Teoría de la Cultura Política I

Cultura Política y Calidad
de la Democracia: Hacia un
Modelo Teórico Integrado

José Eduardo Jorge

Cultura Política

José Eduardo JorgeUn modelo que tiende a integrar las principales teorías e hipótesis sobre la formación y el cambio de la cultura política y sus efectos sobre la calidad de la democracia. El papel del desarrrollo económico. Lipset, Przeworski e Inglehart. La teoría de la posmodernización: la cultura como variable intermedia. La influencia del contexto global y regional

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Las Democracias de Baja Calidad

El campo de estudio de la cultura política reúne un conjunto de teorías interrelacionadas, que indagan los nexos de las variables culturales con la estructura social, la economía y la política. Su objeto principal es el rol de la cultura política en la emergencia, estabilidad, profundidad y efectividad de la democracia (Jorge, 2010 y 2015; Jorge et al., 2015).

La calidad de la democracia es un foco de la línea de investigación sobre cultura política iniciada por el autor en 2006, prolongando estudios y acciones desarrollados a partir de 2001 en el ámbito de la sociedad civil.

En este artículo presento un modelo que tiende a articular e integrar las principales teorías e hipótesis existentes sobre la formación y el cambio de la cultura política y su impacto en la calidad de la democracia (Jorge, 2016). Examino los influjos del desarrollo económico, la tradición cultural, la trayectoria histórica, la difusión cultural y el aprendizaje sociopolítico. Los análisis se apoyan con evidencia empírica procedente de cálculos propios a partir de las bases de datos de la Encuesta Mundial de Valores.

Cuando ascendía en los años 80 la Tercera Ola de Democratización, estudiosos como Guillermo O’Donnell y Philippe C. Schmitter remarcaban la esencial “incertidumbre” de la transición democrática. Los conceptos y modos de abordaje de la “ciencia social ‘normal’”, puntualizaron, eran “inapropiados” para analizar situaciones políticas de cambio rápido (O’Donnell y Schmitter, 1991, pp. 15-17).

La transitología dio primacía causal a la acción de las elites. La democracia no requería una cultura “congruente” con el sistema –hipótesis central del enfoque de la cultura política-, sino acuerdos entre políticos desconfiados basados en “normas de prudencia” (Schmitter y Karl, 1991).

Ese paradigma quedó agotado en el siglo XXI (Carothers, 2002). La multitud de democracias “adjetivadas” mostró que un país podía adoptar por diversas razones el método electoral, pero la calidad del régimen resultante no parecía ajena a factores como la cultura política (Diamond, 2008).

La trayectoria de las democracias latinoamericanas siguió ese patrón. “La combinación de elecciones libres y limpias con la represión parcial pero sistemática de los derechos de los ciudadanos –destaca un recuento minucioso de los regímenes de la región a partir de los 70- se convirtió en una tendencia definida y dominante” (Smith y Ziegler, 2008).

La Argentina no fue una excepción. Entre nosotros, hubo quienes alertaron tempranamente sobre la complejidad del horizonte democrático. En 1982, Portantiero sugería “preguntarse seriamente” sobre las posibilidades del país “no de ser ya la potencia prometida, sino siquiera por salir del pozo de la decadencia económica y la inestabilidad política” (Portantiero, 1984). La principal explicación de la “paradoja argentina”, añadía, era “el atraso de su sistema político” y, como parte de éste, una cultura política cargada de “autoritarismo, hostilidad al compromiso y providencialismo”.

Años después del Discurso de Parque Norte, que Alfonsín pronunció en diciembre de 1985, otro de los intelectuales que, como Portantiero, lo asesoraron, recordó que la propuesta de esa pieza descansaba “en la suposición –algo ingenua- de que a partir del 82 se había conformado una sólida voluntad anti autoritaria en nuestra sociedad”, así como en una “percepción también optimista de un sujeto democrático ya constituido e inamovible” (De Ipola, 2004).

Democracia, cultura y desarrollo económico

Enfocar la cuestión de la cultura política y su impacto sobre la calidad de la democracia está lejos de ignorar o hacer a un lado la economía. Las relaciones entre estas esferas encierran una de las polémicas más concurridas de la ciencia social contemporánea.

¿Engendra el desarrollo económico la democracia, como sugirió Seymour Martin Lipset (1959) en el marco de la teoría de la modernización? ¿O bien el nivel de riqueza consolida las instituciones libres ya establecidas por otras vías (Przeworski et al., 2000; Przeworski y Limongi, 1997)? ¿Mejora la democracia, en el largo plazo, el desempeño económico, cultivando la certidumbre, el aprendizaje social y el capital humano (Gerring et al., 2005)?

