El Estudio de la Confianza: Últimos Avances

Confianza Interpersonal:
¿La Partícula de Dios?

Cultura PolíticaJosé Eduardo Jorge

Progresos en el estudio científico de la Confianza Social. Antecedentes: revisión crítica de las teorías e investigaciones empíricas. Un caso histórico: la destrucción de confianza en el Sur de Italia. La adaptación de individuos y grupos a un ambiente de baja confianza: el caso de la Mafia. Confianza, Democracia y Desarrollo Económico. Primera ola de estudios sobre la confianza. Confianza Social, Confianza Política y Sociedad Civil.  Principales hipótesis y problemas teóricos 

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La confianza en los demás ha sido considerada una de las claves del mecanismo que lleva a la democracia, el Estado de Derecho y el desarrollo económico, pero también un fenómeno complejo y elusivo, que ha resistido los crecientes esfuerzos de investigación realizados desde los noventa.

Esta situación comenzó a cambiar en los últimos cinco años. Con los nuevos datos de encuesta recopilados a escala global por los estudios transnacionales, algunas de las incógnitas empiezan a despejarse.

En este Informe examino la evolución de los principales desarrollos teóricos e investigaciones empíricas y, en particular, el giro producido en el último lustro. Utilizando como insumo las bases del periodo 2005-2014 de la Encuesta Mundial de Valores (WVS), así como datos políticos y económicos de una variedad de fuentes, indago, a partir de una muestra de 69 países, los factores que explican la confianza social en el nivel de las sociedades.

Propongo además una medida ajustada de Confianza Generalizada y analizo sus posibles determinantes en la muestra de países. Finalmente, usando la base de la WVS 2013 en Argentina, identifico los factores que influyen sobre esta medida de confianza entre los argentinos. En nuestro país resultan significativos los valores democráticos, la confianza en las instituciones políticas y en la Justicia y la policía, el respeto percibido por los derechos humanos, la seguridad en el barrio y la satisfacción con la vida.  

La Destrucción de Confianza y un Ejemplo Histórico

Dos economistas representativos del iluminismo italiano, Paolo Mattia Doria y Antonio Genovesi –éste influiría en las ideas de Manuel Belgrano y Mariano Moreno-, escribieron en el siglo XVIII sobre los modos en que la fortuna de un pueblo dependía de la confianza entre sus ciudadanos. El historiador A. Pagden restableció estos tempranos análisis en un ensayo de 1988. Su propósito, dijo, era exponer un ejemplo “no acerca de cómo la confianza podría ser creada o mantenida en una sociedad, sino de cómo podría ser destruida” (Pagden, 1988, p. 131).

A fin de asegurar su control sobre el Reino de Nápoles, la España de los Habsburgos había aplicado –pensaban Doria y Genovesi- una estrategia sistemática para socavar las bases sociales y culturales de lo que el segundo llamaba la “fede pubblica”. La riqueza y la estabilidad de un Estado dependían de que la “fede pubblica” dominara sobre la “fede privata”, circunscrita al grupo de parientes. Para ambos pensadores, tan altas expectativas sobre los ciudadanos distinguían a la “bene ordinate respublica” ciceroniana. La confianza pública era la fuente tanto de la prosperidad como de la “virtud”.

Siguiendo dos máximas clásicas, “divide et impera” y “depauperandum esse regionem”, el régimen de los Habsburgos –escribió Doria- había privado a sus súbditos de “virtud y riqueza e introducido en su lugar ignorancia, vileza, desunión y desdicha” (Ibíd., p. 132). Una clase media -“populo civile”- floreciente hubiera engendrado un grupo político poderoso y dispuesto a rebelarse. La corona agobió a los napolitanos con gravámenes y creó, dependiente de la persona del rey, una nueva nobleza que despertó la hostilidad de la antigua. Para mantener su decoro en esa economía declinante, esta aristocracia debió oprimir a sus vasallos.

Los españoles provocaron también, dice Doria, una “mutación de costumbres”. La clase baja, el “populo minuto”, fue distraído con festivales; el “populo civile”, seducido con fútiles doctorados, que fomentaron litigios interminables; los barones, incentivados a una búsqueda improductiva de estatus. En materia de religión, se dispuso que “todos debían seguir al sacerdote en el ritual sin examinarlo” (Ibíd., p. 134).

