Crisis Argentina

Raíces culturales de los
problemas argentinos II

Primera ÉpocaJosé Eduardo Jorge

Continuación del Ensayo. Ir a la Parte 1

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De la Primera Época de Cambio Cultural: 21 de diciembre de 2001archivo histórico

La cultura, problema estructural

A las personas involucradas en decisiones de política práctica las cuestiones culturales suelen parecerles demasiado abstractas, o quizá irrelevantes. Un administrador honesto del gobierno enfrenta problemas acuciantes del tipo ¿cómo obtendré el dinero para pagar los sueldos el próximo mes? O ¿cómo puedo ampliar esta partida presupuestaria para la distribución de alimentos entre los pobres? Lo mismo podría decirse del gerente de una empresa que no tiene rentabilidad y observa que con sus costos es imposible competir.

Sin embargo, la necesidad de enfrentar las situaciones urgentes y “concretas” no debería postergar indefinidamente la solución de los problemas estructurales. Para complicar más las cosas, la naturaleza latente y en apariencia inasible de la cultura impide a veces reconocerla como un factor causal relevante.

Muchos dirán que los problemas realmente estructurales son, de acuerdo a la posición ideológica, acaso el tipo de cambio, o el excesivo gasto estatal, o los bajos salarios que deprimen la demanda interna, o el “modelo” económico… ¿La cultura no juega en estos casos ningún papel? ¿Por qué en algunos países las organizaciones estatales son altamente eficientes y sus funcionarios honestos, pero en otros no? ¿Por qué las compañías privadas en determinadas naciones respetan al consumidor y en otras no? El problema, entonces, ¿está en el “modelo económico”?

Hay quienes reconocen la fuerza de la cultura, pero asumiendo que se trata de una condición inmodificable. “Eso es cultural”, suele argumentarse, para significar que no es posible hacer nada al respecto, más que esperar que las cosas cambien.

Otros no niegan el peso de los valores, las creencias y las pautas de comportamiento, ni la posibilidad de que cambien, pero el rol que le asignan es subsidiario y dependiente de estructuras supuestamente más básicas o fundamentales, como la organización económica e institucional. Las soluciones pasarían entonces por introducir las modificaciones apropiadas en esos ámbitos, las que inducirían, donde fuera necesario, el cambio cultural.

Esta idea es atractiva por varias razones: enfoca hechos y procesos fáciles de ver y medir, ofrece un plan claro de acción y descansa en el supuesto verosímil, explícito o implícito, de que la cultura se crea y recrea para adaptarse al entorno. Al modificarse el ambiente económico e institucional, las personas y grupos cambiarían su comportamiento para adaptarse a las nuevas circunstancias.

Si bien la idea de la función adaptativa de la cultura es válida hasta cierto punto, no parece funcionar en forma mecánica. La cultura tiene inercia. Tal vez se reacomode en algún grado al nuevo diseño económico o institucional, pero también lo asimila e interpreta a su modo, a veces neutralizando o distorsionando sus objetivos originales.

Cultura y cambio institucional

Una sociedad puede adoptar rápidamente las formas institucionales de la democracia, pero no por ese solo hecho los distintos actores pensarán y se conducirán de un modo democrático. Claro que el diseño institucional establece un marco de aprendizaje y facilita el surgimiento de comportamientos democráticos, pero los cambios, si se producen, llevarán tiempo, a menos que las condiciones culturales previas sean favorables.

A casi dos décadas de recuperar la democracia, nuestras instituciones dejan muchísimo que desear y los hábitos autoritarios, de los cuales las relaciones del tipo patrón-cliente son una de sus manifestaciones más extendidas, se han debilitado pero no han desaparecido. Este tipo de conductas, así como el ofrecimiento y amplia aceptación de prebendas, restan o anulan la eficacia de casi todos los planes de políticas públicas, acciones de descentralización y otros proyectos para mejorar la calidad de la acción estatal.

En un estudio que se prolongó por más de 20 años, Robert Putnam investigó los resultados del profundo cambio institucional que realizó Italia en 1970 con la creación de gobiernos regionales. Sus conclusiones no podrían ser más sugestivas. Los resultados del nuevo diseño institucional fueron mucho más fructíferos en las más desarrolladas regiones del Norte que en las históricamente atrasadas del Sur. Pero las diferencias de performance institucional, medidas objetivamente o en términos de la satisfacción de los ciudadanos, no se explicaban principalmente por las diferentes condiciones socioeconómicas, sino esencialmente por la cultura cívica predominante en cada región.

