Calidad de la Democracia

Los Problemas de las
Nuevas Democracias

José Eduardo JorgeTemas Clave Democracia

La variedad de regímenes de la Tercera Ola y la crisis del Paradigma de Transición Democrática. Democracias disminuidas. Democracia Delegativa. Democracia Electoral vs. Plena. Regímenes híbridos. Autoritarismo Competitivo. Autocracia Electoral o fachada democrática. Posibles causas de la expansión mundial de la democracia. Ir al artículo previo: La Expansión Mundial de la Democracia y el Declive de los Años Recientes

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Los índicadores que hemos examinados para medir la democracia, especialmente el Índice de Derechos Políticos y Libertades Civiles de Freedom House y el de Democracia – Autocracia del Proyecto Polity, permiten verificar en términos cuantitativos la expansión mundial de las instituciones representativas que significó la llamada Tercera Ola, así como el amesetamiento de la tendencia a principios del Siglo XXI y el declive gradual y sostenido que han sufrido las libertades democráticas durante los años recientes.

Las medidas cuantitativas tienen empero sus limitaciones para enfocar con mayor grado de detalle los problemas que pronto surgieron en la mayoría de las denominadas “democracias nuevas”, no menos que la inédita variedad de subtipos de régimen político que fueron tomando forma paulatinamente.   .

A fines de los años noventa, se hizo evidente que la Tercera Ola había dado origen a una multiplicidad de regímenes, muchos de los cuales no parecían estar en transición a una democracia consolidada. O bien permanecían estables en una especie de “zona gris”, o bien parecían moverse en diferentes direcciones.

Para algunos autores, resultaba ya inadecuado el criterio de clasificar a todas esas formas híbridas creando tipos de democracia “disminuidos” o incompletos, en función de los atributos presentes y ausentes respecto de una definición de base de democracia[1] Otros estudiosos, sin embargo, siguen considerando a estos regímenes como formas transitorias y perfectibles, capaces potencialmente de evolucionar hacia grados más avanzados de “democraticidad”.

Democracias Delegativas y Electorales

Guillermo O’Donnell había acuñado tiempo antes la hoy difundida noción de democracia delegativa, para referirse a un subtipo con mecanismos muy débiles de accountability horizontal, es decir, con escaso control entre los poderes y, en especial, del poder legislativo, la justicia y otros organismos del Estado sobre el poder ejecutivo.

La premisa de la democracia delegativa es que el presidente electo “está autorizado a gobernar el país como le parezca conveniente”. [2] Según O’Donnell, este subtipo cumple con los criterios de la Poliarquía de Dahl, pero no es una “democracia representativa” como las “originarias”.

Las democracias delegativas que observaba –en la mayoría de los países latinoamericanos- parecían ser duraderas. No mostraban signos de hallarse en tránsito hacia una democracia “institucionalizada” o “consolidada”.

La noción de democracia electoral sigue siendo de uso frecuente para hacer referencia a un régimen que cumple con los criterios minimalistas y de procedimiento de Schumpeter -es decir, la realización a intervalos regulares de elecciones libres, limpias y competitivas-,  pero que a la vez no puede ser considerado una democracia plena o liberal porque no reúne algunos de los requisitos adicionales incluidos en el concepto de Poliarquía de Dahl o las definiciones más elaboradas basadas en este último.

Una democracia electoral falla generalmente en cumplir de un modo acabado con las libertades contextuales de expresión, información y reunión, aunque éstas, de cualquier modo, deban existir en grado suficiente para que las elecciones sean genuinas. El índice de la organización Freedom House aplica este criterio. De acuerdo con este difundido indicador, no todas las democracias electorales son países “libres”. Algunas integran el grupo de los países “parcialmente libres” junto con otros regímenes no democráticos.

Se ha propuesto también el término pluralismo ineficaz [3] para denotar un tipo de régimen específico, con niveles significativos de libertad política, elecciones regulares y genuina rotación del poder, pero con un pobre desempeño de los gobiernos, instituciones débiles, elevada desafección política y dirigencias percibidas por la población como corruptas y desconectadas de la gente.

