Voluntarios y Política

Impacto político de las
organizaciones voluntarias

Cultura PolíticaJosé Eduardo Jorge

Comunidad Cívica y Capital Social II. Clases de asociaciones civiles: su posible impacto diferencial. La teoría de la congruencia de Eckstein. Democracia y organizaciones civiles horizontales.  Voluntariado y política. El fenómeno de “evaporación política”. El poder cívico como poder cultural. La innovación cívica. Ir a la Parte 1: Comunidad Cívica y Capital Social

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Si lo dicho hasta aquí parece llevarnos a reexaminar el mecanismo íntimo que liga a los componentes más centrales del capital social, hay otro conjunto de investigaciones y prácticas que –como ya hemos anticipado con algunos ejemplos- interroga con espíritu crítico la postulada relación entre las microdemocracias y la democracia en grande.

Tipos de organizaciones de la sociedad civil

No todos los tipos de asociaciones voluntarias tienen la misma incidencia política, ni en magnitud ni en naturaleza (Warren, 2000; Welzel et al, 2005,). Algunas organizaciones –profesionales, sindicales, empresarias- persiguen objetivos sectoriales. Otras, como las ecológicas, las culturales, las filantrópicas o las pacifistas, tienen fines sociales generales. Las religiosas, entre otras, promueven valores y normas tradicionales, mientras que las feministas y las que defienden los derechos de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales son socialmente progresivas.

Hay organizaciones –sindicatos, sociedades de socorros mutuos- altamente estructuradas. Otras –un grupo de acción barrial, por caso- pueden ser muy informales. Algunas son además transitorias: las multitudes convocadas para realizar protestas o firmar un petitorio se disuelven una vez logrado el objetivo propuesto.

La discusión sobre el impacto político de estas distintas clases de asociaciones está cruzada en parte por las controversias ideológicas. Son ejemplos el contrapunto entre conservadores y progresistas en cuestiones culturales y los debates sobre la transferencia de ciertas funciones del Estado hacia las organizaciones no gubernamentales

En la esfera económica, lejos de considerar que todas estas redes sociales son beneficiosas para la sociedad, el economista Mancur Olson sostenía que la proliferación de organizaciones con fines sectoriales, al inclinar las políticas del Estado en favor de sus intereses específicos, terminaban produciendo la decadencia económica de las naciones (Zimmermann and Horgos, 2008).

Mientras unos –Putnam entre ellos- lamentan el aparente declive de la participación en los tipos tradicionales de asociación y buscan vías para revitalizarla, otros atribuyen esta tendencia a los cambios sociales en marcha desde hace más de medio siglo y señalan el crecimiento simultáneo de los movimientos sociales y las nuevas formas de organización y acción voluntaria, que tendrían efectos prodemocráticos aún más favorables (Welzel et al, op. cit.).

La categoría a la que pertenece una organización voluntaria y los fines que persigue influyen pues en el grado en que sus miembros se involucran en temas de interés público, la clase de asuntos que abordan y el modo como lo hacen.

La estructura de las asociaciones y sus mecanismos de funcionamiento y decisión internos son también dimensiones con un impacto muy vasto sobre su incidencia política. Ya a principios de los años sesenta, Eckstein (1961 y 1966) había formulado la teoría de la congruencia, según la cual la estabilidad del gobierno democrático dependía de que el diseño de sus instituciones fuera congruente con los modelos de autoridad predominantes en las demás organizaciones de la sociedad.

En su visión, la semejanza entre la estructura institucional y la de las asociaciones y grupos civiles debía aumentar a medida que estos últimos se hallaban más próximos al gobierno. Observaba que la constitución de la República de Weimar en la Alemania de los años veinte había sido en un todo incongruente con el modelo asociativo profundamente autoritario que atravesaba su sociedad civil.

Las investigaciones actuales no privan de sustento a la teoría de Eckstein. La instauración de una democracia –al menos en nuestro tiempo histórico- no requiere condiciones sociales o económicas previas. Pero si las organizaciones civiles vienen modeladas con una matriz autoritaria, la marcha del sistema estará generalmente llena de turbulencias. Es probable que, en tal caso, el funcionamiento de las instituciones políticas, aun dentro de un marco de democracia electoral, tienda a hacerse compatible en el corto y mediano plazo con el patrón de autoridad predominante en el resto de la sociedad.

Esta conclusión es en buena medida equivalente a la afirmación –a veces no del todo explícita en las formulaciones neo-tocquevillianas– de que la democracia política se ve impulsada y fortalecida por la participación en asociaciones voluntarias horizontales. Es otra forma de decir -de una manera casi tautológica- que la democracia funciona mejor si la gente participa en asociaciones democráticas.

Los voluntarios y la política

En formas más sutiles pero poderosas, los procesos internos de las organizaciones voluntarias pueden promover, refrenar o clausurar el tratamiento político de los temas por parte de sus miembros. Eliasoph (1998) ha estudiado esos mecanismos utilizando la observación participante.

En ciertos casos, los voluntarios hablan con naturalidad, en encuentros personales o reuniones informales, del contexto político general relacionado con su actividad, pero este lenguaje desaparece en sus charlas públicas y en el diálogo con la prensa. Este fenómeno de evaporación política es un resultado de normas culturales que inhiben la discusión abierta de determinados asuntos en contextos públicos.