Una vez cristalizado el cambio de “costumbres”, extendida la discordia entre los “órdenes sociales”, todo el sistema legal colapsó. Con él lo hizo la confianza, que –subraya Doria- “es sostenida por una justicia rigurosa y fuerte”, o en cuya ausencia no puede haber, según Genovesi, “ninguna seguridad en los contratos ni fuerza alguna para las leyes” (Ibíd., pp. 136-7). La confianza en la eficacia y la imparcialidad del aparato judicial fue aun más erosionada por la creación de tribunales especiales para los nobles y los eclesiásticos, y la inclusión de tantas excepciones en las leyes que nadie podía predecir el resultado de un caso ni saber qué parte del orden jurídico se le aplicaba.

La Desconfianza Social y el Fenómeno de la Mafia

El escrito de Pagden es parte de una acreditada compilación de Diego Gambetta, quien impulsó en los 80 una serie de seminarios sobre “la elusiva noción de confianza” y las razones por las que, en tantas situaciones políticas y económicas, “la cooperación falla en emerger, prescindiendo del interés colectivo” (Gambetta, 1988, p. ix). El desvelo inicial del compilador había sido el problema “aparentemente insoluble” del subdesarrollo del sur de Italia.

En su propia contribución, Gambetta explica el fenómeno de la Mafia como una “respuesta adaptativa” de los italianos del sur a la falta generalizada de confianza, producto a su vez de la historia accidentada de la región (Ibíd., pp. 158-75). En un marco de baja confianza, donde los acuerdos eran inciertos, las posibilidades de cooperación limitadas y el desarrollo productivo escaso, la sociedad alcanzó un “estado de equilibrio” basado en la “fede privata” y la desconfianza pública.

Al no faltar oportunidades de ascenso social, los actores formaban camarillas, establecían relaciones verticales de tipo patrón-cliente y buscaban progresar a costa de los demás en un juego de suma cero. Así prevalecían el engaño, las artimañas y la hipocresía; el interés privado sobre el público y el favor personal sobre el mérito.

La Mafia fue una camarilla muy exitosa para lidiar defensivamente con la falta de confianza. “Cosa Nostra” significa que “la cosa es nuestra, no tuya” (Ibíd., p. 164). El término “enfatiza la inclusión”, que “solo puede subsistir postulando a la vez la exclusión”. Los mafiosos no toleraban la competencia. Además, ejercían privadamente la justicia que un Estado débil y desacreditado era incapaz de impartir.

La falta de cooperación tenía un costo altísimo para la sociedad, pero no se debía a la irracionalidad de los actores. La elucidación de Gambetta “reconcilia la racionalidad individual con el prolongado desastre colectivo” (Ibíd., p. 158).

Confianza, Instituciones y Economía

Robert D. Putnam profundizó esta línea de análisis dentro de una teoría sistemática del “capital social”. En Making Democracy Work (1993), tras 20 años de investigación en Italia, sostuvo que los contrastes políticos y económicos entre las regiones de la península tenían raíces en diferencias de “civismo”. En una “comunidad cívica”, con abundante “capital social”, los individuos y grupos podían cooperar en la solución de los problemas colectivos. El desarrollo productivo y el buen desempeño de las instituciones brotaban de ese contexto sociocultural y venían a realimentarlo (Jorge, 2010, pp. 94-118).

El capital social era el “stock” de confianza, asociaciones voluntarias y normas de reciprocidad de una comunidad. Estos componentes se influían entre sí. La participación en grupos voluntarios fomentaba la confianza entre las personas y ésta promovía aún más la cooperación. El círculo virtuoso se trocaba en vicioso en las regiones no cívicas, donde la desconfianza, la pobreza asociativa y la falta de cooperación producían instituciones que no respondían a las necesidades de la gente y servían al interés privado de algunos individuos y grupos.

Las causas históricas de estos contrastes retrocedían, según Putnam, hasta el siglo XII, mucho más atrás de lo que Doria y Genovesi habían sospechado. Como nota el enfoque de la dependencia de la senda, leves diferencias en las condiciones iniciales y algunas “coyunturas críticas” suelen derivar en trayectorias históricas muy divergentes.

Un conjunto de respuestas adaptativas y un estado de equilibrio semejantes a los del sur de Italia se observaban en América Latina, que heredó de la España medieval “tradiciones de dependencia vertical y explotación”, “autoritarismo centralizado, familismo y clientelismo” (Putnam, 1993, p. 179).

