Internet y la Política

Democracia Digital

Temas Clave Medios de ComunicaciónJosé Eduardo Jorge

La promesa democrática de Internet. Ampliación de la esfera pública: participación y diversidad de opiniones. El diálogo y la producción de mensajes por los ciudadanos. Las redes sociales. El debate entre optimistas y pesimistas. La evolución de Internet: modelos en pugna. Influencia del contexto político y social en el impacto de Internet. La distribución de información en la Web . ¿Crea la red nuevas elites políticas? Los filtros de información online y la tendencia al aislamiento. Críticas al rumbo reciente de la esfera pública digital. Comunidades virtuales y acción cívica

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Internet y la expansión de la esfera pública

Internet encerró la promesa de cambios políticos prodemocráticos no bien se convirtió en un medio masivo, un proceso disparado en 1993 por la aparición de Mosaic, el navegador gráfico que propagó el acceso a la Web entre los no especialistas.

La red auguraba la creación de un espacio público abierto, que aumentaría la libre circulación de información, la diversidad de opiniones y la participación de individuos y grupos, muchos previamente excluidos.

Las elites –en particular, las grandes empresas periodísticas- perderían el monopolio de definir la agenda de noticias. La Web reduciría las barreras para que cualquier persona pudiera poner sus propias informaciones y opiniones al alcance de una audiencia virtualmente global.

La gente común no sería ya una mera consumidora de contenidos: tendría la capacidad de producirlos y compartirlos con otros usuarios. Debilitar las jerarquías comunicativas tradicionales, para dar voz a los ciudadanos, que asumirían el control sobre los temas de su interés, emergía, potencialmente, como uno de los efectos democráticos más ostensibles de la red.

El “ciberespacio” constituía además un ámbito virtual de reunión, que podría facilitar el intercambio de puntos de vista, el diálogo y la comprensión mutua, igual que la organización de grupos y movimientos sociales y la coordinación de sus actividades.

Los pronósticos alumbrados en los años noventa alcanzaban a los vínculos entre gobiernos, representantes y electores. Internet permitiría implicar en la política al grupo cada vez mayor de ciudadanos indiferentes. El público podría –aún desde la comodidad del hogar- influir en la elaboración de los programas gubernamentales y participar de las actividades políticas en los periodos de elecciones.

El debate político se vería revitalizado. Y con su acrecida disponibilidad de información y de voz propia, la gente estaría en mejores condiciones de controlar las acciones de sus representantes y de los organismos públicos. Surgieron nuevas nociones: “ciudadanía digital”, “gobierno electrónico”, “e-participación”.

Estas previsiones antecedieron al desarrollo de lo que O’Reilly popularizó, en una conferencia de 2004, como Web 2.0, un concepto que –dentro de la terminología a veces imprecisa que acompaña la vertiginosa evolución de la red- fue cediendo terreno frente a la expresión “medios sociales” (social media) o, de modo más habitual entre nosotros -aunque no del todo correcto-, “redes sociales”.

Web 2.0 aludía a un conjunto de principios y prácticas que los creadores de software y otros usuarios aplicaban cada vez más cuando utilizaban la Web. Su núcleo consistía en que los contenidos y las aplicaciones de la red no eran ya objetos estáticos, producidos y publicados por un individuo u organización para que el resto los mirara o descargara –como en la Web 1.0-, sino modificados continuamente por todos los usuarios en forma participativa y colaborativa (Effing et al, 2011; p. 28; O’Reilly, 2005).

Tecno-optimistas y tecno-pesimistas

Aunque los hechos parecían traslucir ciertos aspectos de estas predicciones, no tardaron en aflorar visiones menos optimistas. Los escépticos se han enfocado tanto en cuestiones puntuales –advirtiendo, por caso, que las relaciones sociales online son insustanciales-, como en la idea general de que la red, lejos de representar una fuerza transformadora, prolonga las desigualdades y las corrientes hegemónicas de la sociedad.

La controversia entre quienes celebran Internet y los que critican su impacto ha terminado por dominar mucha de la literatura reciente. Sin embargo, suele pasarse por alto que las consecuencias políticas y sociales de Internet solo se manifestarán con claridad cuando la tecnología misma esté plenamente desarrollada. Por el momento, la red sigue en estado de flujo: las innovaciones son incesantes y causan continuos cambios en el escenario.

Feenberg (2012) nota que las tecnologías solo se estabilizan luego de una fase inicial en la que distintos modelos y vías alternativas de desarrollo compiten por predominar. Son las fuerzas sociales –y no solo los progresos técnicos- las que determinan qué configuraciones habrán de imponerse.

