Efectos Políticos de los Medios

Teoría del Malestar Mediático
vs. Movilización Cognitiva

Temas Clave Medios de ComunicaciónJosé Eduardo Jorge

La hipótesis del malestar: desconfianza en las instituciones, apatía y rechazo de la política, menor participación. Impacto de la televisión. Cambios en la cobertura política  de los diarios. La movilización cognoscitiva: la expansión de los medios y el acceso a la información política. Aumento de las capacidad política del ciudadano. Ir a la Parte 1: Los Medios y la Democracia 

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Los puntos de vista que asignan a los medios efectos nocivos sobre las orientaciones políticas del público se clasifican en forma genérica dentro de las llamadas teorías del malestar mediático. Junto a éstas, existe otra corriente, menos numerosa y que se desenvuelve fundamentalmente en el ámbito académico, que sostiene la hipótesis contraria: la teoría de la movilización cognitiva

Esta segunda teoría, adoptando una perspectiva de largo plazo, sostiene que el desarrollo de los medios de comunicación masiva generalizó el acceso a la información política, que en el pasado estaba reservada a las elites.

Los crecientes volúmenes de información, al combinarse con niveles más elevados de educación y con habilidades de comunicación, organización y toma de decisiones aprendidas en ambientes laborales complejos, permiten que el público de la sociedad posindustrial cuente con capacidades de pensamiento y acción política muy superiores al de la época precedente.

¿Crean los medios apatía y cinismo político?

Abordaremos primero las formulaciones del malestar mediático –que,  en ocasiones, se presentan bajo la rúbrica de videomalestar, por su énfasis habitual en el poder de la televisión-. Los efectos suelen atribuirse al contenido de los medios, o también a su forma: por ejemplo, cuando se plantea que la televisión, por sus mismas características, puede entretener, pero tiene limitaciones para informar y educar.

A su vez, se proponen una serie de causas para explicar las nuevas tendencias: factores económicos, como la intensificación de la competencia entre los medios; tecnológicos -la difusión de la televisión por cable y fragmentación de las audiencias-; de cultura periodística, más confrontativa hacia el sistema político, y de práctica política, debido a la aplicación de las técnicas de marketing en las campañas electorales.

Se atribuye a los medios una variedad de efectos actitudinales: desconfianza u opiniones negativas respecto a las instituciones y los dirigentes, desinterés por los temas políticos, menor participación, pérdida de compromiso cívico, menor sentido de eficacia política personal.[1]

Un término de uso frecuente para hacer referencia al impacto de los medios es el de cinismo político, con el que se hace alusión a un sentimiento de desconfianza y escepticismo generalizados que se extiende a los actores, las instituciones y el proceso político en general, unido a la percepción de que éstos se hallan intrínsecamente asociados con la corrupción, la mendacidad, el interés propio o la incompetencia. Esta actitud lleva a no esperar nada de la política y, por lo tanto, a desligarse por completo de ella. [2]

En el ámbito de la televisión, estos efectos tendrían origen en la difusión de “malas noticias” sobre las instituciones y los políticos, en la actitud confrontativa de los periodistas, en el acento puesto en el conflicto político, en la cobertura obsesiva de “casos sensacionalistas”, en el énfasis en las encuestas de intención de voto –y en las tácticas de los candidatos-, en lugar del análisis de los temas durante las campañas electorales.

Con la difusión del cable, los canales de televisión abierta sufrieron la pérdida de espectadores y se vieron lanzados a una intensa competencia. La lucha por el rating convirtió al entretenimiento en el valor central de toda la programación, que desde entonces, a fin de capturar y retener la atención del televidente, gira exclusivamente en torno a los espectáculos, los juegos, las celebridades, el deporte y la información policial.

Esta tendencia fue en detrimento de una cobertura seria de los asuntos políticos, que, además de quedar relegados a un espacio marginal, también son presentados bajo el formato del espectáculo, de manera superficial, breve y sensacionalista, en el marco de un nuevo género periodístico denominado “infoentretenimiento”. Para algunos analistas, la televisión en sí misma no es un medio eficaz para el examen detenido y reflexivo de los temas.

