La Política y el Cambio Cultural

Desafíos Políticos 
del Cambio de los 
Valores Sociales

José Eduardo JorgeJosé Eduardo Jorge

Cultura PolíticaGobiernos, partidos y movimientos sociales frente al cambio de cultura. Dificultad de los intentos de modificar los valores sociales en forma deliberada. Los conflictos de valores en el el proceso democrático. El cambio generacional de valores: sus causas e impacto político. La globalización y la difusión mundial de la cultura. Efectos de la transmisión global de noticias. La difusión de políticas de gobierno y su compatibilidad con la cultura receptora: el caso de las políticas de mercado

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En el libro Colapso: Cómo Eligen las Sociedades Fracasar o Triunfar, el ecólogo Jared Diamond (2005: 433) dice que “un punto crucial” en el destino de una comunidad es Desafíos Políticos del Cambio Cultural“saber qué valores básicos mantener y cuáles reemplazar por otros nuevos cuando los tiempos cambian”. La obra, cuyo tema es el “ecocidio”, refiere casos de sociedades pretéritas y actuales que han fallado en anticipar, ver o responder a retos ambientales –en general autoinfligidos- capaces de arrastrarlas al decaimiento y aun al desastre. Las decisiones de qué valores cambiar, advierte Diamond, “entrañan apuestas riesgosas, pues a menudo no hay certeza de que aferrarse a los valores básicos será fatal o que (a la inversa) abandonarlos garantizará la supervivencia” (Ibídem).

Como ideales culturales que fijan los objetivos deseables e indeseables, los valores dan a individuos y grupos una guía estable en situaciones disímiles y son un poderoso motivador de su conducta. Los valores predominantes son quizás el atributo más central de una cultura, pues los demás rasgos –desde las normas y la organización institucional hasta las políticas públicas- tienden a ser congruentes con ellos (Inglehart & Welzel, 2005; Welzel, 2013; Inglehart, 1997, 1990; Schwartz, 2008, 2006, 1992; Jorge, 2018, 2017, 2016a, 2016b, 2015).

Desde una mirada antropológica cumplen, igual que la cultura en su conjunto, una función adaptativa. Permiten adecuar la sociedad a su hábitat y los individuos a su entorno social. La cultura tiene empero rasgos que no son adaptativos –los hábitos nocivos para la salud son un caso-, algunos que lo son a corto plazo pero no a la larga –como la explotación no sustentable del medio ambiente- y otros que, habiendo sido fecundos, pueden volverse perjudiciales si el entorno cambia.

Dado que este último incluye hoy todas las fuerzas tecnológicas, económicas, demográficas, políticas y culturales provenientes del contexto global, y se transforma a paso acelerado, los desafíos asociados a la mutación de los valores –y al cambio cultural en general- han adquirido centralidad en la política de los países, organizaciones y movimientos sociales.

Cambio Endógeno y Conflicto de Valores

La aspiración a un cambio de cultura tiene una larga historia en el ecologismo (Manfredo et al., 2017). No pocos en ese movimiento creen que los logros de las ONGs no guardan proporción con problemas de tanta magnitud como el cambio climático y la destrucción de la biodiversidad.

Para el proyecto Common Cause, “la resistencia a actuar frente a estos desafíos solo puede ser superada abordando los valores culturales que sustentan esa resistencia” (Crompton, 2010: 5). Los grupos civiles deberían trabajar para “disminuir la primacía” de valores consustanciales a nuestra sociedad de consumo y promover la “empatía” por quienes sufren las crisis ambientales, la “preocupación por las generaciones futuras” y la idea de que “la prosperidad humana reside en las relaciones con los semejantes y con el mundo natural”.

Según Martin et al. (2016), “necesitamos cambios fundamentales de valores que aseguren la transición de una sociedad centrada en el crecimiento a otra que reconozca los límites biofísicos y se centre en el bienestar humano y la conservación de la biodiversidad”.

Pero el ambientalismo es producto, a su vez, de un giro en los valores propio del desarrollo avanzado, donde la seguridad existencial ha hecho emerger en las nuevas generaciones necesidades “posmaterialistas” vinculadas a la autoexpresión y la calidad de vida (Inglehart, 1997: 237-92; 1990: 371-92). Lo que intentan algunos ecologistas es, en rigor, extender y acelerar con acciones deliberadas cambios culturales espontáneos acumulados gradualmente por décadas.

El trabajo de Manfredo et al. (2017: 772), que tiene a Shalom H. Schwartz entre sus 11 coautores, sostiene que “es improbable que sean exitosos los esfuerzos deliberados de orquestar cambios de valores para la conservación” de la naturaleza. El cambio cultural es lento. Un giro brusco solo ocurre en respuesta a alteraciones sustanciales del medio, se apoya en los valores previos y no resulta en su completo reemplazo. Los conservacionistas deberían trabajar “dentro de las estructuras valorativas existentes”. Heberlein (2012), desde la teoría de las actitudes, arriba a conclusiones similares.

