Crisis de la Democracia y Desigualdad

Reducir la Inequidad
Social es la Clave para
Salvar la Democracia

José Eduardo JorgeJosé Eduardo Jorge

Artículos del BlogLa democracia enfrenta hoy en el mundo las amenazas más serias desde el ascenso de los fascismos en los años treinta. El mal ataca al corazón de los países desarrollados. Ante las tesis que anticipan el fin del predominio democrático, Ronald Inglehart argumenta que es posible revitalizarlo formando nuevas coaliciones políticas que impulsen la redistribución de la riqueza y de los beneficios de la revolución tecnológica. Frente al avance de la economía de la Inteligencia Artificial, el Estado tiene que intervenir para crear nuevos empleos bien remunerados. La Argentina y otros países de América Latina deberían tomar nota.

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Los nuevos artículos sobre la crisis mundial de la democracia publicados en los principales journals tienen un tono de gravedad que se ha acentuado en relación con los de hace uno o dos años. Las instituciones democráticas, se afirma ahora, experimentan los reveses más severos desde el ascenso de los fascismos en los años 30. El encabezado del número de mayo/junio de Foreign Affairs traduce el espíritu del momento: “¿Está muriendo la democracia?”

La crisis afecta al corazón del mundo desarrollado: EE.UU., Francia. Gran Bretaña, Alemania y otros países de Europa occidental, donde el sistema, suponíamos todos, era inconmovible. La ola de partidos y candidatos que explotan sentimientos nativistas, xenófobos, racistas y misóginos avanza también sobre Europa central. En Hungría y Polonia ya ha conquistado el poder.

La Crisis de la Democracia en Europa: EspañaEsta escalada electoral de una extrema derecha que el lenguaje académico tiende a definir como una forma de “populismo xenófobo” es el síntoma más agudo de lo que parece –aunque en esto hay menos consenso- una tendencia más amplia de deterioro global de las libertades democráticas desde principios de siglo (Diamond y Plattner, 2015; Foa y Mounk, 2016, 2017; Inglehart y Norris, 2017; Inglehart, 2016; Bermeo, 2016; Mechkova et al., 2017).

La nota que introduce los ensayos reunidos por Foreign Affairs, firmada por Gideon Rose, enumera los signos rutinarios de esta “regresión democrática”: la concentración del poder en el ejecutivo, la politización del poder judicial, los ataques contra los medios de comunicación independientes, el uso del cargo público para beneficio personal. Nada que en la mayor parte de América Latina no nos hayamos habituado a ver casi como el estado normal de las cosas. Lo sorprendente, dice la introducción, es dónde han aparecido esos signos.

Advierte que, entre los que investigan el fenómeno, los “optimistas” creen que la democracia global “seguirá retrocediendo a menos que los países prósperos encuentren formas de reducir la desigualdad y gestionar la revolución de la información”. Los pesimistas “temen que el juego haya llegado a su fin y el dominio democrático terminado para siempre”.

Pese a los problemas de nuestras democracias latinoamericanas, la xenofobia nunca fue parte de la tradición de las sociedades del subcontinente. Pero el diagnóstico de las causas que produjeron ese tipo de reacción en los países industrializados y los planteos sobre lo que éstos deberían hacer para superar la amenaza vienen a reforzar, por un irónico giro de la historia, las visiones que han asignado a la desigualdad social un papel central en la crónica inestabilidad política de América Latina. Y arrojan más luz sobre los efectos sociales e institucionales disruptivos que conlleva la aplicación destemplada de políticas de corte neoliberal como las que hoy han vuelto a implementarse en la Argentina y otros países de la región.

“En la vasta literatura sobre democratización, los investigadores discrepan sobre muchos temas, pero hay un punto que tiene una aceptación casi unánime: la desigualdad extrema es incompatible con la democracia”.

Este es uno de los argumentos centrales de la contribución de Ronald Inglehart al debate de Foreign Affairs: La Era de la Inseguridad: ¿puede la democracia salvarse a sí misma?. El artículo, que comento en esta entrada, prolonga los análisis de dos trabajos previos del autor, uno en colaboración con Pippa Norris, de la Universidad de Harvard (Inglehart y Norris, 2017; Inglehart, 2016a, 2016b). º

La conclusión de Inglehart no es ni optimista ni pesimista:

“Una creciente prosperidad –puntualiza- seguirá moviendo hacia la democracia a la mayoría de los países en desarrollo –aunque, como siempre, la trayectoria no es lineal-. Y en el mundo desarrollado, la ola actual de autoritarismo solo persistirá si las sociedades y los gobiernos fallan en hacer frente a sus motivos subyacentes. Si emergen nuevas coaliciones políticas para revertir la tendencia a la desigualdad y asegurar que los beneficios de la automatización sean ampliamente compartidos, la democracia puede retomar la buena senda. Pero si el mundo desarrollado sigue en su curso actual, la democracia podría marchitarse. Así como no hay nada inevitable en el declive de la democracia, tampoco hay nada inevitable en su resurgimiento”.    