En el Norte, los nuevos gobiernos fueron implantados en un contexto social que contaba ya con una densa red de asociaciones locales, un compromiso activo de la población en los temas comunitarios, relaciones políticas igualitarias, confianza mutua y respeto por la ley. En el Sur, el contexto era bien diferente: la participación política y social estaba organizada verticalmente, en términos de relaciones patrón-cliente; la sospecha mutua y la corrupción eran vistas como normales; la falta de cumplimiento de la ley era algo esperado y la intervención en asociaciones escasa.

Señala Putnam que los ciudadanos de las regiones con mayor cultura cívica “esperan un mejor gobierno y (en parte gracias a su propio esfuerzo) lo obtienen. Demandan más servicios públicos efectivos y están preparados para actuar colectivamente para lograr sus objetivos compartidos. Sus contrapartes en las regiones menos cívicas asumen más comúnmente el rol de suplicantes alienados y cínicos”. [5]

Estas conclusiones contradicen los supuestos de la corriente neo institucionalista en ciencias políticas, para la cual la conducta de los actores políticos está influida fundamentalmente por las reglas y estructura de una institución. Utilizando como herramientas de análisis la teoría de los juegos y el modelo de acción racional, esta corriente no asigna un rol de importancia a las particularidades culturales.

Reforma económica y contexto cultural

Los economistas, de los cuales los neo institucionalistas han tomado prestado su aparato metodológico, tampoco se sienten a gusto con los fenómenos culturales, que son difíciles de definir y medir. The Economist reaccionó en 1996 a los estudios sobre la importancia de la cultura, como el de Putnam que hemos citado, con un artículo en el que minimiza su influencia frente a las fuerzas crecientes de la globalización económica y la acción de los gobiernos. [6] En la economía rigen como supuestos ampliamente aceptados que la naturaleza humana es uniforme y que los hechos económicos tienen causas exclusivamente económicas (si bien los argentinos estamos acostumbrados a escuchar que los mercados se ven afectados no por malas decisiones económicas, sino por los “ruidos” políticos).

Si estos supuestos son correctos, el desarrollo económico se producirá si los agentes reciben las “señales” apropiadas, no importa que hablemos de América Latina o del Sudeste Asiático. Por el contrario, si la cultura tiene importancia, frente a las mismas señales del mercado los individuos de la cultura A podrían responder de una manera y los de la cultura B de otra.

El Sudeste Asiático se desarrolló en las últimas décadas con una velocidad inédita en la historia por medio de una política de activa intervención estatal. El premio Nobel y ex economista jefe del Banco Mundial, Joseph Stiglitz, ha reconocido que la última crisis financiera de la región no refuta los éxitos económicos de esa política. Sin embargo, casi en el mismo periodo, el intervencionismo estatal y el proteccionismo produjeron resultados más que magros en América Latina. No hay duda de que los diversos contextos socioculturales explican buena parte de la diferencia. [7]

En forma similar, durante los años noventa las reformas de mercado que se realizaron en la Argentina y en otros países de América Latina, conocidas como Consenso de Washington, subestimaron el peso de la cultura o partían del supuesto implícito de que ésta cambiaría rápidamente ante las nuevas “señales” o por presión de las diferentes condiciones de mercado, como la competencia internacional.

Sin embargo, el significado que los agentes económicos le dan a las “señales” está influido por la cultura, lo mismo que el abanico de alternativas de acción que pueden concebir y los criterios que utilizan para elegir entre ellas. Por ejemplo, ante la intensa competencia un empresario argentino puede decidir vender la compañía fundada por su padre o abuelo, en circunstancias en las que quizás un empresario alemán se defendería a capa y espada.

