 2001; Welzel and Inglehart, 2008 y 2005; Norris and Inglehart, 2004a; Welzel et al., 2003 y 2005; Welzel, 2006 y 2002; Norris, 2007, 2004 y 2002a.
[4] Inglehart, 1997.