Hace unos años, en un libro que quizás no recibió toda la atención que merecía –A la Sombra de las Dictaduras: la democracia en América LatinaAlain Rouquié (2011: 346) refirió la forma en que nuestras “repúblicas no tocquevillianas”, donde nunca imperó la “igualdad de condiciones” que distinguía para De Tocqueville a las sociedades democráticas, han exhibido por dos siglos la tensión entre su larga tradición en los principios de la libertad y el pluralismo que animaron a sus movimientos de independencia y sus estructuras sociales “no igualitarias y jerárquicas, eminentemente desfavorables a la práctica democrática”.

Es esta singularidad la que, según Rouquié, confiere a América Latina un interés especial para el estudio del funcionamiento de los sistemas representativos. Nuestra región, subrayaba, experimentó con la democracia mucho antes que la mayoría de los países europeos. Han sido sus históricas inequidades sociales la causa estructural más importante de sus tribulaciones políticas.

Pocos continentes con estratificaciones tan rígidas, decía el autor, han llegado tan lejos en el proceso de revertir “la ‘sumisión’ casi natural a las autoridades sociales, a las ‘clases superiores’” (Ibídem). Los avances democráticos actuales debían mucho a la transformación de las sociedades, hoy más urbanizadas y seculares, con divisiones de clase menos marcadas, la exclusión en retroceso, la educación en aumento y una demanda irrefrenable de participación.

La Desigualdad en la OCDE y la Reacción Xenofóbica

Ahora son también las naciones industrializadas, donde la distribución del ingreso ha empeorado durante décadas, las que sufren las consecuencias políticas de la desigualdad social. En la mayoría, el tercio más pobre del demos ha estado crecientemente excluido de la participación electoral. Las políticas gubernamentales han respondido cada vez menos a las demandas de las clases bajas y medias, y más a las preferencias de las elites económicas y del pequeño segmento –a veces del 1%- más rico de la población (Merkel, 2014, Bonica et al, 2013; Gilens, 2012).

El avance electoral del nacionalismo xenófobo en Europa y EE.UU es producto de una reacción de sectores sociales aferrados a los valores tradicionales y que sufren a la vez una creciente inseguridad económica. Estos grupos, en los que predominan personas de mayor edad y baja instrucción, ven hoy a los inmigrantes como una amenaza a sus oportunidades laborales, posición social e identidad cultural (Jorge, 2018).

La reacción contra los cambios culturales posmodernos no es un hecho nuevo. Ha sido observable desde que surgieron esas mutaciones en los años sesenta. Y se ha manifestado desde entonces en la esfera política, a través de realineamientos entre los partidos tradicionales y el surgimiento de grupos de extrema derecha (Inglehart, 1971; 1997: 237-66).

Hasta los años 80, sin embargo, la extrema derecha europea había tenido un peso marginal (Mudde, 2013). Lo que ha exacerbado la reacción xenofóbica e impulsado el crecimiento de estos grupos radicalizados en los últimos treinta años ha sido, destaca Inglehart, la confluencia de una desigualdad económica en ascenso con los cambios demográficos que resultaron de los flujos migratorios desde países pobres con otras lenguas y culturas.

Las tendencias autoritarias podrían agravarse en el futuro inmediato si los gobiernos no responden adecuadamente al proceso de destrucción y precarización del empleo, que no cesa de agudizarse con la automatización, ya no solo de las tareas de baja calificación, sino también de las profesionales.

Para Inglehart, “no es sorprendente que el aumento del apoyo a los partidos autoritarios en las últimas tres décadas sea en gran parte paralelo al aumento de la desigualdad en el mismo periodo”.

El economista francés Thomas Piketty ha mostrado en un libro de gran impacto –El Capital en el Siglo XXI (2014)- que, desde 1900 hasta hoy, la desigualdad en la distribución del ingreso ha seguido en un número de países industrializados clave una trayectoria en forma de U. Era muy alta a principios de siglo, disminuyó considerablemente hacia 1970 y, desde mediados de los 80, no ha dejado de empeorar.

La inequidad aumentó en casi todos los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), pero especialmente en EE.UU. y Gran Bretaña, las naciones que han aplicado con más empeño políticas neoliberales. Hoy el 1% más rico de los hogares norteamericanos concentra el 40% de la riqueza acumulada; el top 0,1%, el 22% (Wolff, 2017; Saez y Zucman, 2016).

La Desigualdad, una Cuestión Política

Esto sugiere, apunta Inglehart, que la desigualdad económica es en esencia una cuestión política. Las diferencias que se observan entre las naciones industrializadas reflejan “los efectos de los variados sistemas políticos”.

Señala en particular el caso de Suecia. Al comenzar el siglo XX, este país era más desigual que EE.UU, pero hacia los años 20 la situación se había revertido y se ha mantenido así hasta la actualidad. “El avanzado Estado de Bienestar introducido por los socialdemócratas suecos, que dominaron por largo tiempo, es responsable en gran medida de los bajos niveles de desigualdad del país”.