Fukuyama abordó los efectos de la confianza sobre la escala de las empresas y el desarrollo económico. Las pequeñas empresas familiares predominan en las sociedades donde los lazos interpersonales y la confianza son muy fuertes entre los miembros de la familia y débiles entre las personas no emparentadas.

Estos países dependen del Estado o la inversión extranjera para crear las compañías de gran tamaño que son “vitales para el bienestar económico y la competitividad” (Fukuyama, 1996, p. 30). Es un rasgo observable, anota el autor, en muchos países católicos latinos –Francia, España, Italia y las naciones de América Latina-, así como en las sociedades confucianas de China, Taiwán y Hong Kong.

El Creciente Interés por la Confianza

Si Gambetta había escrito unos años antes que “la importancia de la confianza es a menudo reconocida pero raramente examinada” (op. cit., p. x), el estudio de Putnam provocó una explosión de investigaciones e interés periodístico. En parte, por la convicción de algunos círculos de vivir una “era de la desconfianza” (Hardin, 2006, pp. 1-15).

La confianza en el sistema político venía cayendo desde los 60 en varias democracias industrializadas (Dalton, 2004). En EEUU, esa tendencia coincidía con un declive de la confianza interpersonal y, según el best seller de Putnam, Bowling Alone (2000), por una erosión de las organizaciones voluntarias.

Putnam distinguió allí entre capital social “de lazo” o bonding entre personas cercanas y similares, y capital social “puente” o bridging, creado por los nexos entre individuos y grupos heterogéneos. De los vínculos estrechos nacía una confianza “densa”; de las relaciones puente, una confianza “tenue”.

Esta segunda confianza en el “otro generalizado”, que se extiende a los desconocidos y a quienes difieren de nosotros, es de máxima importancia en la impersonal y diversa sociedad moderna, pues permite la cooperación a gran escala. A veces los grupos muy homogéneos crean capital social “negativo”: su fuerte confianza interna se vuelve antagonismo hacia fuera (Putnam, 2000, pp. 22-24 y 136-7).

El otro impulsor del interés por la confianza fue la presunción de haber encontrado una de las llaves del esquivo complejo de factores que conducen a la democracia y la riqueza de las sociedades.

Estudiando una muestra de 29 naciones, Knack y Keefer (1997) hallaron que la confianza social estaba asociada con un mejor desempeño económico.  Además, era más alta en los países no polarizados en términos de ingresos o divisiones étnicas, y con instituciones eficaces para proteger los derechos contractuales. En cambio, la densidad de asociaciones civiles no aparecía vinculada con la confianza o el crecimiento económico.

Inglehart (1997, pp. 160-215) comprobó, examinando más de 40 sociedades, que la confianza interpersonal estaba relacionada con la estabilidad de la democracia, pero una vez más los grupos voluntarios no tenían un impacto significativo.

Confianza y Organizaciones Voluntarias

Estos dos trabajos, representativos de la primera ola de investigaciones, mostraban ya los aspectos problemáticos de la teoría inicial del capital social. Las asociaciones –un elemento de la estructura social- y la confianza en los demás –un rasgo de la cultura- compartían el núcleo de ese edificio teórico. Influyéndose entre sí, las dos impulsaban el círculo virtuoso que llevaba al “compromiso cívico”, la cooperación y la calidad institucional. El buen desempeño de las instituciones democráticas reproducía las condiciones sociales que sustentan y promueven la confianza social, y alentaba a su vez la “confianza política” en esas mismas instituciones y en los actores del sistema.

Se discutía ahora el rol asignado a las organizaciones de la sociedad civil –una hipótesis inspirada en la tradición tocquevilliana y la escuela de los humanistas cívicos (Jorge, 2013, 2014)-. Apoyándose en encuestas al nivel de los individuos, Uslaner (2002) mostró que, en EEUU, aquellos que dicen confiar “en la mayoría de las personas” –el indicador estándar para medir la confianza “generalizada”- tienden a realizar tareas humanitarias y de voluntariado, pero que el mero hecho de participar en asociaciones no crea esta clase de confianza.

Las redes asociativas aumentan los costos de las conductas oportunistas al facilitar el flujo de información sobre la confiabilidad de los individuos. Pero este mecanismo, según Uslaner, solo puede crear confianza “estratégica”, basada en el cálculo racional a partir de la experiencia y la información.