Un ejemplo sencillo es la bicicleta. Al principio había dos modelos: uno, con una gran rueda delantera, privilegiaba la velocidad; otro, con ruedas del mismo tamaño, la estabilidad, que fue en definitiva el valor que prevaleció.

Las redes sociales como Facebook y Twitter corresponden a la evolución más reciente de la tecnología de Internet y de los usos que la gente hace de ella, pero es improbable que representen la frontera final. La mutabilidad –y cierta imprecisión- en la terminología de esta área- refleja en parte la velocidad del cambio.

Otro problema es que la mayor parte de las implicaciones democráticas que se adjudican a Internet han sido inferidas directamente de sus atributos tecnológicos: su interactividad, bajo costo de acceso, forma reticular, velocidad, capacidad de almacenamiento de datos, alcance global, teórica dificultad para ser controlada.

Pero el contexto social específico en el que se desenvuelve la red –político, económico y sociocultural- tiene un influjo decisivo sobre su desarrollo y puede facilitar u obstaculizar la realización de esas potencialidades. “Diferentes contextos –advierte James Curran (2012, p. 25)- producen diferentes resultados, algo que oscurecen reiteradamente las teorías generales de Internet centradas en su tecnología”.

A pesar de las grandes similitudes entre Malasia y Singapur –culturas afines, regímenes autoritarios, economías dinámicas y una fuerte expansión de Internet-, las divisiones en la coalición gobernante malaya han contribuido, junto a una sociedad civil más diversa y activa, a una abundancia de sitios independientes y voces críticas en la Web política de ese país.

En Singapur –con un régimen cohesionado, cuya ideología dominante acentúa la armonía social y los “valores asiáticos”-, la red es un paisaje de uniformidad, aquiescencia y control (ibíd., pp. 23-25).

El habitual contrapunto entre “optimistas” y “pesimistas” es, dice Fenton (2012), “estéril”, pues ambos enfoques pecan de un “centrismo mediático”, que resiste una apropiada consideración del contexto social. Internet se presenta a sí misma como el centro de la sociedad.

Es un “mito” que subraya la importancia de “estar en la red”, siempre conectados y relacionándonos. La imagen de este “mítico centro” oculta los procesos por los cuales la red reproduce las fuerzas sociales predominantes y, simultáneamente, da lugar a la acción creativa y autónoma de los usuarios.

Participación política online y offline

Las consecuencias democráticas de Internet no son ilusorias. La Web aloja organizaciones progresistas que, gracias a la red, llegan a atraer millones de miembros, como MoveOn.org. Activistas y ONGs usan Internet para comunicarse entre sí, coordinar acciones en el mundo real y lograr la atención de los medios y el público. Ciudadanos individuales actúan como periodistas y comentaristas políticos.

Los blogs más importantes de ciertos países suman combinados tantos o más lectores que un diario de gran tirada. Y hay políticos que han sabido utilizar la Web para comprometer a ciudadanos antes inactivos o apáticos.

No obstante, los “fracasos” de Internet para cumplir con sus promesas democráticas “son menos reconocidos y en definitiva igual de profundos”, dice Hindman (2009, p. 4).  Para éste, la red presenta tipos específicos de barreras y crea, a través de ellas, nuevas jerarquías y elites políticas.

Su tesis es que la Web no está suprimiendo las inequidades en el mundo de la información política: solo las está desplazando de la etapa de producción a la de distribución. La Web es abierta para la creación de contenidos, pero “no es lo mismo hablar que ser oído”: solo una pequeña fracción de las voces recibe una atención significativa (p. 16).

Las expectativas de los demócratas descansan en que Internet promueva una expansión de la esfera pública, aumentando el espectro de ideas que se debaten y el número de ciudadanos que participan. En los hechos, sin embargo, la red está dando forma a nuevas elites políticas, pues crea tipos específicos de barreras y exclusivismos.

La participación política ha estado, tradicionalmente, distribuida de modo inequitativo en la sociedad. La acción política independiente requiere que los individuos posean información, motivación y recursos. Los grupos de mayor educación e ingresos y con mejores conexiones sociales se hallan en ventaja para hacerse oír.

El mundo virtual parece prolongar en buena medida las desigualdades del activismo offline, un proceso que se solapa con el fenómeno más general de acceso desigual a la red –la conocida “división digital”.

Nuevos y viejos Gatekeepers

Por otro lado, solo una pequeña fracción de la masa de quienes producen contenidos online recibe una atención significativa. Hindman retoma aquí la teoría del gatekeeping, un concepto aplicado desde los 50 para estudiar los modos en que las organizaciones periodísticas “seleccionan” o “filtran” las noticias (Wolf, pp. 111-114).

