Teoría del Capital Social

Cooperación y Acción Colectiva

Cultura PolíticaJosé Eduardo Jorge

La Teoría de Robert D. Putnam IV. El capital social y los dilemas de acción colectiva. El Dilema del Prisionero. Free Rider: las conductas oportunistas.  Interés egoísta, racionalidad y ausencia de cooperación. La solución de Hobbes: el Estado Leviatán. Fallas del enfoque hobbesiano en el Estado Democrático de Derecho. Confianza social, reciprocidad y redes de compromiso cívico: un círculo virtuoso. Trayectoria histórica y dependencia de la senda. Ir a la Parte 1: La Teoría de Robert Putnam

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Putnam introduce el concepto de capital social como un marco teórico final capaz de dar cuenta de los hallazgos de su investigación. Ya hemos visto que lo define como los stocks de confianza, asociaciones y normas de reciprocidad presentes en una comunidad.

El capital social es importante porque determina en gran medida la capacidad de cooperación entre los miembros de la comunidad. Esa capacidad es esencial para solucionar los llamados “dilemas de acción colectiva”. Un grupo de productores rurales, por ejemplo, podría estar mejor si se asociara para exportar, o para comprar insumos, pero en muchos casos no lo hace.

El Dilema del Prisionero

Otros dilemas envuelven a todos los miembros de la sociedad: la recaudación de impuestos, el tránsito ordenado y seguro, la limpieza del espacio público, dependen de que cada uno cumpla con su parte pensando en el beneficio común, en el “interés propio bien entendido”. ¿Por qué estos objetivos pueden ser tan difíciles de alcanzar?

La ausencia de cooperación no es, necesariamente, producto de la ignorancia o la irracionalidad. Por el contrario, puede ser perfectamente racional en determinado contexto. La teoría de los juegos  lo demuestra en el conocido “dilema del prisionero”.

Dos cómplices de haber cometido un crimen son interrogados en celdas separadas. Se le dice a cada uno que, si sólo él confiesa, saldrá libre por haber colaborado, pero que, si confiesa su compañero y él permanece callado, recibirá una dura pena. Si ambos callaran, con las pruebas disponibles sólo podrían aplicarles una leve sanción. Sin embargo, como ninguno sabe qué hará el otro, terminan confesando los dos.

En este dilema, como en otros, la estrategia más racional parece ser desertar de la acción colectiva. Pero en la vida real encontramos más cooperación de la que puede predecir un enfoque estrictamente utilitario y racionalista del problema. Una explicación es la intervención de factores como la confianza y las normas.

Si los personajes del dilema del prisionero confiaran uno en el otro, guardarían silencio. Como no confían, no pueden arriesgarse a callar, pues temen ser traicionados por su compañero. Si no confiamos en que los demás pagarán sus impuestos, ¿por qué habríamos de hacerlo nosotros? Lo racional, en ese contexto, es perseguir nuestro interés personal de corto plazo y no cumplir.

El inconveniente es que esta deserción colectiva se traduce en menos dinero para hospitales, escuelas y demás (o en calles y plazas sucias, tránsito peligroso y caótico, etc.), es decir, en menos beneficios comunes, algo que, en última instancia, también se vuelve contra nuestro propio interés (“bien entendido”). El mismo razonamiento está detrás de los acuerdos (o de su imposibilidad) entre partidos políticos, o entre empresarios y trabajadores.

Las normas sociales son una parte del mecanismo. Si un grupo posee normas que prescriben la cooperación y el cumplimiento de los compromisos, son menos probables las conductas oportunistas (de free rider). En una situación en la que casi todos cumplen, puede haber individuos que se sientan tentados a aprovecharse. Puesto que el beneficio es común, pretenden seguir disfrutándolo, pero ahorrándose ellos mismos el esfuerzo o el dinero. Las normas de grupo intentan prevenir este tipo de comportamiento: si uno de sus miembros desertara, el grupo lo sancionaría.