En este tipo de confianza nos apoyamos cuando elegimos un abogado o un electricista. Hardin sostiene que confiar en alguien en una situación significa pensar que ese alguien será confiable para mí en esa situación (Hardin, 2002). La razón más común para que yo crea que alguien será confiable es pensar “que es en su propio interés tener en cuenta el mío”. La confianza es “interés encapsulado”.

Esta confianza estratégica, afirma Uslaner, solo resuelve problemas de pequeña escala. La cooperación social en grande requiere confiar en extraños, de los que no poseemos información previa. La confianza “generalizada” nacería de la creencia de que tenemos valores en común con los otros, aunque éstos difieran de nosotros en muchos aspectos. Sería una visión benigna de la naturaleza humana, adquirida en nuestra educación temprana; un “valor duradero”, que es parte de nuestra personalidad, depende poco de la experiencia y no cambia por interactuar esporádicamente en las asociaciones con personas, en general, similares a nosotros (Jorge, 2010, pp. 273-87; 2004).

Distinguimos ya tres clases de confianza: la estratégica, fundada en la racionalidad instrumental; la “particularizada” en las personas cercanas y conocidas, y la “generalizada“, que depositamos en los “otros en general” y que incluye a los extraños y a quienes son diferentes de nosotros.

Confianza Social y Confianza Política

Un segundo punto controvertido del modelo teórico original fue el vínculo postulado entre la confianza social y la confianza política. ¿Hay entre ellas una influencia de doble vía? ¿Están siquiera relacionadas?

Al principio la evidencia pareció inclinarse por la negativa. Uslaner (op. cit., p. 8) dice que la confianza en los demás y en las instituciones de gobierno “poseen raíces distintas”. La segunda depende de la experiencia. Y mientras la confianza social y la cooperación consisten en “unir a la gente”, la vida política, que requiere optar entre bandos opuestos, es “inherentemente polarizadora”.

La “teoría institucional de la confianza” de Rothstein y Stolle (2008) plantea empero que las instituciones que fomentan la confianza generalizada no son las políticas en sentido estrecho –el ejecutivo, el parlamento y los partidos-, sino las de las ramas legal y administrativa del Estado: la Justicia, la policía, los servicios sociales y los empleados públicos.

La confianza en estas últimas depende de su “eficiencia”, “equidad” e “imparcialidad”, no de nuestra adhesión u oposición al partido gobernante. Cuando los ciudadanos perciben esas cualidades en la Justicia y la policía, encargadas de castigar a los que actúan de un modo “traicionero”, tenderán a creer que se puede confiar en la mayoría de las personas. A la inversa, si la gente percibe corrupción generalizada, lentitud burocrática, pérdida de libertades y fallas en el Estado de Derecho, la confianza social será baja.

Para Rothstein y Stolle, las débiles o nulas correlaciones observadas en muchos estudios entre la confianza social y la confianza en las “instituciones políticas” se debe a que fusionan las dos ramas del Estado en una misma categoría: “instituciones de gobierno”.

Pese a todo, con datos de encuestas europeas que emplearon escalas de medición más precisas que las habituales, Montero, Zmerli y Newton (2008) encontraron, al nivel de los individuos, una clara relación entre confianza generalizada y confianza en las instituciones de gobierno –aun fusionando las dos ramas-. La pertenencia a grupos voluntarios no guardaba relación ni con la confianza social ni con la política.

Esto nos remite al tercer supuesto problemático del modelo teórico de partida. Los nexos postulados entre la democracia y el asociacionismo civil no se observan en los estudios empíricos (Jorge, 2015a). Una dificultad es que hay distintos tipos de asociaciones, con características, objetivos y efectos sociopolíticos diferentes (Warren, 2001). Inglehart y Welzel (2005) plantean que el capital social se está transformando. Aumentan el activismo no convencional y el peso de los grupos con objetivos sociales generales –ecologistas, culturales, humanitarios-, en detrimento de otras ONGs tradicionales.

Hay de todos modos consenso en que las asociaciones civiles influyen en el gobierno democrático a través del impacto que producen, como grupos organizados, sobre las políticas públicas.

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José Eduardo Jorge (2016): La Confianza Interpersonal Revela sus Misterios. ¿La Partícula de Dios?”, Question 1(52), pp. 143-174
Texto editado por el autor en enero de 2017
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