Las revoluciones que buscaron transformar la cultura de una sociedad usando el poder político no lograron a corto plazo más que resultados limitados. Pero aquellas cuyas instituciones persistieron, como la soviética, han dejado su impronta. Un impacto no menos profundo tuvieron los regímenes coloniales. Los esfuerzos de los gobiernos democráticos de Alemania Occidental para modificar los valores autoritarios que sustentaron al nazismo solo cristalizaron con el paso de las décadas.

Los ensayos dirigidos “desde arriba” no son infrecuentes hoy. Arabia Saudita se convirtió en el último país en instituir el derecho de conducir para la mujer, como parte de un plan más vasto de transformación de la sociedad que un ex ministro calificó de “revolución cultural disfrazada de reforma económica” (1). El pequeño reino de Bután, en el Himalaya, permitió recién en 1999 la introducción de la TV, dentro de un programa de apertura al mundo y controlada modernización de la cultura y el orden social tradicionales.

La necesidad de operar sobre los valores, para cambiarlos o conservarlos, suele ser motivo de debate político en las democracias industrializadas. Heifetz (1994: 33) destaca que si surge una “disparidad entre los valores y las circunstancias” que no logramos resolver con nuestras conductas rutinarias y saber actual, podríamos innovar para alterar la realidad y alinearla con nuestros valores, pero quizás “los valores mismos deban cambiar”. Orquestar este cambio es la tarea del “liderazgo adaptativo”.

Pero distintos grupos políticos y sociales pueden tener ideas diferentes sobre qué hacer y sus divergencias de valores son a menudo causa central de controversia. En EE.UU. se ha popularizado la tesis de que el país está profundamente dividido, con su política y sociedad polarizadas, debido a conflictos de valores e ideas conocidos como “guerras culturales” (Chapman y Ciment, 2014).

El Disenso sobre los Valores en la Democracia

Los conflictos de valores son corrientes en el moderno Estado multicultural, pero suelen ser parte de antagonismos étnicos y religiosos que conducen a la represión sistemática o a la violencia entre grupos (Landis y Albert, 2012). En democracia es más probable que el disenso en torno a los valores se canalice a través de los procesos políticos habituales de contestación, deliberación y negociación. La narrativa de la “guerra cultural” es metafórica. Alude a un desacuerdo que transcurre en general por vías democráticas, pero atraviesa muchos dominios de opinión y tiende a polarizar a la sociedad y la política.

En los países industrializados y sectores de los de ingreso medio, este disenso brota en gran medida de una fuente común: el referido giro inter-generacional de los valores impulsado desde los 60 por la sociedad posindustrial, los “milagros económicos” de la posguerra y el Estado de bienestar (Inglehart, 2008, 1971; Abramson e Inglehart, 1995; Jorge, 2010: 82-93). Ese giro provocó el ascenso de los temas culturales en la agenda política, la formación de una izquierda de clase media enfocada en ellos, la aparición de nuevos partidos y realineamientos en los existentes (Inglehart, 1997: 237-66).

En Europa surgieron los Verdes, mientras la socialdemocracia –y los demócratas en EE.UU.- abrazaron la “política de identidad”. Muchos trabajadores con valores tradicionales migraron a partidos de derecha, nuevos y radicales –como el Frente Nacional francés- o históricos como el partido Republicano, que se alejó del centro.

Más recientemente, la desigualdad del ingreso, la erosión del Estado de bienestar y la inmigración desde países pobres con otras lenguas y culturas, agudizaron la reacción de los grupos tradicionalistas de clase baja y media baja, también afectados por la automatización, el debilitamiento de los sindicatos y la relocalización de empresas locales en naciones de bajo costo laboral (Inglehart y Norris, 2017; Hochschild, 2016). El avance del posmaterialismo se frenó en Europa (Inglehart, 2008: 134-6).

La crisis financiera de 2008 exacerbó estas tendencias. La Unión Europea asistió a una escalada electoral de la extrema derecha y perdió uno de sus miembros en el referéndum británico de 2016. EE.UU. llevó a la presidencia a un outsider crítico del sistema político, proteccionista y opuesto a la inmigración.

La inequidad social se transmuta en desigualdad política. Gilens (2012) y Gilens y Page (2014) muestran que en EE.UU., donde el 1% de los hogares concentra el 40% de la riqueza (Wolff, 2017; Saez y Zucman, 2016), las políticas gubernamentales responden tanto a las preferencias de las elites económicas y el sector más rico de la población, que las opiniones del resto casi no tienen ningún impacto.