Al hacer un balance de esas reformas, el economista John Williamson, autor del término “Consenso de Washington”, concluye a la luz de sus resultados que “son necesarias pero no suficientes para promover el desarrollo”, y manifiesta su acuerdo con Stiglitz en “la importancia del capital social y organizacional”. Señala que las “buenas políticas pueden ser saboteadas por malas instituciones” y subraya la decisión del Banco Mundial de “lanzar una cruzada contra la corrupción”. [8]

En cuanto a Stiglitz, va mucho más lejos al propiciar una ampliación de los objetivos de desarrollo, la inversión en capital humano, la acción del gobierno como complemento de los mercados y la adopción de medidas para mejorar la calidad del funcionamiento institucional, entre un conjunto de políticas que propone como un “post Consenso de Washington”. Apunta que las instituciones “determinan el ambiente en el cual operan los mercados. Un ambiente institucional débil permite grandes arbitrariedades por parte de las oficinas estatales y de los funcionarios públicos”. Pero también observa que en Rusia ha sido difícil prevenir la corrupción en los monopolios privatizados, mientras China ha obtenido mejores resultados estimulando la competencia sin privatizar sus empresas estatales. [9]

Estos economistas comprenden, a la luz de la evidencia empírica, que para alcanzar los objetivos de desarrollo las medidas en la esfera económica necesitan ser complementadas con acciones en el orden institucional. Pero ¿cómo cambiamos la instituciones? ¿Modificando su diseño y esperando que funcione la teoría de los juegos? ¿O será imprescindible algún tipo de acción específicamente sociocultural?

Es posible que entre la cultura, la economía, la tecnología, el sistema institucional, no existan relaciones simples de determinación sino influencias mutuas. Por ejemplo, ciertas condiciones culturales serían favorables al surgimiento o adopción de determinadas conductas y estructuras económicas. El cambio tecnológico y económico induciría a su vez el cultural, aunque cada cultura dejaría en el proceso su impronta específica. Un nuevo diseño institucional y los rasgos particulares de la cultura en la que se implanta influirían de manera simultánea en la conducta de los actores, dando lugar a fenómenos sui generis. Estas interacciones aparecen en toda su complejidad cuando advertimos que es importante el tipo particular de rasgo, conducta o estructura considerada, así como el momento y el orden en que tienen lugar las influencias.

No hay solución mágica

Hay un caso particular de cambio cultural, el que se produce bruscamente a causa del colapso de un sistema social o de una gran crisis histórica. Se trata de un tipo extremo, que se explica por la función adaptativa de la cultura. Una sociedad cambia rápidamente algunos de sus valores, normas o pautas de comportamiento cuando siente que está en riesgo su supervivencia. Generalmente los costos son altísimos. Las sociedades extintas demuestran que la adaptación no está garantizada.

Hasta ahora, los argentinos parecemos dispuestos a cambiar sólo de esa manera. Para limitarnos al pasado reciente, hemos necesitado miles de desaparecidos y una guerra perdida para comprender que debíamos vivir en democracia. Tuvimos que pasar por una hiperinflación con pocos antecedentes en la historia universal para percatarnos de que no había que imprimir tanta moneda, y ahora hemos llegado un nuevo colapso para entender que tampoco debemos emitir tantos bonos de deuda. ¿Hará falta que sigan colapsando cada uno de nuestros sistemas, la Universidad, la Justicia, los partidos políticos y demás, para introducir los cambios necesarios?

La solución de los problemas argentinos no pasa por una medida única, como una devaluación, un shock distribucionista o una política de equilibrio fiscal tomados aisladamente. No saldrá del ministerio de economía ni de un líder “fuerte” que nos guíe en una cruzada. La sociedad argentina tiene por delante un trabajo colectivo en el que será imprescindible contar con una buena dirigencia, tomar las decisiones económicas adecuadas y hacer cambios institucionales, pero que debe promover el compromiso y la participación cívica, el rechazo a las relaciones clientelares y su reemplazo por otras igualitarias, el respeto espontáneo por las leyes y las normas de convivencia, la confianza, la solidaridad, la lucha contra la corrupción en todos los niveles y en todas sus formas (no sólo en las “altas esferas”), la valorización del conocimiento, el trabajo duro y el mérito…

Este cambio no puede imponerse “desde arriba”, aunque los dirigentes tienen un papel esencial que cumplir. No faltan quienes, ante la evidente situación de anomia en la que vivimos, afirman la necesidad de “mano dura”, de una autoridad fuerte que haga cumplir las normas (pero que, ya deberíamos saberlo, empieza por violarlas). Nunca daremos valor al cumplimiento de las normas por imposición externa, sino comprendiendo que es necesario para que todos vivamos mejor. El mejor síntoma de la madurez cívica es que el control y las sanciones informales, las del amigo o el transeúnte, son más importantes que las de la autoridad legal.