La  solución autocrática de Hobbes: el Leviatán

Para resolver los dilemas de acción colectiva se ha propuesto otro tipo de mecanismo: el Leviatán, la solución hobbesiana. Si las partes involucradas no pueden confiar entre sí, un tercero –en particular, el Estado- garantizará que los compromisos se cumplan. Los habitantes del Sur de Italia que Putnam refiere pedían al gobierno “poner orden” aplicando “mano dura”.

Pero la solución de Hobbes, además de hacer la vida más desagradable que la basada en la cooperación, parece ser también mucho menos eficiente. En primer lugar, si las personas no colaboran, todo se apoyaría en la coerción bruta y la vigilancia permanente. Las dictaduras más feroces se aproximan a este modelo, que, sin embargo, no se sostiene demasiado tiempo; incluso las autocracias durables cuentan con alguna colaboración en la sociedad.

Acaso es posible imaginar algo parecido dentro del estado de derecho. Un poder judicial y una policía eficientes podrían encargarse, en el marco de la ley, de sancionar a los desertores. El problema –presente asimismo en el recurso autocrático- consiste en que esta salida supone costos muy elevados: cada vez que se celebra un acuerdo o contrato, cada vez que un número de personas necesita coordinar sus acciones o realizar un intercambio, deberán detallarse cláusulas y procedimientos, contratar abogados y, eventualmente, ponerse en marcha las acciones por parte del Estado para garantizar que se cumpla lo convenido.

Comparando entre países, se ha observado una correlación entre la confianza interpersonal que existe en una sociedad y su crecimiento económico; desde el punto de vista teórico, esta relación se explica por el hecho de que la primera reduce los llamados “costos de transacción”.

La solución hobbesiana, en cualquiera de sus formas, presenta empero una falla más fundamental. No hay que olvidar que hablamos de una sociedad de oportunistas: es debido a que sus miembros no confían ni cooperan, a que persiguen a cada paso su interés personal inmediato, que se necesita un tercero que garantice los acuerdos.

Pero los cargos del Estado están ocupados por individuos de esa misma sociedad. ¿Por qué los jueces, funcionarios, policías, etc., habrían de ser distintos al resto y perseguir el interés público, en lugar de su interés de corto plazo? Lo más probable es que muchos de ellos –y el Estado en su conjunto- también se conviertan en desertores. El resultado será una extendida corrupción, un Estado débil, incapaz de hacer cumplir la ley.

Como lo dice Putnam, las mismas características de la sociedad que la llevan a pedir un Estado “fuerte”, le impiden tenerlo. En una comunidad cuyos miembros confían y cooperan, habrá menos funcionarios oportunistas. Buenos funcionarios y ciudadanos bien dispuestos a colaborar hacen un Estado fuerte, pero en otro sentido, pues no hay necesidad alguna de coerción. Es cierto que los pocos que violen las normas muy raramente podrán evitar la sanción del Estado (porque éste es muy eficiente y eficaz), pero no es esa capacidad estatal de hacer cumplir la ley lo que crea la confianza y la cooperación, sino al revés 

Algunos autores piensan que una sociedad civil fuerte, dotada de muchas asociaciones, representa un obstáculo a la tarea del Estado. El argumento es que, como cada grupo u organización persigue su propio interés, cuanto mayor sea su fortaleza, más difícil le resultará al Estado buscar eficazmente el interés general. Una sociedad civil fuerte conduciría, pues, a un Estado débil. La teoría del capital social postula la ecuación opuesta: una sociedad civil fuerte implica un Estado fuerte; una sociedad civil débil, un Estado débil.

Confianza generalizada y normas de reciprocidad

En este punto, nos sale al paso una cuestión problemática. En situaciones como la del ejemplo de los prisioneros, que involucran a un pequeño número de individuos, la confianza suele ser producto del conocimiento mutuo de las personas. Se la suele llamar confianza “densa” (o “particularizada”).