Una hipótesis presume que el influjo negativo de estas formas de cobertura sería mayor en los espectadores que no tienen interés por la información política, pero que se ven expuestos a ella por tener el aparato encendido. A diferencia de las personas interesadas, estos televidentes carecen de los conocimientos previos y de espacios de discusión con amigos que los ayuden a entender e interpretar la información recibida.

La multiplicación de la oferta de medios arrastró asimismo a las publicaciones gráficas a una fuerte competencia. Las normas tradicionales de la prensa escrita empezaron a ceder frente a la “tabloidización” y el periodismo amarillo; las primeras planas dedican ahora más titulares al delito y los escándalos políticos.

Algunos autores piensan que Internet reforzará el cinismo político, al reproducir o exacerbar las tendencias presentes en el resto de los medios. Se dice que la velocidad de la comunicación electrónica y la ausencia de mediadores –gatekeepers-, que ejerzan la función de monitorear la exactitud de la información, podría crear una situación anárquica en la que los hechos sean reemplazados por los rumores. Minúsculos grupos antisistema –neonazis, racistas- tienen oportunidad de amplificar su voz por medio de Internet.

Otros comentaristas afirman que la adopción general de las técnicas del marketing político, que se basan en la identificación de targets o segmentos del público con características diferenciales, a fin de elaborar imágenes, mensajes y “promesas” de los candidatos adaptados a esos grupos, ha terminado por minar la credibilidad de las personalidades políticas.

La omnipresencia de la televisión, que hace posible una relación directa entre el público y las personalidades políticas, ha confluido con las técnicas del marketing para dar lugar a fenómenos como la personalización de la política y la llamada democracia de candidatos. El atractivo personal y la administración de la imagen terminan por desplazar cuestiones más sustanciales, como el debate de los temas y la capacidad de los candidatos para gobernar.

Impacto político de la televisión

En su libro Bowling Alone, Robert Putnam sostiene que una causa de la caída del capital social en Estados Unidos –que observa a partir de los años sesenta- ha sido la difusión de la televisión. Esta última, al privatizar el tiempo de ocio y entretenimiento, tendría el efecto de aislar a los individuos y alejarlos de la esfera pública.

Al mismo tiempo, encontró que mientras la lectura de periódicos y la exposición a programas televisivos de noticias mostraban relación con el compromiso cívico, ambos se hallaban claramente en disminución.[3]  Recordemos que en su estudio sobre los gobiernos regionales de Italia la lectura de periódicos era uno de los cuatro indicadores de “comunidad cívica”.

El autor destaca que la comunicación masiva y la industria del entretenimiento se han vuelto cada vez más individualizadas, debido a la expansión de las opciones –cable, video, Internet, etc.- y a que la tecnología electrónica permite consumir entretenimiento a demanda en forma privada, incluso en absoluta soledad (como ocurrió con el walkman y el discman y luego el iPod).

El periódico cumple a la vez con las funciones de informar y entretener. Según Putnam, los lectores regulares de diarios, comparados con el resto de las personas, muestran más conocimiento y compromiso sobre los asuntos públicos, pertenecen a más organizaciones, asisten con más frecuencia a reuniones locales, votan con más regularidad e inclusive visitan más a sus amigos y confían más en sus vecinos. Aunque es difícil distinguir cuál es la causa y cuál el efecto, habría evidencia de que el lector de periódicos y el “buen ciudadano” están relacionados.

El dato negativo es que la lectura de diarios ha venido cayendo durante décadas. Por otro lado, el hábito de mirar las noticias por televisión también está asociado positivamente con el compromiso cívico; la relación no es tan intensa como en los lectores de diarios, pero los espectadores de los noticieros son más cívicos que el resto de la población. De todas formas, como ocurre con la circulación de periódicos, la exposición a programas de noticias viene en declive.

La pantalla chica ha tenido un enorme impacto en el tiempo de ocio. Mirar televisión se ha convertido en una conducta cada vez más habitual y menos intencional: muchas personas mantienen como fondo el aparato encendido. Quienes miran televisión para informarse constituyen un grupo pequeño; la gran mayoría la usa como entretenimiento.

Putnam indica que, en este último grupo, más tiempo de encendido implica menos participación cívica y menos compromiso social en cualquiera de sus formas, pero especialmente en las actividades que se realizan en conjunto: asistir a una reunión pública, integrar una organización local y similares.