En este país, sostiene Allen (2016), la desigualdad económica ha disparado un debate sobre la igualdad como valor. Se pensaba en el siglo XIX que “la igualdad política, apuntalada por la igualdad económica”, era el medio de asegurar la libertad. Pero a mediados del siglo XX se había vuelto común “invocar la idea de un ‘eterno conflicto’ entre los dos valores”. En muchas democracias industrializadas, el tercio más pobre del demos está cada vez más excluido de la participación electoral (Merkel, 2014: 21; Bonica et al., 2013; Leighley y Nagler, 2007).

Hay casos de una reflexión sistemática sobre los valores políticos para responder a una realidad cambiante. En 2007, la democracia cristiana y la socialdemocracia alemanas, unidas en la primera Gran Coalición de Angela Merkel, realizaron sendos congresos para adecuar sus programas a los retos del nuevo siglo (Clemens, 2013; Pautz, 2009). Los dos manifiestos definen primero los “valores básicos” de sus proyectos políticos. De ellos derivan los derechos humanos fundamentales y el modelo de sociedad que buscan plasmar en el siglo XXI. Y sobre esta base, fijan sus objetivos y políticas.

Otra es la historia de la idea de restaurar los “valores victorianos” que Margaret Thatcher agregó a la plataforma de los conservadores británicos en 1983. Thatcher habría dado con esa expresión por casualidad en una entrevista televisiva (Samuel, 1990: 21). Su elaboración posterior de esas “virtudes” fue “espectacularmente estrecha y atípica” (Evans, 1997:21). Básicamente, las personas debían valerse por sí mismas y había que reemplazar en los pobres la “cultura de dependencia” del Estado por una “cultura de empresa” (“enterprise culture”).

La Difusión Global de la Cultura

Junto al cambio de valores endógeno, actúan las fuerzas exógenas de la “difusión” entre sociedades (Jorge, 2016b). Los debates sobre el impacto cultural de la globalización se han centrado en dos perspectivas contrapuestas (Ester et al., 2006). Una, abonada por la creciente uniformidad en aspectos como la moda, el deporte, el entretenimiento o las prácticas políticas y empresarias, vaticina la dilución de las diferencias nacionales y la convergencia hacia una cultura global, con un núcleo unificado de valores.

La otra visión anticipa, inversamente, una divergencia cada vez mayor de las culturas y valores autóctonos, como reacción ante la erosión de las identidades locales. Su signo más saliente ha sido la expansión del nativismo y los conflictos étnicos y religiosos, pero se expresa también en el redescubrimiento de las tradiciones vernáculas y su puesta en valor a escala global (Ester et al., 2006).

Hay sin embargo otras alternativas: la “hibridación” o mezcla de las diversas culturas formando una nueva como producto de la síntesis, y la coexistencia de las culturas locales y la global sin fusionarse.

La propagación global de la cultura es un proceso asimétrico, con unos pocos países como polo de irradiación. Más aún, la producción y distribución de contenidos y servicios audiovisuales, de noticias e Internet, está concentrada en un puñado de grandes empresas.

El potencial de un país para ser emisor y receptor de cultura depende además de su grado de integración con el mundo. El temor a un deterioro de los valores y modos de vida autóctonos no es ajeno a las políticas culturales proteccionistas, como los requisitos mínimos de contenidos nacionales de TV o las restricciones a la propiedad extranjera de los medios.

Analizando el impacto de la transmisión global de noticias con datos de la WVS entre 1981 y 2007, Norris e Inglehart (2009) hallaron efectos de largo plazo sobre los valores y actitudes del público, pero limitados por la “resiliencia” de las culturas nacionales e identidades colectivas. Éstas se ven protegidas por una sucesión de barreras sociales e individuales, como el nivel de desarrollo económico de cada país, sus políticas comerciales y de comunicación, los ingresos y la educación de cada individuo y los filtros psicológicos derivados de su socialización temprana. El impacto es más acentuado en los estratos y grupos más cosmopolitas de una nación.

Con datos hasta 2014 de la WVS en un centenar de países, Deutsch y Welzel (2016) encuentran una relación positiva entre el “potencial de difusión” de una sociedad –medido con un índice de globalización que reúne indicadores de contactos personales, flujos de información y proximidad cultural (Dreher, 2006; Dreher et al., 2010)- y el grado en que están arraigados en ella valores pro-democráticos como la igualdad de género, el respeto por las minorías, la participación política y la autonomía personal.

Estos estudios sugieren que los procesos de difusión global están promoviendo la amplitud mental de las personas, al expandir su conocimiento de otras sociedades y modos de vida. A la vez, no debilitarían la identificación con el propio país. Abonando la tesis de la coexistencia de culturas, parecen surgir identidades “múltiples y superpuestas” (Norris e Inglehart, 2009: 304). La gente puede identificarse al mismo tiempo como argentino, ciudadano del mundo y nativo de su provincia o ciudad.