Autoritarismo con elecciones

Una peculiaridad de la Tercera Ola es el surgimiento del denominado autoritarismo competitivo. Si bien los autoritarismos electorales o “fachadas democráticas” han existido en el pasado –un ejemplo es el México del PRI-, el autoritarismo competitivo es un fenómeno de nuestro tiempo. Rusia y el Perú de Fujimori han sido señalados como casos paradigmáticos.

Esta clase de régimen es verdaderamente híbrida: no es una forma de democracia, pero tampoco una “fachada”. Se trata de un subtipo de autoritarismo, en el que las instituciones democráticas formales constituyen el canal aceptado para lograr y ejercer el poder, pero donde las reglas son violadas con tanta frecuencia y magnitud que no se cumplen los requisitos mínimos de una democracia. [4]

Por el contrario, en las “fachadas” democráticas las elecciones sirven simplemente para enmascarar una autocracia, a la que intentan legitimar. En ellas existe un partido o grupo hegemónico, que se perpetúa en el poder obteniendo una y otra vez la mayoría abrumadora de los sufragios, en un rango que suele ubicarse entre el 80% y el 90%. Egipto, Singapur, Kazakhstán y varios países del África Subsahariana son ejemplos contemporáneos de estos regímenes de poder hegemónico o autoritarismos electorales hegemónicos, como se los suele llamar.

En el autoritarismo competitivo, la lucha política es desigual, pues el grupo en el poder utiliza diversas formas –algo más sutiles que los medios directos, aunque a veces recurra a éstos- para acosar o perseguir a sus opositores y captar voluntades. Sin embargo, las elecciones no están abiertamente manipuladas; la oposición es significativa –aún en el parlamento- y representa un desafío real para el gobierno. Además, existen medios de comunicación independientes y una justicia con algún grado de autonomía.

Debido a este equilibrio inestable, el gobierno puede sufrir una crisis, e incluso dar paso a una democracia, aunque las nuevas autoridades actúan, en muchos casos, bajo las mismas pautas de la administración anterior. Los autoritarismos competitivos surgieron como consecuencia del colapso o el progresivo deterioro de regímenes autoritarios puros, o –como ocurrió con el autogolpe de Fujimori en el Perú- por la erosión de la democracia debido a una prolongada crisis económica y política.

Un balance de la Tercera Ola

Haciendo uso de estas distinciones, Diamond contabilizaba a fines de 2001, sobre un total de 192 países, 104 democracias (73 “liberales” y 31 “electorales”), 17 regímenes “ambiguos” (a mitad de camino entre las democracias y los autoritarismos), 21 “autoritarismos competitivos”, 25 “autoritarismos electorales hegemónicos” y 25 autoritarismos puros. [5]

En conclusión, el fenómeno global de adopción de instituciones democráticas en los tramos finales del Siglo XX no se presta a una interpretación simple. Muchas de las nuevas democracias son defectuosas, tanto para los criterios teóricos como para las aspiraciones de los pueblos. Otros países han experimentado una apertura política, pero sus regímenes, sencillamente, no son democráticos. Al mismo tiempo, el autoritarismo puro ha declinado y se encuentra a la defensiva.

La evaluación no deja de depender del punto de vista del observador. No sólo continúan las discrepancias sobre cómo clasificar los regímenes: la controversia acerca de qué es una democracia sigue siendo, como es lógico, tan intensa como siempre.

Además, un problema común a las corrientes de investigación analizadas es que, en casi todas ellas, los atributos de las democracias industrializadas subyacen, sin mayor reflexión, como el modelo hacia el que deberían moverse los demás países.

No se trata aquí de postular un relativismo que en la práctica ha servido para justificar violaciones de los derechos humanos y otras prácticas políticas inaceptables, sino de observar que las democracias maduras atraviesan por dificultades que también ameritan un examen crítico del funcionamiento institucional. Hablamos de fenómenos bien conocidos, como la crisis de representación política, la desconfianza en las instituciones, la declinación de los partidos políticos, la baja concurrencia a las urnas, la pérdida del sentido de ciudadanía y el deterioro de la situación social.