Como apuntamos antes, la creciente participación ciudadana muestra que las acciones necesarias para estimular y extender este cambio cultural han comenzado, aunque sea en forma incipiente. Las está generando la misma sociedad, por medio de ciertos grupos, personas y algunos dirigentes. Dado que los hábitos culturales no mueren de un día para el otro, habrá problemas, como las ONGs constituidas para disfrazar negocios o actividades clientelísticas. Sin embargo, hay que persistir en esta dirección, creando asociaciones que persigan objetivos de interés común, formando grupos que promuevan el cambio cultural en todas nuestras instituciones: públicas, civiles, profesionales, empresarias, sindicales, educativas…

Todo proceso de cambio tiene una primera etapa de sensibilización. Es la más difícil y en ella nos encontramos ahora. Las personas y grupos más activos han de trabajar para que la toma de conciencia se extienda a sectores cada vez más amplios de la sociedad.

En cuanto a la dirigencia, debería apoyar este proceso, sumarse a él y, donde sea necesario, estimularlo, pero a través de un liderazgo democrático, que promueva el aprendizaje social y no el establecimiento de relaciones de dependencia entre dirigentes y dirigidos. Hay un trabajo a realizar en los partidos políticos para renovar prácticas y dirigentes, y de la prensa para apoyar el proceso de sensibilización.

El rol central de la dirigencia es elaborar un proyecto de país y no aspirar a que un técnico resuelva los problemas desde el ministerio de economía. Este proyecto incluye, como dijimos antes, un inventario de nuestros activos y pasivos culturales y las acciones para mejorar el resultado de ese balance.

El proyecto de país no puede eludir el desafío de la globalización. Por lo que vimos antes, la expansión mundial de las finanzas, el comercio, la tecnología y la comunicación, aunque produzca cambios en las culturas particulares, no las disolverá en una “cultura global”. Cada cultura se adaptará a su modo, con mayor o menor suerte. Las naciones deberían aspirar a gobernar ese proceso de adaptación, para tomar los elementos de la cultura global que les sean más útiles y retener sus rasgos idiosincráticos más valiosos, los que hacen de ese país una sociedad única, que le darán una identidad y una presencia en el mundo y significarán, a través de sus manifestaciones sociales, culturales y económicas, su contribución a la humanidad.

En nuestro país, sin un cambio cultural como el que hemos discutido en estas páginas ningún “modelo” funcionará. Nuestros sistemas e instituciones seguirán colapsando, estallando como bombas y, en el mejor de los casos, forzando las decisiones correctas a un costo social innecesariamente elevado.

Nos hace falta una visión equilibrada de nosotros mismos, lejos de los extremos de creernos lo peor o lo mejor del mundo (ideas que son producto de nuestro largo aislamiento). La Argentina es un país de desarrollo intermedio, que reúne las condiciones para convertirse en una sociedad más rica, igualitaria y avanzada. Probablemente lo hará. Queda por ver cuáles serán los tiempos y los costos.

flecha-antPrimera parte: Raíces culturales de la crisis argentina

José Eduardo Jorgei (2001):
“Las raíces culturales de los problemas argentinos”
Cambio Cultural, Buenos Aires, 21 de diciembre.
Artículo Original en Internet Archive

Tema Ampliado: III – III 

Cambio Cultural
Cultura Política Argentina

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NOTAS

[1] Robert Putnam, op. cit., p. 182. El autor advertía en 1993 sobre el escaso capital social de los ex países comunistas y los problemas que eso podría ocasionar para su estabilidad política y la eficacia de sus gobiernos. Sus predicciones se han confirmado. Comparemos la situación de nuestro imperfecto sistema político con el de alguna ex república soviética. Observemos, a título de ejemplo, qué ocurre en Kazakhstán, una nación con abundante petróleo y escasa densidad de población ubicada en el Asia Central. Los partidos políticos no cumplen un papel importante, ya que las decisiones son tomadas por el entorno del presidente Nursultan Nazarbayev, ex miembro del Partido Comunista, que rige el país desde 1991 y, según se reveló en 1999, es titular de una cuenta en Suiza. La mayoría de los partidos con representación parlamentaria no son sino apéndices del presidente, que fundó personalmente varios de ellos. Los partidos opositores son pequeños, tienen poco acceso a los medios y están infiltrados por la policía secreta. La elección parlamentaria de 1999 fue manipulada por el gobierno, bajo el pretexto de que existía el peligro de un retorno a la dictadura comunista.