La televisión inhibe la participación en otras actividades de tiempo libre; más tiempo de pantalla significa menos tiempo de vida social. Por tratarse de una actividad relajante y de baja concentración, agrega Putnam, parece generar pasividad. Además, proporciona una “seudo conexión” con otras personas y crea, por lo mismo, un falso sentimiento de estar acompañado; hace que la gente se sienta relacionada, informada, ocupada e importante.

Crea, entre otras cosas, una suerte de “política por control remoto”: las personas, como televidentes, se sienten involucradas con su comunidad, sin hacer el esfuerzo de estar comprometidas en los hechos. Por último, el autor opina que el contenido de la programación también estaría vinculado con las motivaciones cívicas. Los televidentes cívicos mirarían especialmente programas de noticias y educativos; en el extremo opuesto, los menos cívicos preferirían programas de acción, teleteatros y reality shows.

Democratización de la información política

El enfoque de la movilización cognitiva destaca el papel que han cumplido los medios al poner a disposición de la población general volúmenes crecientes de información política. Un número cada vez mayor de ciudadanos de la sociedad posindustrial no sólo tienen la educación y las destrezas necesarias para procesar esa información y desarrollar una acción política autónoma, sino también los valores de autoexpresión –o posmaterialistas- que crean la motivación para hacerlo, y los recursos materiales y las conexiones sociales para llevarlo a la práctica.[4]

Esto conduce a que su participación política tienda a estar dirigida hacia las elites políticas, en lugar de ser dirigida por las elites. Inglehart puntualiza que en las comunidades a gran escala la actividad política requiere destrezas especiales, que abren una enorme brecha entre las elites políticas y la gente común. El desarrollo industrial empezó a reducir esa distancia.

El concepto de “movilización social” alude al proceso por el cual, debido a la urbanización, la extensión de la educación básica y la difusión de los medios de comunicación masiva, la población inicialmente confinada en pequeñas comunidades pudo liberarse gradualmente de su aislamiento físico e intelectual, de las antiguas tradiciones, ocupaciones y lugar de residencia, para integrarse a organizaciones y redes de comunicación más amplias, que expandieron sus horizontes más allá del ámbito local y le permitieron relacionarse con una comunidad política nacional.

Pero la difusión de las habilidades para manejarse en una entidad política a gran escala no se detuvo en este punto. La “movilización cognitiva” constituye una extensión de la movilización social y se basa no en cambios de residencia y ocupación, sino de capacidades individuales. Los individuos reúnen instrucción, habilidades políticas (de comunicación, de organización, de toma de decisiones), recursos materiales (tiempo, dinero) y conexiones sociales.

El giro hacia los valores posmaterialistas impulsa asimismo el deseo de producir cambios políticos específicos y de participar activamente para lograrlos.

De acuerdo con esta interpretación, los signos de cinismo, apatía, desconfianza y caída de la participación política serían sólo una parte de la historia. Mientras disminuye la participación política convencional –la movilizada por las maquinarias políticas, incluyendo el voto, que es una forma limitada de participación-, aumentan las formas no convencionales y autodirigidas de activismo y organización política.

Los nuevos movimientos sociales son un resultado de este proceso. Las nuevas formas de participación se dirigen a temas específicos –derechos de la mujer, protección del medio ambiente, etc.-, suelen plantear desafíos a las elites y se apoyan en grupos ad hoc más que en organizaciones burocráticas establecidas. Niveles más elevados de discusión política entre las personas serían un indicador de movilización cognitiva.

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José Eduardo Jorge (2010): Cultura Política y Democracia en Argentina, Edulp , La Plata, Cap.  2, pp. 118-123
Texto editado por el autor en enero de 2016
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NOTAS Y BIBLIOGRAFÍA

[1] Ver especialmente Norris, 2000; Newton, 1999; Putnam, 2000 y 1996. También Norris, 2002b, 2002d y 1996.
[2] Dekker, 2005.
[3] Putnam, 2000, pp. 216-246. Ver también Norris, 1996; Olken, 2006.
[4] Inglehart, 1997 y 1990.