Causas de la expansión mundial de la democracia

Se ha propuesto un conjunto de causas para explicar la ola democratizadora [6].  La imitación tuvo su papel, por medio de los efectos de demostración de las primeras transiciones sobre las posteriores, en especial entre países próximos desde el punto de vista geográfico y cultural. Las democratizaciones en el sur de Europa y en América Latina, que tuvieron lugar entre mediados de los setenta y de los ochenta, parecen estar ligadas de esta forma. [7]

También se plantea que el desenlace de la Guerra Fría minó la legitimidad de los regímenes políticos alternativos a las democracias occidentales, al tiempo que éstas, al carecer ya de adversarios que disputaran su liderazgo, tampoco tenían motivos para seguir apoyando dictaduras aliadas, como lo habían hecho hasta entonces. En muchos países, el nuevo escenario internacional creó fuertes incentivos para la adopción de instituciones democráticas, aunque más no fuera para mantener la respetabilidad y viabilidad externas.

Este contexto tiene semejanzas con el surgido luego de la Primera Guerra Mundial, cuando el predominio de las democracias occidentales hizo que los gobiernos autoritarios del centro de Europa afrontaran fuertes presiones para avanzar hacia una apertura política; esa tendencia se revirtió en la región años más tarde, con la emergencia de la Alemania nazi y la Unión Soviética. [8] Estas consideraciones abren el interrogante de si un cambio del entorno internacional no puede generar en el futuro un retroceso mundial de la democracia, similar a las olas reversas identificadas por Huntington en los periodos 1922-1942 y 1961-1975.

El cambio cultural es otra de las causas, compatible con las anteriores, que se han señalado para explicar la difusión reciente de la democracia. Lo que habría ganado mayor legitimidad global –entre las elites, los grupos más activos de la sociedad civil o la población general- sería la idea democrática, el principio de que el único poder legítimo es el que procede del pueblo, y la creencia de que, para que ese principio se cumpla en la práctica, debe respetarse un conjunto de derechos y libertades básicas.

Si una lección se desprende de la llamada tercera ola, es que una democracia plena no es algo que surja rápidamente de la adopción formal de procedimientos y del ejercicio de la competencia electoral. Vuelven a entrar en consideración los factores económicos, culturales y sociales, pero ahora no en el sentido de condiciones previas –lo que supondría un determinismo ya superado-, sino de aspectos que harían más fácil o más difícil la tarea de avanzar en la democratización.

La democracia puede emerger en un país por un conjunto de razones: una decisión de las elites, la crisis del régimen autoritario, una guerra perdida, la imitación de los cambios políticos en un país vecino, la necesidad de adaptarse al contexto internacional. Pero la estabilidad, la profundidad y el desempeño de la democracia instaurada, dependen en mayor medida de aquellos factores que, como la cultura política, se han visto relegados en muchos de los estudios sobre las transiciones.

Sigue: ¿Qué es el Estado de Derecho?flecha-sig

Anterior: La Tercera Ola y su medición


José Eduardo Jorge
(2010): Cultura Política y Democracia en Argentina, Edulp ,
La Plata, Cap. 1, pp. 50-54.
Artículo ampliado por el autor en marzo de 2017
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Enlaces Externos

Una Visión Crítica de la Calidad de la Democracia en el Mundo: La Nación, 22 de Noviembre de 2006

NOTAS Y BIBLIOGRAFÍA

[1] Collier and Levitsky, 1997; Sartori, 1970.
[2] O’Donnell, 1992. También Petras and Vieux, 1994.
[3] Carothers, 2002. Ver también Roberts and Wibbels, 1997.
[4] Levitsky and Way, 2002. También Hadenius and Teorell, 2007; Hassner, 2008.
[5] Diamond, 2002.
[6] Scwartzman, 1998.
[7] Kurzman, 1998a, p. 55.
[8] Levitsky and Way, 2002 y 2005; Parish and Peceny, 2002.