Pero ¿de dónde surge la confianza para solucionar los dilemas de alcance más amplio, en los que participa gran parte de los miembros de una sociedad, como los vinculados con los impuestos o el tránsito? Estos escenarios parecen requerir una forma más impersonal e indirecta de confianza.

Putnam afirma que este tipo de confianza tiene dos fuentes: las normas sociales y las asociaciones (o “redes de compromiso cívico”). Si alguien violara una norma arraigada entre los vecinos del barrio, los mismos vecinos se encargarían de hacérselo notar o de “sancionarlo” informalmente. Esto previene, como dijimos antes, las conductas oportunistas.

Las más importantes de las normas sociales para el surgimiento de la confianza son las “normas de reciprocidad”. Existe, por un lado, una reciprocidad “específica”, que es el intercambio simultáneo de ítems del mismo valor: “Haré esto por ti, si haces esto por mí”. Más relevante aún son las normas de reciprocidad “generalizada” o “difusa”, que adoptan la forma “haré esto por ti sin esperar nada específico a cambio, confiando en que tú (o algún otro) hará algo por mí el día de mañana”.

Nótese que esto combina un “altruismo” de corto plazo con un “interés propio” de largo plazo. Como no es necesario equilibrar cada intercambio en el momento, la reciprocidad generalizada expande los intercambios sociales, como lo hace el crédito con la actividad económica.

Las redes de compromiso cívico

La otra fuente de confianza son las redes de compromiso cívico. Las asociaciones –formales o informales- hacen menos probables los comportamientos oportunistas, pues sus miembros, si quisieran aprovecharse de una transacción particular, pagarían un alto costo: perder los beneficios de todas las transacciones futuras.

Además de promover e inculcar fuertes normas de reciprocidad, las asociaciones facilitan la comunicación y el conocimiento mutuo de las personas, y hacen circular información sobre su grado de honestidad. Para confiar en alguien, es clave contar con información sobre su conducta pasada y sus intereses presentes.

Por otro lado, las asociaciones encarnan el éxito de la cooperación pasada; las experiencias asociativas exitosas se convierten en un modelo cultural al que es posible recurrir para afrontar situaciones futuras. La confianza de un individuo, en definitiva, no es ingenua: se apoya en las normas y las redes sociales en las que participa.

Estos mecanismos son eficaces en las asociaciones donde predominan relaciones horizontales o de igualdad entre los miembros. Es más difícil que la confianza social pueda surgir de los grupos y organizaciones estructurados verticalmente. Los flujos verticales de información suelen ser poco confiables, pues el subordinado retiene información como defensa contra la explotación; además, es raro que las sanciones que previenen el oportunismo puedan imponerse de abajo hacia arriba.

La relación de tipo patrón-cliente entraña un intercambio y obligaciones mutuas, pero asimétricos; esta relación de dependencia hace probable el oportunismo, sea del patrón en la forma de explotación, sea del cliente, por medio de la desidia. El clientelismo mina la solidaridad horizontal, pues los clientes del mismo patrón no poseen vínculos directos entre sí; por lo tanto, no pueden desarrollar una norma de reciprocidad generalizada ni una historia de colaboración mutua.

En conclusión, las redes horizontales son más eficientes que las verticales para solucionar los dilemas de acción colectiva. Esto implica que en las comunidades donde la gente participa de muchos grupos organizados en forma horizontal –clubes, cooperativas, sociedades de ayuda mutua, asociaciones culturales, etc.-, el desempeño del gobierno debería ser superior que en aquellas donde el asociacionismo es escaso o predominan organizaciones estructuradas en forma jerárquica.

Las asociaciones, la confianza y las normas, mantienen entre sí relaciones de influencia recíproca, de modo que tienden a autorreforzarse y acumularse. Cuando dan lugar a un círculo virtuoso, el resultado es un equilibrio social con altos niveles de confianza, asociacionismo y cooperación. La sociedad cuenta con un elevado stock de capital social y, probablemente, con un buen desempeño institucional.