[6] The Economist, “Cultural explanations. The man in the Baghdad café”, november 9, 1996, pp. 23-26. El artículo comienza poniendo en duda la idea de Huntington, desarrollada en su trabajo “El choque de las civilizaciones”, de que los conflictos internacionales en el siglo XXI tendrán causas fundamentalmente culturales. Reseña luego a los autores que se ocupan de las relaciones de la cultura con la economía, los sistemas políticos y la toma de decisiones. Encuentra dos aparentes debilidades. La primera es cómo se define la cultura. Puntualiza: “Las culturas no son cosas singulares. Son manojos de características. El problema es que tales características son altamente ambiguas. Algunas empujan en una dirección, algunas en otra”. La segunda debilidad sería que las culturas “nunca operan aisladamente. Cuando afectan la conducta de las personas, lo hacen siempre como parte de un mix más amplio. Ese mix incluye políticas del gobierno, liderazgo personal, cambio tecnológico o económico y así siguiendo (…) ¿Cómo sabemos si es la cultura -y no alguna otra cosa- lo que ha causado algún efecto? No se puede. El problema de la causalidad parece insoluble”. El artículo concluye que “mientras la cultura continuará ejerciendo una influencia importante tanto sobre los países como sobre los individuos, no se ha convertido repentinamente en algo más importante que, digamos, los gobiernos o las fuerzas económicas impersonales (…) Y dentro del mix de todo lo que ejerce influencia sobre la conducta de las personas, el rol de la cultura bien puede estar declinando más que aumentando, bajo la presión de la codiciosa expansión del gobierno, por un lado, y la globalización por el otro”.

[7] Algunos autores han atribuido gran importancia en la explicación del “milagro asiático” al papel de los valores confucianos, favorables a la educación, el trabajo duro, la motivación de logro y el mérito, aunque reconocen la existencia dentro del confucionismo de corrientes cruzadas que ya habían sido observadas por Weber en su estudio sobre The Religion of China. Ver Lawrence Harrison: ¿Quiénes prosperan? Los valores culturales en el éxito económico y político (REI: Buenos Aires, 1994), pp. 97-133. A la luz de la crisis financiera de fines de los 90, causada por inversiones especulativas que se realizaron al amparo de relaciones algo más que estrechas entre los hombres de negocios y los funcionarios gubernamentales, se ha analizado también en qué medida esos mismos valores, al modificarse el entorno internacional, pudieron invertir su papel y volverse contraproducentes. Ver Dwight H. Perkins, “Law, family ties, and the East Asian way of business” y Lucian W. Pye, “Asian values: from dynamos to dominoes?”, ambos artículos en Lawrence E. Harrison y Samuel P. Huntington, op. cit., pp. 232-255.

[8] John Williamson, “What should the Bank think about the Washington Consensus”, World Development Report 2000, World Bank, July 1999. El Consenso de Washington consistió en un conjunto de reformas que el mismo Williamson resume como: disciplina fiscal; redirección de las prioridades del gasto público hacia campos que ofrezcan altos retornos económicos y el potencial de mejorar la distribución del ingreso, como atención primaria de la salud, educación primaria e infraestructura; reforma impositiva (hacia tasas marginales más bajas y base más amplia de contribuyentes); liberalización de la tasa de interés; tipo de cambio competitivo; liberalización comercial; liberalización de la inversión extranjera directa; privatización; desregulación (en el sentido de abolir las barreras de entrada y salida); asegurar derechos de propiedad.

[9]  Joseph Stiglitz, “More instruments and broader goals: moving toward the post Washington Consensus”, World Bank, The 1998 Wider Annual Lecture, Helsinki, January 7, 1998.