Difusión de Políticas de Gobierno

Los procesos de difusión que enfocan estos trabajos consisten principalmente en flujos de información a través de los medios de comunicación y contactos personales generados por las migraciones, el turismo, las redes asociativas internacionales y otras vías similares. La diseminación de la cultura tiende en estos casos a ser espontánea, más que dirigida por un agente con un plan maestro.

En los estudios sobre la difusión de instituciones y políticas de gobierno, la adopción de la novedad resulta de la estrategia explícita de uno o más actores políticos centrales.

Simmons et al. (2008) examinan la propagación de las políticas de mercado a través de cuatro posibles mecanismos. Uno es el influjo o “coerción” –bajo formas sutiles o abiertas de recompensas y castigos- de países poderosos, instituciones económicas internacionales y aún bancos privados. La aceptación de la innovación estaría ligada a cuestiones como el apoyo político o económico, el cese de la asistencia financiera o la amenaza militar. Los otros procesos son la “emulación” de políticas que se vuelven “socialmente aceptadas” como mejores prácticas en el orden internacional, el “aprendizaje” de las experiencias ajenas y la “competencia” de los países por capitales y mercados.

Pese a la atención prestada al rol económico de la confianza social (Jorge, 2016a) y al debate sobre los “valores asiáticos” en los 90 (Pye, 2000), en la promoción y adopción de políticas de mercado raramente entra en consideración su compatibilidad con la cultura receptora. Como notó Fukuyama (1996: 37), la teoría económica neoliberal se basa en “un modelo relativamente simple de la naturaleza humana: que los seres humanos son ‘individuos racionales que maximizan el logro de la utilidad’”.

Pero los éxitos de China, la India y otros países usando estrategias mixtas con altas dosis de intervención estatal, el fracaso de las recetas ortodoxas en América Latina, y la crisis de 2008 y sus efectos políticos en EE.UU. y Europa, abrieron la puerta a los replanteos. Incluso el FMI admitió que el neoliberalismo fue “vendido en exceso” y ha producido una alta desigualdad, la que a su vez hace insustentable el crecimiento (Ostry et al., 2016).

Rodrik (2011) subraya que no hay un “modelo único” de capitalismo. Los países pueden lograr la prosperidad organizando de distinta manera, “dependiendo de sus necesidades y valores”, sus mercados laborales, el Estado de bienestar, las finanzas, la gestión empresarial y otras áreas. En su enfoque de las “variedades de capitalismo”,

Hall y Soskice (2001) distinguen dos tipos de “economías de mercado” –polos de un continuum en el mundo real- y destacan el rol de la cultura, la historia y las “reglas informales” en su formación: el modelo “liberal” anglosajón y el “coordinado” de Alemania, Japón y los escandinavos. El primero descansa en la competencia y la búsqueda del interés propio en el libre mercado. El segundo, en la colaboración de los actores económicos mediante la deliberación, los compromisos mutuos, el monitoreo y las sanciones.

Hay empero más modelos posibles –el capitalismo chino, por ejemplo- y aspectos que difieren dentro de cada uno, como el Estado de bienestar socialdemócrata o igualitario de los escandinavos y el democristiano o “estratificado” de Alemania y otros (Esping-Andersen, 1990; Huber y Stephens, 2001).

Schwartz (2008) observa que el gasto público en educación y salud pública como porcentaje del PBI es mayor en los países cuyas culturas enfatizan los valores de autonomía individual e igualitarismo y menor en los que promueven la inmersión en el grupo y la jerarquía. La autonomía, el igualitarismo y la armonía distinguen a las naciones que dan amplia protección a los trabajadores frente al desempleo, la vejez y otras contingencias. Las basadas en la jerarquía, al contrario, ven al individuo como un “engranaje del sistema”: su “valor moral” depende de cumplir sus obligaciones y estar desocupado es sobre todo un problema personal. El acento en el dominio sobre el mundo natural y humano en vez de armonizar con él lleva a enfocarse en el “esfuerzo” de los que trabajan antes que en su bienestar.

Los países industrializados del modelo económico liberal exhiben, en comparación con los del coordinado, una mayor preferencia cultural por estos valores de dominio (Schwartz, 2007). Además, asignan roles y recursos de modo más jerárquico y desigual, en vez de promover la “comprensión de los intereses mutuos”, y no estimulan tanto la autonomía intelectual de las personas, aunque sí la afectiva. Son características de las naciones de habla inglesa y, en forma muy acentuada, de EE.UU.

José Eduardo Jorge (2018): Ni “Grieta”  ni “Degradación Moral”: un Contraste Empírico del Relato Político en Argentina. Question ,1(59), pp. 1-33.
Agosto de 2018
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Cambio Cultural
Cultura Política Argentina

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