Pero también es posible un círculo vicioso: la desconfianza, el oportunismo, el aislamiento, se refuerzan entre sí y conducen a la sociedad a una situación de equilibrio muy distinto al anterior, caracterizado por el desorden, el estancamiento, el clientelismo y, acaso, la autocracia. Estos mecanismos sugieren que, al hacer frente a sus problemas de acción colectiva, las sociedades tienden a dos estados generales de equilibrio que, una vez alcanzados, se autorrefuerzan.

Recorrido histórico y dependencia de la senda

El otro argumento central del estudio de Putnam es el influjo determinante de la continuidad histórica. Los diferentes equilibrios sociales que caracterizaban al Norte y al Sur de Italia habían persistido durante siglos. El modelo de análisis utilizado es el de la path dependency.

Economistas y cientistas políticos han recurrido en los últimos años a la idea de “dependencia de la senda” para destacar una serie de características de los procesos estudiados que se apartan del pensamiento convencional.

Pierson ha detallado sus principales postulados.[1] En la evolución social o institucional, por ejemplo, a partir de condiciones iniciales similares, es posible llegar a un amplio abanico de resultados;  el orden de los acontecimientos y el momento en que se producen pueden ser de gran relevancia; sucesos aparentemente pequeños o contingentes tienen, en ocasiones, vastas consecuencias; una vez que se adopta un curso de acción determinado, puede ser imposible de revertir, de modo que el desarrollo político y social está marcado por “coyunturas críticas”.

Un concepto clave es el de retornos crecientes, o procesos autorreforzados, que se observan en muchos sistemas políticos. Implican que, una vez que una sociedad comenzó a avanzar por un sendero dado –por ejemplo, al instaurar un modelo institucional-, aunque existan otras opciones, los costos de volver atrás son elevados. Dicho de otro modo, los pasos precedentes en una dirección inducen más movimiento en la misma dirección, debido a que los beneficios relativos de la actividad actual, comparados con los de otras opciones, aumentan con el tiempo.

Una consecuencia es que el momento en que se produce un evento puede ser crucial; las primeras etapas de una secuencia son mucho más importantes que las posteriores, al punto que un acontecimiento que tiene lugar “demasiado tarde” quizás no produzca ningún efecto, cuando pudo haber sido decisivo en el momento oportuno.

Otro aspecto (que Putnam se encarga de subrayar) es que la historia no siempre es “eficiente”; la evolución de una sociedad no marcha necesariamente hacia un equilibrio “óptimo”.[2] En la investigación de Putnam, el Norte y el Sur de Italia iniciaron senderos divergentes alrededor del Siglo XI, cuando se produjeron las coyunturas críticas que significaron la instauración de las ciudades-estado y del régimen autocrático de los normandos. ¿Es plausible su interpretación?

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José Eduardo Jorge (2010): Cultura Política y Democracia en Argentina, Edulp , La Plata, Cap.  2, pp. 108-114
Texto editado por el autor en enero de 2016
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José Eduardo Jorge (2016): Teoría de la Cultura Política. Enfocando el Caso ArgentinoQuestion, 1(49), pp. 300-321

José Eduardo Jorge (2015): La Cultura Política Argentina: una Radiografía, Question, 1(48), pp. 372-403.

NOTAS Y BIBLIOGRAFÍA

[1] Ver especialmente Pierson, 2000a y 2000b. También Mahoney, 2001; Thelen, 1999; Schwartz, s/f.

[2] La idea de procesos que tienden a un equilibrio óptimo ha sido tradicional en el análisis económico, pero, en épocas recientes, el desarrollo y difusión de algunas nuevas tecnologías no se ajusta a ese modelo. Un equipo o un software, aunque no sea el mejor o el más eficiente, es capaz de alcanzar una ventaja irreversible sobre los competidores, porque para los consumidores, intermediarios y otros actores que lo han adoptado, los costos de cambiar se vuelven demasiado altos. Fenómenos similares se presentan, con los ajustes del caso, en el mundo político.