El Brexit en Gran BretañaPor el contrario, las políticas conservadoras implementadas por Reagan y Thatcher en los 80 “debilitaron a los sindicatos y redujeron marcadamente las regulaciones estatales, lo que condujo a que EE.UU. y Gran Bretaña posean niveles de desigualdad del ingreso más altos que los demás países desarrollados”. Quizás una inequidad en ascenso tendría menor impacto si todos los sectores sociales vieran crecer sus ingresos. Pero esto no es lo que ha ocurrido. “El ingreso real de las clases trabajadoras del mundo desarrollado ha declinado durante décadas. Hace 50 años, el mayor empleador en EE.UU era General Motors, donde los trabajadores ganaban en promedio, en valores de 2016, unos 30 dólares por hora. Hoy, el mayor empleador del país es Walmart, que en 2016 pagó unos 8 dólares por hora”.

El tránsito a una economía de servicios y la revolución tecnológica han sido factores decisivos, pues redujeron el poder de negociación del trabajo organizado que los grandes sindicatos industriales ostentaron décadas atrás.

Y ahora la automatización “amenaza con crear una economía en la que casi todas las ganancias van a los niveles más altos”. Inglehart retoma en este punto los argumentos de Brynjolfsson y McAffee en The Second Machine Age (2014). En una economía del conocimiento, la mayoría de los bienes tienen, como el software, un costo muy bajo de reproducción y distribución. Debido a esto, es posible vender los productos de alta calidad al mismo precio que los de calidad más baja. La empresa líder puede entonces controlar todo el mercado, concentrar enormes ganancias y no dejar nada para el resto. Se trata de una economía donde los ganadores se quedan con todo (“winner-take-all-economy”).

La Economía de la Inteligencia Artificial
Requiere la Intervención del Estado

En general se asume que el sector de alta tecnología creará en el futuro muchos empleos bien remunerados. Pero Inglehart observa que, desde hace 30 años, cuando empiezan las estadísticas, la participación de ese sector en el empleo total ha permanecido constante en EE.UU., Francia, Alemania, Suecia y Gran Bretaña.

El paso hacia la economía de la Inteligencia Artificial “no genera una gran cantidad de empleos seguros y bien pagos”, pues “las computadoras están alcanzando rápidamente el punto en el que pueden reemplazar incluso a los profesionales altamente calificados”. Se han hecho ya importantes avances hacia la sustitución del trabajo humano en el análisis de documentos legales, el diagnóstico de pacientes y la programación de computadoras.

Estos efectos de la Inteligencia Artificial no son inmediatamente visibles. Las actuales estadísticas de baja desocupación en EE.UU. “ocultan el hecho de que casi todo el crecimiento del empleo entre 2005 y 2015 fue en puestos mal pagos de personal de seguridad, empleadas domésticas, conserjes y otros que dependen de subcontratistas”. Además, las malas perspectivas laborales inducen a muchos a dejar de buscar trabajo. Dentro de este grupo, entre los hombres vienen aumentando los trastornos de salud y las muertes por suicidio, cirrosis y sobredosis de drogas.

Inglehart piensa que la posibilidad de superar la crisis que hoy sufre la democracia “dependerá de que las sociedades aborden estos problemas, lo que requerirá la intervención del Estado”.

“A menos que en los países desarrollados surjan nuevas coaliciones políticas que representen al 99 por ciento, sus economías continuarán vaciándose y la seguridad económica de la mayoría de las personas seguirá disminuyendo. La estabilidad política y la salud económica de las sociedades prósperas requieren un mayor énfasis en las políticas redistributivas que dominaron gran parte del siglo XX”.

La automatización hace a las sociedades más prósperas, pero “los gobiernos deben intervenir y reasignar algunos de los nuevos recursos para crear empleos significativos, que requieran un toque humano, en el cuidado de la salud, la educación, la infraestructura, la protección del medio ambiente, investigación y desarrollo, las artes y las humanidades”.

El autor concluye; “La prioridad número uno de los gobiernos debería ser mejorar la calidad de vida de la sociedad en su conjunto, en lugar de maximizar las ganancias corporativas. Encontrar maneras efectivas de lograrlo será uno de los desafíos centrales de los próximos años”.

Los retos políticos y económicos que enfrentan hoy los países avanzados de la OCDE dejan lecciones instructivas para las sociedades latinoamericanas. Desde principios de este siglo, la desigualdad social viene disminuyendo en nuestra región, siguiendo una trayectoria inversa a la tendencia global (Milanovic, 2016). Pero América Latina continúa siendo la geografía más inequitativa del mundo. Y las políticas económicas que se están implementando ahora en la Argentina y otros países están transfiriendo ingresos desde los pobres hacia los ricos, recortando funciones esenciales del Estado y debilitando el trabajo organizado. A la luz de las tesis aquí expuestas, parecen abrir un horizonte incierto para los pueblos y democracias del subcontinente.

José Eduardo Jorge
Mayo de 2018

Cambio Cultural
Cultura Política Argentina

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Bibliografía

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