Eliminar a los viejos gatekeepers –o “guardianes”- de los medios sería, se supuso, uno de los efectos políticos más trascendentes de Internet. Hindman remarca que este tipo de filtros sigue siendo un rasgo central del escenario informativo. Otra parte de la información online es filtrada en formas novedosas. Google, en particular, y de manera creciente Facebook, deciden hacia qué contenidos se dirige el tráfico y la atención.

La arquitectura de la Web es “abierta” para la producción de contenidos. Pero la estructura de links de la Web tiene un papel crítico en el tráfico que recibe un sitio. Además, el número de links que apuntan a un sitio gravita con fuerza en el algoritmo de Google. Los sitios que aparecen reiteradamente entre los primeros resultados para las palabras clave de un tema, concentran una elevada proporción de las visitas en esa área de contenido.

Analizando estadísticas de tráfico en la Web, Hindman concluye que, para cada uno de los principales tópicos de la agenda política, los ciudadanos se aglomeran en torno de unas pocas fuentes informativas. El mismo fenómeno tiene lugar en el vasto universo de los blogs políticos (pp.45-57 y 102-8).

Poco después de que Google lanzara, en diciembre de 2009, sus resultados personalizados en función del historial de búsquedas y clicks pasados de cada usuario, Eli Pariser advirtió en su libro The Filter Bubble que este tipo de algoritmo, también utilizado por Facebook, tiende a dejar a cada uno de nosotros encapsulado en una “burbuja” informativa estrictamente individual.

El resultado, argumentan los críticos, es un efecto de “cámara de eco”. La información que recibimos no es más que un reflejo de nuestras opiniones previas. En lugar de facilitar el encuentro de visiones diversas, esta clase de filtros tiende a confinarnos en islas de aislamiento.

Las críticas al rumbo tomado por la evolución de la esfera pública digital arreciaron luego del turbulento proceso político experimentado en 2016 por dos de las democracias más antiguas y estables del mundo: EEUU y Gran Bretaña. La difusión de noticias falsas, la proliferación del trolling y el ciberbullying como prácticas políticas, y la aparente irrelevancia de los “hechos” y datos reales en la campaña presidencial norteamericana y en el referéndum por el Brexit -en el que los británicos decidieron abandonar la Unión Europea-, fueron algunas de las anomalías que muchos atribuyeron, al menos en parte, al efecto disruptivo de los medios digitales.

Comunidades virtuales y acción cívica

El panorama que se desprende de todo esto es probablemente demasiado sombrío. Castells (2009) recuerda que los individuos “interactúan formando redes de comunicación que producen un significado compartido” y, como parte de ese trabajo, reelaboran los mensajes transmitidos por otros emisores. Internet ha multiplicado, justamente, estas redes interactivas, que conducen a la formación de grupos virtuales (pp.178-189).

Más aún, Feenberg (2012) juzga que, de los tres “modelos” que compiten actualmente como vía predominante de desarrollo de esa tecnología aún en evolución que es Internet –los de “información”, “consumo” y “comunidad”-, este último es el único que envuelve el “potencial democrático” de la red.

El autor adopta el enfoque “constructivista”, que concibe a las tecnologías no como “cosas”, sino como “procesos” en movimiento. Siempre hay caminos alternativos de desarrollo y son las fuerzas sociales las que determinan cuáles se siguen y cuáles son descartados. No hay que subestimar “la gran victoria que ha representado la conquista de este nuevo territorio para la comunicación humana ordinaria”, pues “sin abrir un canal para la charla trivial, no puede haber conversación seria”.

Las comunidades virtuales, donde la gente interpreta el mundo, se constituyen en estos espacios de interacción, generalmente en torno de un interés o preocupación compartida. Aunque tiendan a ser homogéneas en sus ideas y valores –y quizás, por este motivo, no promuevan el debate político-, sus principales implicaciones parecen trascender la política tradicional.

Estos grupos serían, ante todo, el germen de nuevas formas de acción cívica que “redefinen y amplían la esfera de lo político” (ibíd., p. 14). Se muestran, en especial, como un ámbito propicio para que los participantes reflexionen sobre sus intereses y aborden un espectro amplio de problemas cívicos.

Representan una suerte de esfera “pre-política”, en la que los individuos enfocan, por caso, sus relaciones con los organismos de gobierno, el sistema hospitalario, la escuela y otras instituciones. Profundizarían, pues, la democracia, al multiplicar y enriquecer las prácticas cívicas cotidianas (ver también Bakardjieva, 2012).

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José Eduardo Jorge
(2014): La Comunicación Política en las Redes Sociales. Enfoques Teóricos y Hallazgos EmpíricosQuestion, 1(44), pp.:268-286.
Texto ampliado por el autor en junio de 2017
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Gobierno Local y Redes Sociales en América Latina: La Nación, 21 de junio de 2015

BIBLIOGRAFÍA