La hipótesis de Lipset “ha generado el mayor corpus de investigación sobre cualquier tema en política comparada”, observan Przeworski y sus colaboradores (2000, pp. 78-9). En su estudio, basado en datos de miles de transiciones entre 1950 y 1990, Przeworski concluyó que el desarrollo no hacía más probable una transición democrática. No creaba la democracia de un modo “endógeno”: solo mejoraba las chances de que ésta, ya instaurada por cualquier otro motivo, sobreviviera.

Trabajos ulteriores mostraron las debilidades empíricas y conceptuales de ese análisis. La probabilidad de que un régimen autocrático se mueva hacia la democracia aumenta con el nivel de desarrollo (Epstein et al., 2006; Boix y Stokes, 2003).

Una versión modificada de la tesis de la modernización ha sido formulada por Inglehart (1990 y 1997). De su teoría de la posmodernización, un paradigma con alto grado de articulación formal y sustento empírico -en cuyo desarrollo ulterior ha participado también Welzel (Inglehart y Welzel, 2005; Welzel, 2013)-, surge que la democracia estable y efectiva es más probable en la sociedad posindustrial.

La cultura política constituye en esta teoría una variable intermedia entre el desarrollo económico y el cambio político. En la fase de desarrollo avanzado, las condiciones de seguridad económica y física en las que crecen los individuos hacen que las sucesivas generaciones den cada vez menos prioridad relativa a los valores materialistas de supervivencia y más a cuestiones posmaterialistas vinculadas con la autoexpresión y la calidad de vida.

Como resultado, al lento ritmo del reemplazo generacional, se difunde en la sociedad un sistema de valores de emancipación o autoexpresión, que prioriza la libertad de elección, la igualdad entre las personas, la diversidad y el respeto por los demás, la participación en las decisiones y la confianza generalizada (Jorge, 2010, pp. 82-93).

Este síndrome cultural es congruente con la democracia y provoca, a su turno, la emergencia de las instituciones libres o la profundización de las existentes.

Estas hipótesis pueden contrastarse: la Encuesta Mundial de Valores o World Values Survey, un estudio cooperativo internacional dirigido por Inglehart –cuya base contiene datos de más de 400 mil encuestados en unos cien países-, permite investigar empíricamente la relación entre los cambios económicos, socioculturales y políticos a lo largo de cuatro décadas.

Las versiones precedentes de la teoría de la modernización, planteadas desde fines de los 50, adolecían de un número de problemas. Entre ellos, el de asociar esquemáticamente la democracia al paso de la sociedad “tradicional” a la “moderna” o industrial. No se advirtió que la industrialización –y la incorporación de las “masas” a la política que la acompaña- era compatible con una variedad de regímenes, incluyendo el fascismo, el socialismo de Estado y otros sistemas autoritarios.

En la esfera cultural, el desarrollo industrial y urbano conduce a la difusión de la racionalidad, la secularización y la burocratización. Aunque la autonomía del individuo hace progresos sustanciales, el cambio cultural clave de la modernidad es –junto al papel asignado al logro, especialmente económico- el ascenso de los valores racionales y seculares (Inglehart y Welzel, 2005, pp. 285-6). Si bien un efecto de estos valores es que la autoridad legítima depende cada vez más del consentimiento de las masas, éste puede ser obtenido por medios autoritarios. El fascismo y el nazismo, por ejemplo, exigían una movilización política mucho más intensa que la democracia.

En la misma democracia industrial, la participación de la población, limitada en gran medida a los periodos electorales, está dirigida por las elites, a través de las maquinarias políticas que representan los partidos de masas. Los ciudadanos dan prioridad a sus necesidades materiales –el empleo, el salario y la seguridad-, no a necesidades de orden superior, como las libertades civiles y políticas.

El giro cultural posmoderno de la sociedad posindustrial impulsa en cambio la participación autodirigida y la difusión de movimientos sociales que plantean desafíos a las elites, así como el declive de la autoridad de las máquinas partidarias, de los “jefes” políticos y de las ideologías omnicomprensivas (Jorge, 2010, pp. 82-93).

El Impacto de la Cultura Política

Una teoría del cambio social de largo plazo como ésta no requiere asumir ningún determinismo a priori. Su supuesto básico es que los cambios económicos, culturales y políticos siguen “pautas coherentes” (Inglehart, 1997, p. 7).

Otra hipótesis es que entre esas esferas del universo social hay interacción, es decir, influencia recíproca. El problema de la dirección y las circunstancias en que tienen lugar los influjos predominantes forma parte de las cuestiones a precisar por la investigación empírica.