Un segundo grupo es el de aquellos voluntarios que trabajan en problemas que sienten más próximos a su propia situación y entorno social y sobre los que creen que pueden influir. Estas mismas personas no piensan en actuar sobre otras cuestiones que perciben como lejanas, aunque posean mayor significación política e impacto sobre sus vidas.

En ambos casos, pero especialmente en el último, las personas no comprenden con plenitud la conexión que existe entre su vida personal y las fuerzas que operan en el mundo político. Ese vínculo –apunta Eliasoph- queda establecido cuando la gente interactúa en las asociaciones y los ambientes informales –bares, teatros, reuniones de amigos- que conforman la esfera pública, para hablar, escuchar, leer, sobre los temas de interés común.

Los asuntos políticos no son objetos inertes que nos vienen dados. Como ciudadanos podemos contribuir a darles forma, pero para ello debemos discutirlos. El primer beneficio de la participación consiste así en crear en los individuos un sentido de relación con el mundo más amplio.

Pero la esfera pública, entendida de esta manera, genera además una forma específica de poder cívico. Eliasoph apela aquí a la concepción arendtiana según la cual el poder brota entre los seres humanos cuando éstos se encuentran para dialogar y actuar de un modo concertado, y se desvanece en el momento en que aquéllos se dispersan (Arendt, 1998, pp. 199-207.).

Las asociaciones voluntarias no son, como quieren algunos, una panacea para resolver problemas sociales al margen de la política. Representan una especie de poder cultural, capaz de crear espacios públicos para que los ciudadanos puedan cuestionar, debatir, crear nuevos significados y plantear desafíos a los poderes políticos, económicos y sociales (ver también Goldfarb, 2006, 2012).

Agreguemos que al intentar llevar adelante esta visión, las organizaciones sociales tienen el difícil reto de evitar dos escenarios muy habituales: la estrategia de la confrontación permanente y la cooptación por parte de los otros poderes de la sociedad.

Como ha subrayado Touraine (1998), un objetivo ineluctable de la democracia consiste en liberar a los individuos y grupos de las coacciones que pesan sobre ellos. Pero el poder cívico –aun si asume una forma balbuceante, apenas consciente de sí- es generalmente percibido por los poderes establecidos como una amenaza a su posición e intereses. Estos poderes intentarán, pues, disolverlo o captarlo para convertirlo en un instrumento al servicio de sus propios fines (Arendt, 1990, pp. 240-1).

Inversamente, aunque el conflicto es un aspecto esencial de la vida política, recurrir a él de un modo invariable conduce al aislamiento o al rechazo y señala, tal vez, la incapacidad del movimiento cívico para definir un programa que sea compatible con los intereses del conjunto de la sociedad (Touraine, op. cit., pp. 87-90).

La innovación cívica

Entre los intentos más creativos y avanzados para resolver estos dilemas se encuentran los emprendimientos englobados bajo el concepto de innovación cívica (Sirianni y Friedland, 2001).

Se trata de un conjunto de experiencias de organizaciones civiles independientes que comparten una serie de rasgos: abordan problemas que –como las crisis ambientales y la marginalidad social- han probado ser resistentes a los métodos tradicionales; adoptan un enfoque colaborativo con el Estado y el sector privado, evitando ser cooptadas y sin perder la facultad de apelar al conflicto en caso necesario; basan su trabajo en la movilización de los activos del propio grupo, en lugar de aplicar un modelo negativo y asistencial centrado en las deficiencias de la comunidad y sus individuos.

Llevan a cabo además un proceso de aprendizaje social que les permite desarrollar nuevas capacidades cívicas: formación de líderes comunitarios, prácticas de deliberación pública y planeamiento participativo, creación de redes de relaciones y alianzas con otros sectores de la comunidad y similares.

La innovación cívica moviliza entonces capital social de un modo que busca promover la ciudadanía democrática y construir capacidades cívicas, a fin de resolver problemas mediante el trabajo de los mismos ciudadanos y el diseño de políticas que impulsen el autogobierno. .

La idea de comunidad cívica está vinculada, en conclusión, con un sólido cuerpo de teoría e investigación científica y con una experiencia acumulada de prácticas cívicas que es objeto asimismo de una cuidadosa reflexión y elaboración conceptual.

La visión normativa que le sirve de marco enfatiza el protagonismo de los ciudadanos como sujetos activos de la vida política, conscientes de su papel en la comunidad y portadores de virtudes cívicas como la confianza, la tolerancia, la solidaridad y el interés por los asuntos públicos.

Impulsa a salir del aislamiento de la vida privada y a revalorizar la esfera pública, que se concibe como un espacio de encuentro donde las personas pueden crear definiciones propias de los temas de interés común, comprender las fuerzas del mundo más amplio que afectan sus vidas y trabajar para incidir sobre aquéllas mediante la acción concertada.

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José Eduardo Jorge (2013): Comunidad Cívica y Capital Social,
Ques
tion, 1(40), pp. 101-111..
Texto editado y ampliado por el autor en enero de 2016
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Cambio Cultural
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