Que las diferentes esferas cambien de manera coherente implica asimismo que ellas tienden a ser compatibles entre sí. En el campo de estudio de la cultura política, la teoría de la posmodernización prolonga la llamada teoría de la congruencia, que formuló por primera vez Eckstein (1961). La estabilidad de un sistema político –afirma esta tesis- depende del grado en que su estructura de autoridad sea consistente con los valores y modelos de autoridad prevalecientes en la sociedad.

He representado algunas de las posibles relaciones causales en el esquema de la Figura 1. La cultura política aparece aquí como un subconjunto analítico de la cultura de la sociedad. Definida en los términos más generales, constituye un sistema específico de valores, creencias y pautas de conducta que son relevantes para el proceso político (Jorge, 2015 y 2010).

Figura 1
Influencia de la Cultura Política
Hipótesis Básicas

Influencia de la Cultura Política
Fuente: Jorge, José Eduardo (2016): “Teoría de la Cultura Política. Enfocando el Caso Argentino”, Question, 1(49), pp. 300-321. Click en la imagen para agrandar

Las flechas a, b, c y d sintetizan las hipótesis causales fundamentales que, tras años de investigación empírica, están hoy en la base de la teoría de la posmodernización (Inglehart, 1997, p. 184). En un primer momento, el desarrollo económico produce cambios concomitantes en la estructura social y la cultura. Estos últimos, en una fase posterior, provocan cambios congruentes en las instituciones políticas. La economía no actúa directamente sobre el régimen institucional, sino en virtud de las transformaciones socio-demográficas y de valores que genera.

La cultura y la estructura de la sociedad operan, pues, como variables intermedias entre el desarrollo económico y el cambio político, una secuencia a la que arriban también los análisis de Schwartz (2006) utilizando un sistema de valores diferente al de Inglehart y Welzel. Por sí solo, un alto ingreso por habitante  no conduce a un país en dirección a la democracia, como es obvio en algunos pequeños estados petroleros.

Al razonar a partir de un modelo como el de las flechas a, b, c y d, nuestra posición es similar a la del físico que calcula la trayectoria de un objeto valiéndose de las leyes de la gravedad y la inercia, pero haciendo abstracción de la resistencia del aire, la fuerza y dirección de los vientos o las posibles colisiones con otros objetos. Al aplicar la teoría a la realidad, es preciso incorporar la influencia de otras variables.

Los países raramente siguen de un modo lineal la secuencia descripta. Vistas en perspectiva histórica, las transiciones del autoritarismo a la democracia y a la inversa muestran patrones más complicados. La distribución resultante, sin embargo, no es aleatoria. Como apunté, el análisis estadístico arroja que, contrariamente a lo planteado por Przeworski y sus colaboradores, la probabilidad de que una autocracia se mueva hacia la democracia aumenta con el nivel de desarrollo económico (Epstein et al., 2006; Boix y Stokes, 2003).

Otro  problema en los estudios de Przeworski es su clasificación de los regímenes políticos en solo dos categorías: democracia y dictadura. Aunque entre ambos exista un punto de corte –la realización de elecciones libres, limpias y competitivas, que son el requisito mínimo de una democracia-, las libertades políticas y civiles pueden regir en mayor o menor grado.

Existen, pues, niveles o grados de democracia y de autoritarismo (Jorge, 2010, pp. 36-54). La llamada Tercera Ola dio origen a democracias de calidad muy heterogénea, igual que a regímenes como el “autoritarismo competitivo” (Levitsky y Way, 2002), que mezclan en distintas proporciones elementos autoritarios y democráticos (Diamond, 2008).

Las sociedades no existen en un vacio. Éste es uno de los factores que afecta su trayectoria. El contexto global y regional –representado con la elipse de la Figura 1- puede ser decisivo para que un país se mueva hacia la democracia o la dictadura, o permanezca estable.

La imitación entre países próximos desde el punto de vista geográfico y cultural jugó un papel en las democratizaciones en cadena de los años 70 y 80 en el sur de Europa y América Latina. El desenlace de la Guerra Fría minó la legitimidad de regímenes alternativos a las democracias occidentales, y éstas, ya sin adversarios, dejaron de tener motivos para seguir apoyando dictaduras aliadas.

Una fuerza exógena abrumadora –la ocupación o la amenaza militar es un caso extremo- es capaz de afectar indefinidamente el régimen político de una nación: se ha argüido que la ex Checoslovaquia, Hungría y Polonia pudieron haberse convertido mucho antes en democracias de no haber estado bajo la órbita de la URSS (Inglehart y Welzel, 2005, p. 216).

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José Eduardo Jorge (2010): Cultura Política y Democracia en Argentina, Edulp, La Plata
José Eduardo Jorge
(2016): Teoría de la Cultura Política. Enfocando el Caso Argentino, Question, 1(49), pp. 300-321
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Cambio Cultural
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